EL DETECTIVE SALVAJE (III)

por El Responsable

“El realista, cuando se dispone a escribir de crímenes, lo hace en un mundo en el que los gángsteres pueden gobernar naciones y casi gobiernan ciudades, donde hoteles, edificios de apartamentos y restaurantes famosos son propiedad de hombres que hicieron fortuna con burdeles, donde una estrella de cine puede ser un gancho de la mafia y ese tipo simpático que vive en tu mismo piso, el jefe de una lotería clandestina; un mundo en el que un juez con una bodega llena de licor de contrabando puede mandar a un hombre a la cárcel por llevar una petaca de licor en el bolsillo, donde el alcalde de tu pueblo puede dar el visto bueno a un asesinato si con ello gana dinero, donde nadie puede caminar seguro por una calle oscura porque la ley y el orden son cosas de las que hablamos pero nos abstenemos de practicar; un mundo en el que puedes presenciar un atraco a plena luz del día y ver quién lo hizo, pero es mejor desaparecer rápidamente entre la multitud sin decírselo a nadie porque los atracadores pueden tener amigos con pistolones, o porque a la policía puede no gustarle tu testimonio, y en cualquier caso el picapleitos de la defensa podrá insultarte y difamarte en un juicio público, ante un jurado de cretinos selectos, y tan solo tendrás a un juez corrupto que interferirá de la manera más superficial.

No es un mundo que huela muy bien, pero es el mundo en el que vives, y algunos escritores con mente dura y una fría actitud de distanciamiento pueden sacar de él tramas muy interesantes y hasta divertidas. Aunque no es gracioso que maten a un hombre, sí lo es que lo maten por tan poca cosa, y que su muerte sea el precio de lo que llamamos civilización. Pero todo esto sigue sin ser suficiente.

En todo lo que se puede llamar arte hay un elemento de redención. Puede ser pura tragedia si se trata de una tragedia clásica, o puede ser compasión e ironía, o hasta la risa ronca de un hombre fuerte. Pero por estas malas calles tiene que andar un hombre que no sea malo, que no esté corrompido ni tenga miedo. El detective en este tipo de historias debe ser un hombre así. Es el héroe; lo es todo. Tiene que ser un hombre de una pieza y un hombre normal, aunque no un hombre corriente. Tiene que ser, por usar una frase bastante gastada, un hombre de honor: por instinto, porque no puede evitarlo, sin pensar en ello, y desde luego sin decirlo. Tiene que ser el mejor hombre de este mundo y un hombre lo bastante bueno para cualquier mundo. No me importa mucho su vida privada; no es ni un eunuco ni un sátiro; creo que podría seducir a una duquesa y estoy completamente seguro de que no mancillaría a una virgen; si es un hombre de honor en una cosa, lo será en todas.

Es un hombre relativamente pobre, porque si no, no sería detective. Es un hombre normal, porque si no, no podría mezclarse con la gente normal. Sabe juzgar el carácter, porque si no, no serviría para su oficio. No acepta dinero de nadie si no se lo gana honradamente, y no acepta insolencias de nadie sin la debida y desapasionada represalia. Es un hombre solitario, y está orgulloso de que le trates como a un hombre orgulloso o lamentarás mucho haberle conocido. Habla como hablan los hombres de su época, es decir, con ingenio rudo, con un sentido muy vivo de lo grotesco, con asco ante los farsantes y desprecio hacia los mezquinos.

El relato es la aventura de este hombre en busca de una verdad escondida, y no sería una aventura si no le ocurriera a un hombre preparado para la aventura. Tiene una amplitud de conocimientos que te asombra, pero que son suyos porque pertenece al mundo en el que vive. Si hubiera muchos como él, viviríamos en un sitio mucho más seguro, pero sin llegar a ser tan aburrido que no valiera la pena vivir en él.”

“El simple arte de matar”, de Raymond Chandler; Debolsillo, 2014; pgs. 25-27.

Raymond Chandler

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