INGLATERRA

por El Responsable

El Señor de los Anillos es, por supuesto, una obra fundamentalmente religiosa y católica; de manera inconsciente al principio, pero luego cobré conciencia de ello en la revisión.”

Carta de J. R. R. Tolkien al padre Robert Murray, 2 de diciembre de 1953 (Tolkien. Hombre y mito, de Joseph Pearce; Minotauro, 2000; pg. 112)

 

Leí por primera vez Las partículas elementales en el verano de 2000. Pero mi ejemplar tiene la siguiente anotación: “Xoves, dous de Novembro de 2000. El Puerto de Santa María”. Picado por aquella primera lectura, realizada gracias a la biblioteca de la Facultad de Filosofía, decidí poco tiempo después hacerme con el libro de Houellebecq. Recuerdo la primera relectura, en una biblioteca de la Universidad de Cádiz, donde estudiaba mi primo Fran. Aprovechando los descansos de mi curso de marinería -recién terminada la carrera, mi sueño era embarcarme y conocer mundo-, leía y subrayaba mi edición como si de un ensayo de filosofía se tratase.

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Esta foto tiene apuntado en el dorso: “1-XI-2000 Todos os Santos”. Se trata del penal de El Puerto, ahora casa-museo. En él estuvo preso uno de mis bisabuelos, padre de la madre de mi madre, por los hechos así relatados en el libro de Carlos Fernández, El alzamiento de 1936 en Galicia (Ediciós do Castro, 132): “Al estallar la guerra civil, elementos de izquierda se dedicaron a recoger armas y los aparatos de radio por todo el municipio [Mugardos]. Nadie hizo resistencia, pero en la parroquia de Caamouco la familia conocida como los de Piñeiro, apellidada Otero, que vivía en un pazo, se negó a entregar las armas y la radio, se encerraron en su casa en unión del parroco y fueron asaltados a tiros, encontrando la muerte un hijo de la citada familia y el cura. Esto ocurrió en la noche del 21 al 22 de julio. Se quiso incendiar la casa y matar a todos sus habitantes, pero el cabo de Carabineros, Eladio Ramos, logró evitarlo, con la promesa de que procedería a la detención de los Piñeiro al día siguiente. Sin embargo, al conocerse en el pueblo que había triunfado el alzamiento, y asustados de lo que habían hecho, las fuerzas asaltantes se desmoralizaron y huyeron al mismo tiempo que entraban en Mugardos fuerzas de Artillería de El Ferrol, al mando del teniente don Manuel López-Sors.”

Mi bisabuelo, si la memoria familiar no se engaña, llegó a a estar condenado a muerte; pero sucesivas condonaciones de pena le permitieron volver con los suyos varios años más tarde, no sin antes pasar una buena temporada en la otra punta de la península, entre las paredes del edificio de la foto.

Las vueltas de la vida quisieron que dos de sus nietos, hermanos de mi madre, acabasen viviendo en El Puerto de Santa María. Y en casa de uno de ellos, mi tío Agustín, pasé aquel mes y medio del año 2000 mientras realizaba el curso de marinería en Cádiz.

En la década de los 60 del siglo XIX, un niño portuense llamado familiarmente Curro fue enviado a estudiar a Inglaterra, al Oratorio de San Felipe Neri en Birmingham. Esta institución había sido fundada por el sacerdote John Henry Newman, cuya Apologia pro Vita Sua estoy leyendo estos últimos días. Unos años antes del viaje de Curro, John Henry Newman había abandonado el Anglicanismo, del que había sido una de las principales figuras teológicas durante el siglo XIX,  para convertirse al Catolicismo. Su ingente trabajo a favor de la ‘Reconquista’ católica de Inglaterra tuvo oficial reconocimiento el 19 de septiembre de 2010, cuando el Papa Benedicto XVI lo beatificaba en una multitudinaria Misa celebrada en Birmingham, durante el primer viaje oficial de un Sumo Pontífice a Inglaterra desde la Reforma Anglicana del siglo XVI.

