POZO EN EL DESIERTO

por El Responsable

Me gustaría escribir, pero no debo. Podría escribir, pero sé que todo sonará banal y deshonesto. Me apena desde hace unas semanas esta sequedad, esta ausencia de inspiración.

Hay pocas cosas más intensas y absorbentes que la inspiración.

Puede ser cosa de un instante -una simple frase que brota armada, cual diosa de la guerra- o puede durar horas; días, incluso, en explosiones intermitentes.

¿Cómo llega a suceder? Creo que es un modo de soñar. En el sueño, los automatismos del alma ponen orden en la memoria y en la imaginación, estableciendo cadenas causales que, en principio, pueden parecer caóticas, pero que siempre suelen guardar cierta coherencia estructural.

En la inspiración sucede algo semejante, pero en estado de vigilia. Se podría decir que es un tipo de posesión, pues el yo apenas la controla; más bien la padece.

En mi caso, el desencadenante suele ser algo reflexionado o leído; por alguna razón, ese primer acto más o menos voluntario dispara una serie de conexiones sintácticas, léxicas, imaginativas, que comienzan a ensamblarse a una velocidad inusitada, ante el pasmo y la excitación del yo pasivo.

Se pierde la noción del tiempo: recuerdo haber pasado horas recorriendo los escasos metros de nuestra casa o de la entrada del portal donde trabajaba, como un preso ejercitándose en su cárcel, absolutamente ensimismado en el proceso, sin apenas consciencia del mundo exterior.

¿Qué papel puede jugar la voluntad en tales ocasiones? Forzarse a tomar apuntes, transcribir algunas de las frases que estallan a su alrededor, esbozar párrafos que tracen los rasgos generales de las ideas en efervescencia. He ahí la materia prima, el trozo de mármol que, posteriormente, habrá de ser trabajado con paciencia y detalle, ya más sosegada el alma.

Hay un momento crucial: la relectura de lo apuntado tras el suceso maníaco. La razón y la voluntad ya están al mando de la situación. Lo cual puede provocar la eliminación de horas y días enteros de rapto escribidor. A veces prefiero dejar el momento crítico para el día después, permitiendo que el alma repose. Sobre todo cuando me siento atascado en algún detalle -una sintaxis testaruda, una palabra sin sustituto- que alcanza tamaños estrafalarios para su importancia real. Entonces, es necesario descansar. Y, en muchas ocasiones, el enorme problema del día anterior, es resuelto en breves segundos, al inicio de la nueva jornada de trabajo.

¿Se puede forzar la inspiración? No creo. Pero se puede alimentar. Básicamente, de vivir. Y, en especial para el que escribe, de leer. ¿Vivir y leer cualquier cosa? No. Vivir y leer en el acantilado. Apostándose al borde del abismo.

El hombre que ha experimentado inspiraciones se ve obligado a matizar el concepto moderno de autor. Por supuesto, es responsable de lo que escribe. Pues su voluntad ha optado por presentar a los demás lo que ha escrito. Pero, ¿hasta qué punto crea lo que escribe? ¿Hasta dónde puede considerarse causa única o fundamental de lo que ha escrito?

Sabe que apenas ha sido el mero espectador de un acontecimiento vertiginoso, testigo extático del delirio apasionado de su propio ser, atravesado por una infinidad de rayos provenientes de tormentas lejanas.

Sabe que, cuando hay demasiado yo, la escritura se empobrece, se afea y, sobre todo, es especialmente mentirosa.

Así que no le queda más remedio que aceptar tales inspiraciones como regalos, dones inexplicables que no tiene muy claro haber merecido.

Y, aunque sea de una forma apenas perceptible, incluso pasajera, siente un sincero y profundo agradecimiento.

'San Jerónimo escribiendo", de José de Ribera (1615-1616)

‘San Jerónimo escribiendo”, de José de Ribera (1615-1616)

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