CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (VII)

por El Responsable

El Padre Miguel cerró la puerta de su casa y cogió las llaves de la cerradura. Montó en su bicicleta de montaña y se dirigió hacia la carretera. Apenas una chaqueta negra sobre su camisa negra; el día era gris, como casi todos, pero no frío.

La carretera se curvaba copiando la fisonomía del litoral. Los coches le adelantaban con cuidado. Algún conocido pitaba. Pronto llegó hasta la bifurcación esperada y abandonó el camino principal. La vegetación se espesó a su alrededor y los encuentros con otros viajeros se hicieron más raros; apenas algún peatón tranquilo. Los árboles aumentaban su altura a ambos lados de la carretera, reuniendo sus ramas en una bóveda verde que parecía proyectarse hasta el infinito. En uno de los márgenes, a través de los minúsculos huecos que dejaban los robles, pudo atisbar el fluir del río.

Se desmontó de la bicicleta y continuó por una vereda casi invisible, abierta sólo para los que sabían de su existencia. Apenas transitada, el musgo ya se había apoderado nuevamente de ella, haciendo peligroso el descenso; más aún si se incluía el peso de la bicicleta. La vegetación se abrió para dejar a la vista el río; y el suelo cambió su solidez, de la tierra a la piedra antigua. Se erguía el Padre sobre los restos de un edificio ancestral, molino de agua inútil hace mucho. Descansaba a pocos metros la piedra de moler, enorme rueda que nadie había tenido interés en robar, ni siquiera el departamento de historia de alguna modesta universidad cercana. El Padre dejó la bicicleta, se sentó sobre la piedra y dejó que la mirada se perdiera durante unos minutos en el correr del río.

Recordando el objeto de su viaje, el Padre se incorporó y cogió una bolsa que llevaba atada a uno de los tubos de la bicicleta. Con la bolsa en la mano, se adentró en un caminillo que ascendía el curso del río, hasta que se encontró con una pequeña construcción, hecha de restos de maderas diversas -puertas, trozos de camas, algún que otro perchero-, con un techo camuflado con profusión de ramas en el que habitaba una espléndida colonia de musgos y líquenes. Justo al lado de aquella cabaña, se hallaba un lindo huerto, bien cuidado y repleto de todo tipo de verduras y algunas legumbres.

-¿Fructuoso? -preguntó el Padre Miguel.

Nadie respondió. Pero se oía un rumor ronco y profundo, monótono como el fluir del agua, que salía del interior de la cabaña. El Padre Miguel abrió muy despacio la puerta de entrada y se coló dulcemente en el interior oscuro. Dos puntos de luz le cegaron por un instante, para enseguida devolverle la visión. Eran las llamas de dos velas que ardían sobre una humilde mesa, ante la que se arrodillaba una figura pequeña, enfundada en un hábito que alguna vez fue blanco; la capucha de la cogulla colgaba en su espalda, dejando ver los reflejos de las velas en la cabeza pelada, cuya blancura moría en una poblada barba negra que parecía llegar, en su momentánea posición arrodillada, hasta el mismo suelo de tierra. La figura se levantó, cogió con mucho cuidado algo de la mesa con los dedos de ambas manos, y lo elevó por encima de sí, hasta la máxima longitud de sus brazos.

Era una hostia. Y el Padre Miguel se arrodilló.

El oficiante movía los labios, de los que salían susurros antiguos, más antiguos que la juventud del cercano molino de agua. Volvió a elevar los brazos, esta vez portando un cáliz entre sus manos. El Padre Miguel permanecía de rodillas, hipnotizado por el murmullo que procedía de aquella figura, así como por la serena marcialidad de sus operaciones.

Nobis quoque peccatoribus…

La frase, apenas dicha un poco más alta que los susurros anteriores, pareció retumbar en la humilde cabaña. El Padre se fijó entonces en lo que le rodeaba: las mantas sobre la tierra húmeda que hacían de lecho; la mesa más grande que ocupaba el centro de la estancia, repleta de verduras y libros, uno de ellos abierto ante una silla desvencijada, sin respaldo -trípode que apenas se podía creer que pudiera sostener a un hombre-; más libros en viejas estanterías atiborraban las paredes, creando la ilusión de que el techo se sostenía sobre ellos; imágenes de santos, de la Virgen María y de Cristo completaban la decoración.

Mientras tanto, la misa había terminado. El ermitaño ponía en orden la mesita de ceremonias. El Padre Miguel se levantó y esperó a que la figura terminara de recoger.

-¡Padre Miguel! ¡Qué alegría tenerle por aquí de nuevo!

-Hermano Fructuoso, le he traído unas cosas -dijo el Padre, mientras le ofrecía la bolsita.

