NOT HIS HANDS AT ALL

por El Responsable

A veces basta muy poco para comprender la genialidad de un escritor. Leo el relato Sangre española de mi adorado Raymond Chandler. El 12º capítulo comienza así:

La luz volvió como una niebla roja ante sus ojos. Un dolor intenso y cortante le recorría un lado de la cabeza, toda la cara, sobre todo los dientes. Sintió la lengua caliente e hinchada cuando intentó moverla. Intentó mover las manos. Estaban muy lejos de él, no eran sus manos para nada.

Todo el texto; pero, en especial, esas dos últimas frases. Simplemente formidable.

Hay tantas formas de decir que el protagonista era incapaz de mover las manos… Pero Chandler siempre te sorprende con este tipo de giros, la pizca justa de gracia, ironía… y exactitud descriptiva psicológica. Leámoslas en el inglés original:

He tried to move his hands. They were far away from him, not his hands at all.

Talento puro.

Me parece la descripción perfecta de la sensación que tuve yo hace muchos años, tras recibir la carga de varios policías antidisturbios, en lo que acabaría siendo mi primera (y, por ahora, única) detención. Pasados los golpes y porrazos, mi siguiente recuerdo es abrir los ojos, ya tirado en el suelo. Mis manos estaban ahí, muy lejos; no eran mis manos para nada. Se me había soltado la goma del pelo y había caído justo entre ellas. El tiempo parecía transcurrir muy lentamente y me embargaba una curiosa calma, a pesar de que los gritos y golpes continuaban a mi alrededor, en alguna extraña realidad paralela. Sin prisa, como dando pasitos con los dedos, una de mis manos consiguió agarrar la goma del pelo. Justo en ese momento, un policía me levantó para ponerme de rodillas. Y el tiempo volvió a correr a la velocidad normal.

Por esta experiencia propia puedo apreciar la maravilla descriptiva de Chandler. Y me pregunto qué experiencias le pudieron proporcionar la materia prima para que su portentoso talento literario diera a luz esa minúscula virguería.

Unos meses después de que Tolkien abandonase las trincheras francesas, llegaba al frente un contingente canadiense de los Gordon Highlanders. Entre ellos estaba Raymond Chandler.

Supongo que en aquellas trincheras no fue difícil conocer todo lo necesario sobre el dolor de los cuerpos rotos. Y pocos escritores hay, desde Homero, que sepan describir mejor las heridas y sus efectos. En los huesos y en el alma.

trenchy

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