CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XIV)

por El Responsable

Anabel detuvo el coche junto a la puerta de la verja. Vio a su hijo y a Jorge caminar lentamente entre las lechugas, examinando ensimismados cada planta. Cogió el bolso y bajó del coche; mientras se acercaba, Jorge y Ricardo se agacharon para prestar especial atención a uno de los vegetales. Casi a punto de llegar a su altura, Ricardo descubrió la presencia de su madre.

-¡Hola, mami! ¡Estamos buscando bichos!

Anabel sonrió.

-¿Y qué vais a hacer con ellos?

-Matarlos -dijo el niño con alegre satisfacción.

Anabel miró a Jorge con gesto interrogante.

-Bueno, si uno quiere cultivar sin ayuda de la industria química, es obligado hacer algunos esfuerzos extra… -explicó Jorge.

-¿Qué tal ha ido la clase? -preguntó Anabel.

-Muy bien -respondió Jorge-. Es un chico muy inteligente y aplicado. Ni siquiera creo que necesite mi ayuda, la verdad.

Anabel asintió sonriente.

-Sí, bueno, quizá exagero un poco preocupándome tanto; pero al Padre Miguel le pareció buena idea. Te tiene mucho aprecio. Y Ricardo disfruta mucho en tu granja -Anabel miró a su hijo, que seguía inspeccionando hojas-. Te estoy muy agradecida.

Jorge sonrió.

-¿Quieres tomar algo? ¿Café, té?

-Un café con leche estaría bien, sí -Anabel se dirigió a su hijo-. Venga, Ricardo, vamos dentro de la casa.

-¡Nooooo…..! -se quejó tristemente- ¿Me puedo quedar aquí, mientras?

-Vale; pero intenta matar sólo los bichos, no las lechugas, ¿de acuerdo? -bromeó Anabel.

Ricardo hizo un gesto de burla y siguió investigando.

Entraron por la puerta trasera en la cocina. Jorge puso la cafetera a calentar, junto a un cazo con leche. Anabel dejó el bolso en la mesa y se quedó de pie, las manos en los bolsillos traseros de su pantalón vaquero, mirando la habitación a su alrededor. Parecía haber lo justo y necesario para que la cocina cumpliera con sus funciones básicas. Sólo un crucifijo como mínima decoración en una de las paredes. Y un cuadro colgado en otra. Nada más. Anabel se acercó al cuadro: cuatro racimos, tres de uvas blancas; y otro de uvas tintas, más cargado que el resto, ocupando el centro de la imagen.

-Parecía una foto… -dijo impresionada Anabel.

Jorge se acercó y miró también el cuadro.

-Bueno, en realidad, no deja de ser la foto de una pintura…

-Pero el original es una pintura, ¿no?

-Sí.

-Increíble.

-Sí -convino Jorge-. Es uno de mis cuadros favoritos.

La cafetera empezó a silbar. Jorge fue a preparar el café. Anabel siguió mirando la reproducción.

-Es como si… -Anabel buscaba las palabras adecuadas- … como si se pudiese notar el peso de las uvas.

Jorge dejó la tazá con el café en la mesa.

-Aquí lo tienes.

Anabel se dio la vuelta. Jorge apartó la silla para que pudiera sentarse. Anabel sonrió agradecida. Jorge se sentó en la otra silla.

Anabel volvió a dirigir la mirada hacia el cuadro, mientras se llevaba la taza a la boca. Jorge siguió su mirada.

-Sólo lo podría haber pintado alguien que hubiese cultivado vides con sus propias manos -dijo Jorge.

Anabel le miró con cierta sorpresa.

-¿No bastaría con ser buen pintor?… Además, parecen dos trabajos incompatibles, la agricultura y la pintura, ¿no?

-Parecen, sí -asintió Jorge-. Sobre todo en estos tiempos, en los que todos estamos obligados a especializarnos en saber muy bien muy pocas cosas.

Anabel le volvió a mirar, aún sorprendida.

-¿Realmente lo pintó un campesino? -insistió Anabel.

Jorge apoyó los codos en la mesa y fijó la vista en los racimos.

-El autor se llamaba Juan Fernández, un castellano o extremeño de la primera mitad del siglo XVII. Apenas sabemos nada de él. Una de las pocas cosas que conocemos es su apodo: “el Labrador”. Vivía alejado de los grandes centros culturales de la época, pero sus cuadros eran comprados por reyes. Los temas que trataba eran casi exclusivamente uvas y flores.

-¿Dónde vivía, exactamente?

-No se sabe. Parece ser que solía ir a Madrid, sólo en Semana Santa. No parecía tener demasiado interés en medrar en los círculos de la corte.

-Lejos de la gran ciudad, como tú -dijo Anabel.

Jorge sonrió. Seguía con la mirada fija en el cuadro.

-¿Por eso te gusta tanto? -preguntó Anabel- ¿Por la historia oculta del autor?

Jorge hizo un gesto, dando a entender que era una razón posible.

-No sé, supongo que todo él representa para mí lo que en la vida hay de… sagrado.

-¿Sagrado? -preguntó Anabel- ¿Por qué sagrado?

-De las uvas sale el vino -respondió Jorge, bajando la voz. Miró a Anabel con cierta timidez. Ella volvió a mirar el cuadro. Y después volvió a fijarse en el crucifijo, situado justo enfrente de la silla en la que estaba sentada.

-Ya -entendió Anabel.

Jorge sonrió. Se aguantaron la mirada en la pausa surgida. Con cierto apuro, Anabel volvió a mirar el cuadro.

-El Padre Miguel me ha dicho que vas mucho a misa… -soltó ella en un suspiro.

-Intento ir cada día, sí -confirmó Jorge-. ¿Tú…?

-Voy, pero no mucho… -dijo Anabel, gesticulando como si quisiera quitarle importancia al tema que estaban empezando a tratar-. Lo justo para acompañar a Ricardo; me gustaría que hiciese la Comunión y eso…

-Ya -Jorge preparaba la pregunta-. Pero… ¿eres católica?

-Sí, bueno… Creyente, pero no practicante, ya sabes.

Jorge dejó escapar un leve bufido y media sonrisa irónica, poco antes de arrepentirse de hacerlo. Anabel le miró, repentinamente seria. Jorge entendió que debía explicarse.

-No creo que tenga mucho sentido, ya sabes… decir que uno es católico… pero que no actúa como tal.

Anabel se levantó de la mesa y cogió su bolso. Jorge volvió a resoplar, aburrido de sí mismo.

-Anabel, no quería ser borde, sólo…

-Ya -cortó ella.

Se dirigió hacia la puerta, la abrió, y en el umbral se quedó parada, mirando al suelo.

-Algunos lo tenemos más complicado que otros, Jorge -se giró para mirarle-. Más complicado.

Se marchó y cerró la puerta tras de sí. Jorge se quedó mirando la puerta cerrada, con los brazos en jarras.

El labrador

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