DISTRIBUTISMO Y NOVEDAD

por El Responsable

Suele ser tema recurrente de discusión en la Taberna Errante hasta qué punto el Distributismo supone una novedad en la teoría económica y política. En general, la conclusión es que muy poca; apenas el sustantivo que titula al movimiento. Pero la doctrina en sí no es más que la testaruda repetición de los criterios fundamentales destilados durante siglos por la tradición católica. Si resulta novedosa es más por el creciente contraste con el entorno que por propia pretensión.

Si, a modo de experimento, pusiéramos un hombre en la Gran Vía madrileña, vestido con camisa y vaqueros, y le hiciéramos comportarse como un caballero del siglo XI, es probable que tal personaje resultara extraordinariamente original y novedoso a la mayoría de los viandantes (y quizá no tardase en resultar molesto, si se viese en la obligación de empezar a desfazer entuertos; y, ¿cómo no va a sentir tal necesidad, si le hemos situado en la Gran Vía madrileña?).

Pero tal impresión de novedad sólo tendrá por causa la ignorancia por parte de la masa contemporánea sobre las formas de comportarse en los siglos centrales del medievo.

Sin embargo, no es necesario remontarse tanto tiempo atrás para buscar referentes de la teoría económica y política católica bien aplicada (de la aplicación mala y torticera tenemos ejemplos constantes todos los días). Son muy interesantes, por ejemplo, los siguientes testimonios que se pueden encontrar en el formidable libro “Requetés. De las trincheras al olvido” (Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga; La Esfera de los Libros, 2010). Quede constancia de que no pretendo defender la militancia actual en el carlismo (mi opinión general sobre la monarquía la resume perfectamente Samuel 8). Pero si hay algo que merece la pena ser estudiado con exquisito detalle es la historia de las guerras civiles españolas del siglo XIX; así como las motivaciones de aquellos hombres que decidieron servir con las armas a reyes empecinados en marchar contra el vendaval que arrastra al Ángel de la Historia.

 

“Mi padre era analfabeto, un buen padre y muy trabajador, siempre en el monte, y aunque era carlista y poco hablaba de política, sí contaba de los antiguos auzos, unas casas donde se reunía todo el pueblo para tomar las decisiones. Allí se juntaban los vecinos de cara a elegir el ayuntamiento y el alcalde, a opinar sobre cosas importantes. Allí tenían voto todos: el más pobre y el más miserable tenía el mismo voto que el primero. Si no había arreglo, se hacía votación, y en caso de que no se ganara la votación por mayoría, si empataban, la gente mayor, los viejos, eran los que decidían. Eso era auténtica democracia, y oí mucho a mi padre hablar de eso.

Luego, de los auzos salía el auzolán: trabajos en balde de todos los vecinos en beneficio del pueblo. Se pagaba algún jornal: dos pesetas por día, y si aportabas mula o buey para el trabajo, cuatro pesetas. Entonces había más solidaridad entre la gente.

Después de la guerra carlista fue un desastre para el pueblo: nos quitaron la propiedad comunal de la sierra, el derecho a montes; nos quitaron cosas esenciales para la vida del pueblo.”

Félix Igoa Garciandía. Voluntario de la Partida Barandalla y del Tercio de Santiago.

[pg. 503]

 

“Artajona era un pueblo bastante particular: existía lo que se llamaba la Sociedad de Corralizas, una cosa muy singular. Cuando la Ley de Desamortización, pusieron en venta los comunales, y para evitar que los compraran los ricos, los vecinos se juntaron y compraron de nuevo las tierras de forma colectiva, y así se pudo mantener aquello en beneficio de todo el pueblo. Bueno, pues aquel espíritu en cierto modo se mantenía en el pueblo, y siempre todos muy unidos a la Iglesia.”

José Larrea Ortiz Tafallica. Voluntario del Tercio Lácar. Último requeté superviviente de Los Cuarenta de Artajona, los primeros en entrar en San Sebastián.

[pg. 409]

"Al final de la batalla", de Augusto Ferrer-Dalmau

“Al final de la batalla”, de Augusto Ferrer-Dalmau

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