-¡Hostias y huevos! -dijo el monje, investigando la bolsa- Muchísimas gracias, que Dios le tenga en su regazo.

Fructuoso fue a guardar los presentes. El Padre solía venir cuando tenía algún hueco en sus obligaciones parroquiales. Lo hacía desde que supo de su existencia, al poco de llegar destinado al pueblo. Las gentes le habían hablado del “santo de la cabaña”. El mismo Fructuoso se presentó en la iglesia del pueblo, buscándolo. Necesitaba hostias. El cura anterior se las había proporcionado. El Padre Miguel se las dio la primera vez con cierta aprensión. No tenía conocimiento de que hubiese en esa zona ningún monasterio habitado. No sabía a qué orden pertenecía el monje, ni si era monje en realidad. Preguntó a sus superiores. En el obispado conocían la historia del monje aquél, pero tampoco tenían muy clara su situación canónica. Pero su fama de santidad estaba extendida entre los fieles, así que nadie se atrevió a actuar contra él. Llevaba muchos años en la comarca. Había llegado con la intención de rehabilitar el viejo monasterio benedictino que dormía olvidado en lo profundo de la fraga; el molino de agua había pertenecido al monasterio, ayudando a alimentar a los monjes durante siglos. Tras las desamortizaciones, quedó vacío. El hermano Fructuoso inició su rehabilitación al mismo tiempo que se completaba un complejo procedimiento administrativo en la capital provincial, en base al cual el monasterio sería restaurado con propósitos de explotación turística. Instalado ya en el destartalado edificio, el monje recibió la visita de un par de funcionarios, que le informaron de la situación. El monje se negó a abandonar voluntariamente el monasterio, así que fue necesario llevar unos cuantos policías antidisturbios para desalojar al resistente. La noticia tuvo eco en un par de gacetillas regionales, pero todo el mundo estuvo de acuerdo con las autoridades, en su intento de revitalizar económicamente la comarca a base de turismo cultural y casas rurales. Así que el hermano Fructuoso decidió construir su cabaña cerca del monasterio y esperar.

-Morirá antes de que pueda volver al monasterio -le decían los fieles que le querían- No viva aquí tan solo.

-Yo no estoy solo -contestaba-. Si mi misión es esperar, esperaré.

Así que el Padre Miguel continuó con la costumbre de su antecesor y visitaba al extraño monje cuando podía. Al principio, un poco forzado. Pero poco a poco fue gustando de la conversación, que le permitía profundidades difíciles de encontrar entre sus parroquianos. Había podido comprobar la inmensa sabiduría del eremita y había acabado tomándolo casi como un maestro particular en temas teológicos y litúrgicos. Aunque, en no pocas ocasiones, discutían. Pensaba que el monje estaba demasiado alejado del mundo; y el monje debía de pensar que él estaba demasiado cercano al mundo. Pero trataban de no perderse mutuamente el respeto, porque sus obligaciones respectivas explicaban buena parte de su diversidad de posiciones; y eso lo entendían ambos.

-Me gustaría visitar el monasterio, Fructuoso.

El monje asintió con la cabeza. Salieron de la cabaña. El monje se puso la capucha y subieron por la senda que llevaba hasta el edificio. La reforma había sido hecha con auténtico mimo. Eso no lo negaba Fructuoso. Pero las piedras nuevas y los nuevos techos daban la impresión de renovación superficial, sólo satisfactoria para visitantes momentáneos ávidos de fotografías de móvil que enseñar por internet. Llegaron a la entrada justo cuando llegaba una nueva remesa de turistas, en visita guiada. Bajaban del autobús con el brazo extendido, grabando con sus teléfonos todo lo que les rodeaba. Estallaron en animadas exclamaciones al ver allí un cura y un monje. Sobre todo les gustaba el monje, tan auténtico. Todos quisieron sacarse fotos con él. El Padre Miguel se apartó, mientras Fructuoso se dejaba hacer pacientemente, sin apenas prestar atención a los comentarios, observando el revoltijo de turistas con la mística serenidad con la que los mártires habían aceptado sus respectivas pasiones.

Los turistas pronto perdieron interés ante la silenciosa indiferencia del monje y se precipitaron al interior del edificio, guiados por el trabajador de la subcontrata que hacía negocio con la belleza del monasterio.

Otra vez solos, contemplando el reformado edificio, el Padre Miguel observó a su compañero. Miraba al edificio sin pena, sin alegría; con la mirada de un santo barroco tallado en madera.

-Cuánto ruido… -masculló el monje.

Y se volvió hacia la senda, de vuelta a su cabaña. A seguir esperando. El Padre Miguel fue tras él, lentamente, echando una última mirada furtiva a la puerta abierta del monasterio, de la que salía luz de bombillas de bajo consumo.

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