El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

CAPÍTULO DE UN LIBRO NO ESCRITO (XIII)

Se mezclaban los humos de pipa y puro en la oscuridad del techo. Lope siguió con la mirada el parsimonioso ascenso del espíritu de su tabaco, hasta topar con las vigas.

-Hay que hacer algo con esas humedades.

Jorge miró a su vez, interrumpido en la búsqueda de las cerillas.

-Mañana, si deja de llover.

Volvió a encender la pipa, apagada por el mucho hablar. Le encantaban estas tranquilas conversaciones, mientras fuera el cielo empapaba sus campos. Dio unas chupadas, disfrutando del que él llamaba tabaco de las visitas, de sabor afrutado, con olor agradable. Pues su tabaco favorito, el que fumaba en soledad, era de tipo turco, muy violento en la nariz. Dejó salir el humo y se sintió bien. Se levantó de la mecedora y fue hasta la puerta principal. Abrió, recibiendo la fresca humedad del exterior en su piel.

-Parece difícil ser mala persona con este tipo de vida.

Lope enarcó una ceja.

-Hay gente en este mismo pueblo, más campesina de lo que tú llegarás a ser jamás, para quienes un tiro en la nuca sería una muerte demasiado misericordiosa.

Jorge suspiró profundamente, sin dejar de atender a la lluvia. Tras unos momentos, se giró y apoyó un hombro en el marco de la puerta.

-Estás convencido de que soy un ingenuo, ¿verdad?

Lope afirmó con la cabeza, mirándole a los ojos.

-Sí, así es. Trabajar el campo no hace a nadie bueno. Igual que la ciudad no hace a la gente automáticamente mala.

Jorge también dio la razón con un gesto a las palabras de Lope.

-Déjame contarte una historia -Jorge cerró la puerta y se volvió a sentar en la mecedora; la mirada se perdió en el pasado-. Tras leer las primeras obras de aquellos hombres de los que te hablé…

-Charleston… -dudó Lope.

-Chesterton -corrigió Jorge- y Belloc y otros… Bueno, tras empezar a leer a esa gente, y mientras iba compartiendo entusiasmado tales descubrimientos con otras personas, que también estaban leyendo las mismas cosas, con mis mismos intereses, pues seguí investigando sobre su movimiento, sobre cómo trataron de llevar a la práctica aquello de lo que hablaban en sus libros. Fue entonces cuando conocí a Eric Gill… -Jorge hizo una pausa y miró al suelo, antes de continuar- Eric Gill fue un escultor y grabador inglés que vivió en la primera mitad del siglo veinte. Fue uno de los principales miembros y activistas de esa cosa llamada distributismo, puesta en marcha a partir de los escritos, sobre todo, de Chesterton y Belloc. El propio Gill fue uno de sus principales teóricos. Había sido un socialista nietzscheano antes de conocerlos a ellos; en el año 1913, su mujer y él se convierten al catolicismo, influidos por el ambiente chestertoniano. Era un crítico furibundo de la sociedad moderna, de la transformación de los artesanos en artistas de galería, y del mercado del arte; ya antes de convertirse, había fundado una colonia de artesanos en Ditchling, que después de la Primera Guerra Mundial se transformaría en el Gremio de San José y Santo Domingo, intentando recuperar la institución de los antiguos gremios de artesanos medievales. Se convirtió en un referente del movimiento, poniendo en práctica la vuelta al campo, cultivando su propia comida, viviendo en cristiana comunidad, creando arte sacro y escribiendo manifiestos en defensa del distributismo. Además, su fama como escultor y como grabador crece sin parar; recibe el encargo de las representaciones del Viacrucis en la catedral de Westminster, entre otras cosas. Peter Maurin, el creador junto a Dorothy Day del Catholic Worker, lo cita constantemente. La lápida de la tumba de Chesterton, en Beaconsfield, fue hecha por él.

Jorge calla. La pipa se ha apagado, otra vez. Levanta la vista y mira las humedades del techo, antes de continuar.

-El lema en Ditchling era: Hombres ricos en virtud, estudiando la belleza, viviendo en paz en sus casas -deja la pipa en la mesa y vuelve a mirar al suelo-. En 1989, la historiadora Fiona MacCarthy publicó una biografía sobre Eric Gill, en la que saca a la luz lo que él escribió en sus diarios personales. Descubre que Gill era un pervertido y un maníaco sexual y que lo fue durante toda su vida. Antes de su conversión al catolicismo, había tenido relaciones incestuosas con su hermana, las cuales nunca terminaron definitivamente. Era insufriblemente promiscuo y le es infiel a su mujer. De hecho, parece ser que una de las razones para irse a Ditchling en 1907 era, precisamente, reconciliarse con su mujer y alejarse de su anterior vida. Pero la cosa no mejora. Ni aun con la conversión. Gill tiene relaciones con muchas de las mujeres que viven en la comuna. Su propia mujer, aceptando lo inevitable, parece que también participa en tríos diversos. Pero el apetito de Gill es insaciable. Tiene relaciones con la profesora de sus tres hijas. Y abusa de sus dos hijas mayores. Y de su perro.

