HESPAÑA

por El Responsable

“Y en cada país se cantaban otras canciones; y en cada país los campesinos llevaban otras ropas; y en cada país se hablaba otra lengua y aun varias lenguas distintas. Y lo que tanto entusiasmaba al conde era la combinación de negro y amarillo, solemne y alegre, que tan familiarmente lucía entre los diversos colores; el igualmente solemne y alegre ‘Dios salve…’ que se escuchaba en todas las canciones populares, ese alemán sumamente particular del austríaco, nasal, relajado, dulce y con reminiscencias de la lengua de la Edad Media que una y otra vez se escuchaba entre los distintos idiomas y dialectos de los pueblos. Como todos los austríacos de aquella época, Morstin amaba lo permanente dentro de la constante transformación, lo usual dentro del cambio y lo conocido dentro de lo inusual. De este modo, lo extraño se le hacía familiar sin perder su color; y de este modo, la patria poseía la eterna magia del extranjero.

[…] He visto -escribe el conde- cómo los listos pueden volverse tontos; los sabios, necios; los verdaderos profetas, mentirosos; y los amantes de la verdad, falsos. No hay virtud humana perdurable en este mundo, excepto una: la verdadera devoción. La fe no puede decepcionarnos, puesto que no nos promete nada en la tierra. La verdadera fe no nos decepciona porque no busca ningún beneficio en la tierra. Aplicado a la vida de los pueblos, esto significa lo siguiente: los pueblos buscan en vano eso que llaman las virtudes nacionales, más dudosas aun que las individuales. Por eso odio las naciones y los estados nacionales. Mi vieja patria, la monarquía, era una gran casa con muchas puertas y muchas habitaciones, para muchos tipos de personas. Esa casa la han repartido, dividido, la han hecho pedazos. Allí ya no se me ha perdido nada. Estoy acostumbrado a vivir en una casa, no en múltiples compartimentos.”

“Érase una vez una patria, una patria verdadera, a saber: una patria para los ‘apátridas’, la única patria posible. Esa era la vieja monarquía. Ahora soy un apátrida que ha perdido la verdadera patria de los eternos caminantes.”

El busto del Emperador, de Joseph Roth; Acantilado, 2003; pgs. 10-11, 58-59, 27.

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