LA COSTRA

por El Responsable

Me caí ayer por la mañana, mientras corría por la Dehesa.

Tengo un buen rasguño en la rodilla izquierda. Me quedo mirándolo, agradablemente ensimismado, hipnotizado por sus colores y texturas, como si pudiese distinguir el afanoso ir y venir de las plaquetas. Poco a poco, la costra va ganando terreno a la epidermis pelada y sanguinolenta.

Es un placer que me retrotrae a la infancia, éste de observar las propias heridas. Creo que he tenido esta misma costra rodillera unas cien veces durante mi vida; sobre todo, siendo niño.

Que las heridas son efecto común de la alegría del juego es una lección que aprendemos enseguida. Y es importante ser pronto consciente de la ínfima distancia que puede separar gozo y lágrimas, más allá de todos nuestros intentos de control. Sólo es posible la auténtica aventura cuando son posibles las heridas.

Hay pocas locuras mayores que pretender vivir sin conocer el dolor. Pues los delirios de nuestra imaginación no cambian las reglas del mundo. Y siempre llega el día en que el mundo nos golpea con toda la lógica de sus leyes.

Poca sorpresa para el que transita por el mundo convencido de que atraviesa un valle de lágrimas. Pero existe cierta manía contemporánea que pretende esterilizar completamente la vida de sus aspectos hirientes. Pedagogías de laboratorio han eliminado las esquinas de los juguetes y los lobos de los cuentos. Y los nuevos hombres crecen ignorantes de su auténtica condición. Y cuando la vida se hace presente con su lógica propia, estos disminuidos espirituales se derrumban de psicólogo en psicólogo, de antidepresivo en antidepresivo.

Hasta que ya no soportan más la verdadera faz del mundo y se hieren definitivamente.

"Autorretrato con nariz sangrante", de Odd Nerdrum

“Autorretrato con nariz sangrante”, de Odd Nerdrum

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