Lope mira fijamente a Jorge, que sigue mirando al suelo. No deja de llover, fuera.

-Murió en 1940, de cáncer de pulmón. En la cumbre de su carrera. Con el máximo reconocimiento -Jorge sonríe con desgana-. Después, el mundo del arte se olvida de él: es un simple escultor meapilas. Pero tres años después del escándalo producido por la publicación del libro de Fiona, se hace una retrospectiva de su obra en el Barbican de Londres. No hay nada como la perversión para convertirte en un buen producto.

Lope se acaricia la barba incipiente, con la mirada perdida. Recuerda entonces una conversación que tuvieron hace poco.

-Me dijiste que te gustaría visitar alguna vez la tumba de ese Chesterton.

-Sí -responde Jorge.

-Pero, entonces, tendrás que ver la lápida que le hizo el degenerado ése.

-No -Jorge sonríe-. La lápida se cambió en el año 2006, con la excusa de que la hecha por Gill estaba deteriorada. En cualquier caso, será imposible no pensar en ello, si alguna vez llego a hacer ese viaje.

Lope hace un gesto de resignación y muerde el siguiente cigarro que va a encender. El humo recién nacido hace el mismo camino que los anteriores.

-Mañana arreglamos esas humedades, Jorge.

-Vale.

 

5 de octubre de 2013

 

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Lápida de la tumba de Chesterton realizada por Eric Gill, antes de su sustitución en 2006.

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ANNABELLE WILKENING

Ella había vivido: había tomado coca, había participado en orgías, había dormido en hoteles de lujo. Situada, por su belleza, en el epicentro de aquel movimiento de liberación de las costumbres que había caracterizado su juventud, lo había sufrido especialmente; y en definitiva casi se había dejado la vida en ello.

[…] -Todavía tengo el bonotrén del año escolar setenta y cuatro-setenta y cinco, el último año que fuimos juntos al liceo. Cada vez que lo miro me dan ganas de llorar. No entiendo cómo las cosas se han jodido hasta este punto. No consigo aceptarlo.

“Las partículas elementales”, Michel Houellebecq

 

Annabelle Wilkening es el personaje literario más bello y verdadero con el que jamás me haya topado.

Recién vista la formidable y terrible “Réquiem por un sueño”, de Darren Aronofsky, el papel interpretado por Jennifer Connelly me la ha vuelto a traer a la memoria. Existe, por cierto, otro personaje cinematográfico que es un trasunto casi perfecto de Annabelle: el que interpreta Robin Wright en “Forrest Gump”. Curiosamente, ambas actrices se hicieron famosas por ser protagonistas de películas-cuento, en las que interpretaban personajes femeninos que simbolizaban belleza y pureza: “Dentro del laberinto” y “La princesa prometida”. Lo cual produce un contraste muy apropiado -seguramente buscado- al verlas encarnar aquellos personajes trágicos.

Termina la película y me acerco a la estantería donde descansan “Las partículas…”. Releo las partes de Annabelle e, inevitablemente, como siempre que lo hago, las lágrimas se abren paso hasta que empiezo a notar la piel irritada.

He hablado mil veces de la importancia de este libro en mi vida. Mil veces más tendré que hacerlo, en lo que me quede de la misma: es mi forma de contribuir a la nueva evangelización. Hace poco le decía a alguien que mi principal motivación para la conversión, había sido comprobar en mi propia existencia -y en las de los que me rodeaban- lo que el moderno mundo paganizado podía producir: la Gracia se nos ha ofrecido en forma de pesadilla, le dijeY Houellebecq fue uno de los primeros en mostrarme el auténtico origen de mis errores, del sufrimiento que sentía y provocaba; y, además, con la implacable autoridad de un profeta que hubiese sido enviado por el mismo Dios, me mostraba mi irremediable futuro, si no hacía algo al respecto.

A muchos católicos quizá les resulte extraño e incómodo, que ponga a la altura de libro inspirado por el Espíritu Santo un texto en el que se incluyen sexo explícito -pornográfico-, todos los vicios contemporáneos, vidas perdidas y destruidas, y una desesperanza delirante.

