PROUSTIANA

por El Responsable

Le leo a Laura lo que escribí ayer en el diario, mientras me despistaba del derecho administrativo, en la biblioteca de Políticas de Somosaguas:

Vuelvo a sentir ese relajante placer que me produce oír los sonidos de una actividad humana realizada cerca de mi lugar de estudio. Como cuando los bibliotecarios van colocando los libros en sus estanterías o las encargadas de la limpieza van haciendo su labor alrededor de uno. Notar su presencia apenas intuida en las manos que toman un libro, en el paño húmedo que arrastra el polvo de las mesas, en los pasos tranquilos que acompañan el desarrollo de sus funciones; estas acciones diminutas, digo, me erizan el cuero cabelludo, cerca de la nuca; y es como si volviese a estar en mi cama ferrolana, disfrutando de las caricias en la cabeza que yo le pedía a mi madre, y que lograban dormirme en breves segundos. Y así, sosegado hasta bordear peligrosamente el sueño, prosigo mi estudio.

Lo comparto con la curiosidad del que no sabe si experimenta algo común o, mas bien, una reacción del alma disparada por un oscuro eco de la memoria propia; pues la cadena causal del fenómeno esconde eslabones que repelen la luz. Y otra imagen me asalta, en el esfuerzo consciente de reverberación: la de un niño que dibuja sin parar escenas de batallas, arrodillado ante la mesa de la sala de estar ferrolana, repleta de folios y plastidecores, mientras su abuela va y viene en la tarea diaria de la casa.

Esa misma sala de estar en la que -observo- se planteó años antes otro tipo de batalla, cuando se decidió su existencia.

Y aunque sigo sin descifrar las claves concretas de esa placentera caricia fantasma, me permito interpretarlo como un sutil regalo que celebra el hecho milagroso de la vida misma.

3 de abril de 2014

Vermeer

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