Pienso mucho últimamente en la enorme influencia que el Catolicismo inglés está ejerciendo, desde hace algo más de un siglo. Resuenan las palabras del anglo-francés Belloc, en su Europa y la Fe: “El acontecimiento principal, el momento crítico en la gran lucha de la Fe contra la Reforma, fue la apostasía británica. Es éste un punto al que el historiador moderno, que es aún, normalmente, anticatólico, no concede ni puede conceder importancia. Y sin embargo, la apostasía de Gran Bretaña de la Fe de Europa, ocurrida hace trescientos años, es ciertamente el hecho histórico más trascendental de los últimos mil años, del periodo que media entre la salvación de Europa de manos de los bárbaros y nuestros tiempos.” (El Buey Mudo, pg. 207) Los frutos producidos por una rama en principio tan débil, dan prueba una vez más de lo estúpido que es el criterio de la cantidad a la hora de calificar adecuadamente los hechos de la existencia humana; ya no digamos al tratar de vislumbrar su dimensión trascendental. Pues un católico inglés, amigo y compañero de aventuras de Belloc, es, probablemente, el mayor regalo que la Gracia haya proporcionado a la Iglesia en los últimos tiempos.

Conocí a Chesterton (Magister Laetus, como magníficamente lo bautizó Fernando Muñoz) a través de la misma persona que me mostró a Houellebecq. Lo del francés fue una recomendación indirecta. Esa persona se lo recomendó a un conocido mío y éste me lo recomendó a mí, un día de fútbol veraniego. Años más tarde, acudí al despacho de Juan Bautista Fuentes -‘esa Persona’-, tras un tiempo de lejanía voluntaria. En la distancia, ambos habíamos empezado a dar un brusco giro al timón de nuestras respectivas naves. Graciosamente, descubrimos que los dos habíamos elegido el mismo rumbo. Y fue él el que me recomendó leer Ortodoxia.

Pero la crucial influencia del catolicismo inglés había comenzado en mi vida mucho antes, depositando semillas que sólo esperaban un jardinero adecuado.

Curro se llamaba Francisco Javier Morgan Osborne. Su padre era un galés que, como tantos otros británicos, se había establecido en El Puerto para dedicarse al negocio vinícola. Fue enviado a estudiar a Inglaterra, como ya he dicho, donde fue alumno de John Henry Newman en su Oratorio de Birmingham. En 1883 se ordenaba sacerdote. En 1904, el padre Curro se hacía cargo como tutor de dos hermanos, tras la trágica muerte de la  madre de éstos, y se los llevaba a vivir con él al Oratorio fundado por el padre Newman. Esos niños se llamaban Ronald y Hilary Tolkien.

Poco después de emigrar a Madrid, no sé si en 1988 o ya en 1989, me llamó la atención un libro anunciado en la revista del Círculo de Lectores. Según la descripción, estaba repleto de aventuras, magia, héroes, monstruos y hazañas. A pesar de la inmensa cantidad de páginas, le pedí a mi madre que me lo comprara. El libro, evidentemente, era El Señor de los Anillos. Y aquel niño de 11 años, que un tiempo antes se había negado a hacer la Primera Comunión -pese a que sus abuelas le habían prometido todos los regalos del mundo si lo hacía-, se leyó el libraco aquel en un mes.

No sé medir con exactitud la influencia de aquella temprana lectura. Me limitaré a decir un humilde ‘no poca’. Así que, cuando muchos años más tarde, me topé en las páginas de Ortodoxia las reflexiones de San Gilberto sobre los cuentos infantiles de su niñera y lo opuestas que parecían las enseñanzas de éstos al mundo moderno, noté que un círculo se cerraba al leer: ‘Tardé mucho tiempo para descubrir que el mundo moderno se equivocaba y mi niñera no’.

2 de mayo de 2012

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