Pero lo hago. Porque mi catolicismo está lleno de pus, costras y heces; desbordante del dolor vivido y cometido, del que vi, veo y veré a mi alrededor, del que conozco entre los míos. Mucho más real que ese catolicismo de autoayuda, que canta versiones pop con acompañamiento de guitarra en espectáculos patéticos, que apenas pueden recibir el sagrado nombre de misa. 

Esos católicos de rápido apuro me dan ganas de vomitar, como a Bloy. Que Dios se apiade de ellos.

En la extraordinaria y sobrenatural belleza de Annabelle, sublimación de un alma pronta para dar amor, se reconoce la persona-concepto de la madre eterna, de la compañera perfecta que nos acompaña durante toda nuestra vida; y en el real y honesto relato de su corrupción que Houellebecq nos ofrece, percibimos resonancias de otro cordero entregado al sacrificio por nuestros pecados.

Annabelle se había vuelto muy dulce, un poco rara, y a menudo se reía sin motivo; a veces, también de repente, se le llenaban los ojos de lágrimas. Entonces se tomaba una pastilla más.

El más bello,

el más verdadero.

 

3 de abril de 2014

 

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AXIOMA FUNDAMENTAL DEL HOMBRE DE FRONTERA ACANTILADA (VARIACIONES SOBRE UN FAMOSO AFORISMO NIETZSCHEANO)

Wer mit Ungeheuern kämpft, mag zusehn, dass er nicht dabei zum Ungeheuer wird. 
Und wenn du lange in einen Abgrund blickst, blickt der Abgrund auch in dich hinein.
 
Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo.
Cuando miras largo tiempo a un abismo, también éste mira dentro de ti.
Aforismo 146 de Más allá del Bien y del Mal.

Ves a los monstruos, ahí fuera, delante de ti.
Cada uno de esos monstruos es un abismo.
Te tomas tu tiempo mirándolo, observándolo, estudiando sus puntos débiles.
Para poder derrotarlo en la lucha.
¡Lo conoces tan bien!
Sabes cómo piensa, sabes cómo siente.
Eres su peor enemigo.
Has descubierto todas sus debilidades.
Así que tomas la iniciativa
y atacas.
Atraviesas su pecho con tu arma
y es tu carne la que florece sangrienta.

Porque ellos conocen tu mayor debilidad: ves a los monstruos ahí fuera,
no dentro de ti.

En el acantilado se escucha con atención a los monstruos:
saben mucho de todos nosotros.
No intentamos matarlos. Sabemos que no podemos.
Los domesticamos.
Los mantenemos cerca, para no olvidar lo que somos.
Para recordar lo que fuimos.
Lo que siempre podemos acabar siendo.

6 de junio de 2014

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“Hombre con cabeza de mujer”, de Odd Nerdrum (detalle).

PONTIFEX MAXIMUS

Nuestros cuentos hablan de hombres que cruzan abismos, cuyos pasos son soportados por losas sutiles, pero firmes. Su caminar une orillas distantes. Los puentes, más o menos desvencijados, que pueblan los recovecos más escondidos de Europa, son útil recuerdo del valor de antaño; cuando había hombres dispuestos a desafiar las nieblas de la Nada, sabedores de que el vacío sólo es un lugar donde no ha estado nadie antes. Nada más. Basta la presencia de un hombre cantarín para obligar a la Nada a retirarse, nuevamente, más allá de los límites de letra y melodía. Ese primer hombre prepara la fogata alrededor de la cual se reunirán todos los que vayan llegando más tarde; escancia el vino, dispone las viandas, va cortando el pan. Se alegra de su propio coraje, pero su alegría necesita hacerse canción e inflamar los corazones de los compañeros.

Era cosa de especial contento cuando la osadía se saldaba con unos ligeros rasguños, nuevos detalles que añadir al relato tras el banquete. Pues el hacedor de puentes conoce perfectamente los riesgos de su vocación. Aunque hay cierta trampa en su aparente miedo a los fracasos: sabe que hay fallos que son causa de asombro y conversación para los hombres durante eones.

Y ese tipo de fracasos son los que ama con mayor celo el hacedor de puentes.

Porque la eternidad es una buena historia alrededor del fuego, en la ebriedad alegre de un vino parlanchín, las almas reunidas en el pasmo del argumento y las galaxias infinitas rodeando y prestando atención a los cuentos del hacedor de puentes.

Pero hay razones para un nuevo optimismo: se ha visto muy activos, últimamente, a los eremitas de los acantilados. Acechan el horizonte, canturrean entre dientes y tantean el abismo con sus pies. Se han cansado de esperar actores adecuados a sus guiones y se han decidido a interpretar los papeles que ellos han escrito. Y esa determinación supone transitar ya por el primero de los puentes. El más escondido. El más evidente.

21 de noviembre de 2007

Quod Vidimus

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The Wanderer

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A Día de Hoy

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