CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XIX)

por El Responsable

El último cliente pagó en la barra y abandonó “El Dique Seco”. Toño empezó a recoger y limpiar el establecimiento. Sábado por la tarde.

Otro cliente abrió la puerta.

-¿Estás cerrando? -preguntó.

Toño asintió con la cabeza, sin apenas prestar atención. La puerta se volvió a cerrar, dejándolo nuevamente solo con su escoba. Barrida la mitad del suelo, Toño se detuvo para encender un cigarro. Se quedó apoyado en la escoba, mirando a través de las ventanas, fumando con tranquilidad. Terminado el cigarro, lo tiró al suelo, lo apagó con el pie y lo barrió con el resto de la porquería amontonada.

Acabada la limpieza, cogió su chaqueta y cerró el local. Caminó unos pocos metros hacia su coche, que descansaba en la acera de enfrente. Dejó la chaqueta de cualquier manera en el asiento trasero y se metió dentro. Agarró el volante con las dos manos y se quedó quieto. Miraba algo que ni él mismo podía ver. Al fin, encendió el motor y fue atravesando el pueblo sin demasiada prisa, incluso con lentitud.

Fue más lento aún al pasar por el desvío que llevaba a la casa de Anabel. Detuvo el coche y se tapó la boca con una mano. Estrujó los labios con sus dedos callosos. Y resoplando aceleró, haciendo gemir levemente a las ruedas.

Media hora más tarde, llegó a un gran edificio, situado en un amplio prado y rodeado, a lo lejos, por gran cantidad de árboles. Pasó por un puesto de control y se introdujo en el aparcamiento. Entró en el edificio por la puerta principal e intercambió frases rutinarias con la recepcionista. Continuó andando por el laberinto de pasillos, sin perderse en ningún momento. Abrió una puerta y entró en una gran sala. Varias personas miraban hacia la televisión con ojos apagados, en compañía de una enfermera que se hacía la manicura con el detallismo del que no puede hacer ninguna otra cosa. Otro enfermero intentaba jugar a las cartas con tres personas a las que parecía necesario recordar continuamente las reglas del asunto. En otros lugares de la sala parecían estar sucediendo reuniones familiares, ninguna especialmente alegre.

Toño por fin encontró a la persona que buscaba. Una mujer de melena gris, recogida en un modesto moño, se miraba las manos huesudas. Junto a ella, una enfermera trataba de que mirase en dirección a Toño, que ya se acercaba.

En una mesa cercana, un gordo enorme, de pelo y mostacho rubios, cantaba canciones acompañándose de una guitarra, con mucha entrega, pero sin demasiada gracia.

La mujer de melena gris fijó finalmente su mirada en Toño, que ya se sentaba en una silla. El negro apenas dejaba sitio a otro color en sus globos oculares y los ojos, a su vez, parecían haber tomado posesión de todo el rostro. Toño, atravesado por aquel par de abismos, fracasó en su intento de forzar una sonrisa.

-Hola, cariño -carraspeó.

La mujer siguió traspasándole con la mirada, como si toda su existencia cumpliese su destino mirándole de aquella manera. Toño aguantó todo lo que pudo, pero no fue mucho.

La enfermera intentó echar un capote.

-Qué suerte tienes, linda, que viene tu marido a verte.

Algo sucedió en su rostro. Algunos músculos crepitaron nerviosos alrededor de aquellos ojos enormes. De repente, giró su rostro hacia el gordo cantarín y elevando un dedo, intentó decir algo; pero sus labios temblaban y se retorcían, sin emitir sonido alguno.

-¿Quieres algo? -preguntó la enfermera.

Tras lo que pareció un esfuerzo descomunal, la mujer balbuceó:

-…ab… ab… a -descansó y volvió a intentarlo- …ba… ba…

-¿Quieres que te ponga la canción de Abba, linda? -entendió la enfermera- ¿La que tanto te gusta?

Ella asintió con la cabeza, mientras bajaba la mirada hacia sus pies. Toño miró extrañado a la enfermera.

-Nos pide constantemente que le pongamos Abba, desde hace unos días. Una canción, en especial.

-¿Qué canción?… -pero Toño conocía la respuesta antes de terminar su propia pregunta.

La enfermera trasteó en un reproductor de cedés que había cerca de ellos. Enseguida empezó a sonar la melodía que aquellas dos personas conocían tan bien. La enfermera reguló el volumen, para no molestar al resto de la sala.

I have a dream, a song to sing
to help me cope with anything…

La mujer volvió a fijar la mirada en su marido, que se la devolvía con los ojos casi tan negros ya como los de ella. Era tal la actividad de su memoria, que Toño pensó enloquecer allí mismo. Y recordó a aquella misma mujer, bailando con él en el pasillo de su primera casa, sus bellos ojos negros amándolo con el fervor del primer amor, mientras ambos tarareaban

…I believe in angels, something good in everything I see…

Toño dejó caer la cabeza y vio cómo el suelo iba recibiendo las lágrimas que se le derramaban desde los tumores más profundos de su alma.

-¿Quiere que lo apague?… -inquirió la enfermera, mirándolos con preocupación.

-No -respondió enseguida Toño, sin dudar.

Notó entonces que el rubio gordo, a su lado, cantaba la misma canción que ellos escuchaban.

…if you see the wonder of a fairy tale, you can take the future even if you fail…

Volvió a mirar a su mujer, que parecía observar con curiosidad su rostro húmedo. Acercó su mano huesuda, lentamente, como si tuviese miedo de tocarle. Toño volvió a derrumbarse, pero aguantó con la cara erguida, esperando el contacto de aquella mano nerviosa. Y al rozar su piel, algo trató de abrirse paso a través de las arrugas de su cara crispada; y entre un torbellino de espasmos, una sonrisa pareció centellear un instante en el rostro de ella.

…I have a dream, a fantasy
to help me through reality
and my destination makes it worth the while,
pushing through the darkness still another mile…

Y justo entonces una lágrima cruzó con prisa una de sus mejillas, oscurecida repentinamente su cara, como la tormenta inesperada que descarga en medio del verano. Y sin apenas dar tiempo de reacción a la enfermera o a Toño, comenzó a golpear rápida y violentamente la cara de éste, que sólo pudo protegerse, tras recibir un buen par de dolorosos puñetazos. Y mientras los enfermeros de la sala trataban de controlar el ataque de su mujer, Toño permanecía sentado, simplemente protegiéndose, pero sin tratar de detenerla, sin huir. Esperando, nada más.

Vio cómo se la llevaban entre varios enfermeros, mientras el rubio gordo, con sonrisa bobalicona, seguía cantando la canción.

When I know the time is right for me,
I’ll cross the stream…

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