CAUSAS DEL FRACASO DEL PRIMER CATHOLIC LAND MOVEMENT

por El Responsable

“A pesar de un programa económico bien pensado, el respaldo moral de las jerarquías católicas de Inglaterra, Gales y Escocia y el apoyo intelectual de una multitud de escritores y activistas, el Catholic Land Movement -y todo el proyecto distributista- fracasaron con el inicio de la Segunda Guerra Mundial. Las razones de este fracaso son múltiples.

En primer lugar, el Movimiento terminó repentinamente por problemas financieros. Aunque las jerarquías católicas apoyaban la iniciativa alegremente en el plano moral, no estaban preparadas para respaldarla en su aspecto práctico. Fue un penoso malentendido de la auténtica situación de la sociedad de aquel momento. Ocurrió que cuando los primeros mineros desempleados habían sido suficientemente adiestrados para empezar a trabajar en granjas, no había tierra disponible en la que asentarlos. Una petición muy modesta fue hecha por el CLM a los obispos: hagan el favor de permitir que se forme un grupo al año en todas las parroquias de la isla, con el objeto de mantener y extender este valioso proyecto. A pesar del activo apoyo de Monseñor Dey, la respuesta fue un categórico “no”.

En segundo lugar, el movimiento fue difamado e incomprendido. Los distributistas y su sección estadounidense, los Agraristas del Sur, fueron concienzudamente repudiados por los “intelectuales” del sistema y por la prensa. Liberales y marxistas por igual vieron sus ideas como una peligrosa reacción al “progreso” social prometido por el régimen industrial. Entre la intelligentsia moderna, la etiqueta de “reaccionario” destruye al momento cualquier idea, y los distributistas y agraristas fueron etiquetados como tales desde el principio. Además, las ideas distributistas nunca lograron afianzarse realmente entre los católicos y tampoco entre otros cristianos de convicciones semejantes. Muchos simpatizaron con sus objetivos, pero fueron vistos, erróneamente, como algo pintoresco y romántico, difícilmente capaz de proporcionar una alternativa genuina al capitalismo industrial. Además, muchos católicos se posicionaron de lado del capitalismo, por oponerse al abierto ateísmo comunista y al paganismo nacionalsocialista.

El movimiento también fracasó porque la mayor parte de sus más elocuentes y enérgicos portavoces murieron pocos años después de su comienzo. G. K. Chesterton murió en 1936, el Padre Vincent McNabb en 1943 y Maurice Baring en 1945. Hilaire Belloc falleció en 1953, pero había quedado incapacitado por un derrame cerebral años antes. Pero quizá una de las más tangenciales razones para la desaparición del Catholic Land Movement y el distributismo fue la propia guerra. El movimiento no pudo coger impulso por los dramáticos cambios provocados por la Segunda Guerra Mundial. La influencia del keynesianismo y las exigencias materiales y humanas del esfuerzo bélico unificaron al estado con las empresas para alcanzar un incremento sin precedentes de la producción industrial. Esta convergencia político-económica ayudó a que los Aliados ganaran la guerra, pero también supuso un reordenamiento de toda la economía mundial para beneficio del estado y de la empresa. Hoy, el único “debate” económico real se centra en la proporción de control que estado y empresa deben tener sobre la economía. La expansión de la industria en los años de posguerra también creó asombrosos niveles de riqueza personal (aunque buena parte de la misma estaba basada en deuda) y provocó una interminable proliferación de bienes y tecnologías. Esta explosión material ha cautivado y apabullado de tal manera al hombre moderno que las virtudes de la vida sencilla defendidas por los distributistas han perdido su atractivo o, más trágicamente, ni siquiera pueden ser ya imaginadas.

Mientras entramos en el siglo XXI, el juggernaut industrial parece medrar por todas partes. Se ha incrustado en las mentes de líderes políticos, pensadores e intelectuales de todo el mundo, a través de un lenguaje triunfalista y providencialista -se dice que no hay alternativa. Sin embargo, los problemas que la ubicua y excesiva industrialización han creado crecen tan rápidamente como sus supuestos beneficios. Desde la destrucción masiva del medio ambiente y el crecimiento acelerado de ciudades infestadas de crimen, pobreza y sexualidad anormal, hasta la generalización de enfermedades psicológicas que afligen a cantidades cada vez mayores de la sociedad urbana, los efectos negativos de la cultura industrial se pueden observar por todas partes. Estos problemas, a los que las universidades seculares, think tanks, gobiernos y empresas destinan para su “solución” miles de millones de dólares, han sido exacerbados por la total ausencia de lo que se perdió con la industrialización del mundo -la pérdida de profundidad en las relaciones de la persona con otras personas, con la naturaleza y con Dios. Y para cultivar y sostener tales relaciones se requiere acceso a lo que el Papa Pío XII llamó “espacio, luz, aire y propiedad”. Son éstas condiciones propias de la vida rural y son también las condiciones esenciales para la salud física y espiritual del ser humano. Y sólo cuando un número considerable de personas vive bajo tales condiciones se puede asegurar la salud general de la sociedad.”

‘Flee to the fields. The Faith and Works of the Catholic Land Movement’, VVAA; el texto está sacado de la introducción escrita por Tobias Lanz en 2003; IHS Press, 2003; pgs. 10-12 (traducción propia).

"El Ángelus", de Jean-François Millet (1857-1859)

“El Ángelus”, de Jean-François Millet (1857-1859)

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