El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

SUELO DE OTOÑO

El verano se malgastó en una vida anterior. Ni siquiera es su principal deseo.

Es como el suelo de otoño, que ansía el verdor de las altas copas, y sólo recibe agotadas hojas amarillas.

Aún así, implora el paso de un viento fuerte, que vacíe las ramas, y le alcance una última tibieza de hojarasca.

“Árboles de otoño”, de Egon Schiele (1911)

¿DE QUÉ ESTÁ HECHA LA POESÍA?

“¿De qué está hecha la poesía que se puede leer? De obsesiones, sin duda. Y de pasión. Si no se cree con obstinada pasión en algo muy concreto o si no duele no creer en nada, no hay poesía. Si sólo se cree en vaguedades, como la belleza ideal, la Humanidad (con mayúscula y sin rostro) o la bondad de la naturaleza, no hay poesía. Menos aún, si se manejan con maniqueísmo esas abstracciones. ¿De qué está hecha? De inconsecuencia, sin duda. De fe y de pasión traicionadas. De conciencia de la propia traición. No vale estar satisfechos. Creer y estar satisfechos de creer: eso no sirve, porque ahí no hay obstinación ni pasión, sino un estado amorfo del alma, sin historia, sin sangre, sin sacrificio. Y lo que menos sirve es que la Poesía (así, abstracta y también con mayúscula) obsesione más que cualquier otra cosa. La obstinada pasión por la Poesía está detrás de toda la poesía que no se puede leer.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pg. 21.

“Testing the Water”, de Kim Kogan (2009)

IRRADIAR BELLEZA

“Su mirada fue atraída por el lomo brillante de un escarabajo, que había estado inmóvil en el alféizar y ahora avanzaba decidido a entrar en la habitación. Dos franjas rojizas recorrían a lo largo su concha ovalada verde y oro. Movía sus antenas con cautela al avanzar, y todo su aspecto recordaba a Kiyoaki las minúsculas maravillas de un joyero. En medio del remolino destructor del tiempo, qué absurdo era que tan insignificante animalillo tuviera que resistir por sí mismo en su inseguro mundo. Mientras lo observaba iba gradualmente quedando fascinado. Poco a poco el escarabajo se acercaba más a él. Su cuerpo resplandecía como si quisiera dar la impertinente lección de que cuando se atraviesa un mundo, cualquiera que fuese, lo único importante es irradiar belleza. Supongamos que él estaba calculando en semejantes términos su propia armadura protectora frente al mundo. Estéticamente, ¿era tan bello como aquel escarabajo? ¿Y lo bastante fuerte para confiar en una defensa tan buena como el caparazón del escarabajo?

En aquel momento, casi se sintió persuadido de que todo lo que le rodeaba (los árboles, sus hojas, el cielo azul, las nubes, los tejados) estaba allí simplemente para servir al escarabajo, que en sí mismo era el eje y núcleo central del Universo.”

Nieve de primavera, de Yukio Mishima; Alianza, 2017; pgs. 219-220.

“Mañana en el monte Tsurugi”, de Hiroshi Yoshida (1926)

SAN JORGE CONFUSO

La doncella baila entre los vapores del dragón, sobre los techos rocosos de su cueva.
Ha visto al héroe en el lindero del bosque y la alegría le hace danzar desquiciada, sin prestar atención al creciente humo que la rodea.

El héroe tiene el porte de San Jorge, pero la afeminada voz de Casandra.
En el frenesí del baile ebrio no logra hacerse entender: la doncella hará que la bestia despierte de su profundo sueño.

Pero ella es incapaz de reprimir su alegría y continúa su extático delirio. Una densa niebla cubre ya el valle alrededor y el héroe apenas es capaz de distinguir sus propias manos.

Así que, con su ridícula voz, insiste: Debéis huir enseguida… o dejad al menos que me acerque silenciosamente al dragón, para sorprenderlo más fácilmente.

La doncella detuvo entonces por fin su baile y miró extrañada al héroe. Tras unos segundos de reflexión, dijo: Pero vos… no tenéis alas. ¿Cómo pensáis llevarme a Avalón?

Era el héroe el que torcía ahora de modo curioso la mirada. Respondió: Lo cierto es que ésa no fue nunca mi intención.

La doncella se quedó pensativa un momento. Después se acercó al héroe, le besó en la boca, y le dijo: No os preocupéis; quedaos aquí sin hacer mucho ruido y, cuando el dragón despierte, nos llevará a ambos a Avalón.

El héroe parpadeó y se quedó un buen rato sin saber qué responder. Mientras tanto, la doncella había reiniciado su danza febril.

Es, probablemente, la criatura más bella que haya conocido nunca, pensó el héroe.

La miró una última vez, se dio la vuelta, y se dejó engullir por la niebla del valle, camino del bosque, de regreso a los acantilados donde tenía su hogar.

“Kitty Pride”, de Daniel Govar

PESADILLA

Estoy con unos conocidos dentro de un edificio altísimo, que flota en el cielo, en la estratosfera, entre nubes blancas.

No reconozco a la gente que está conmigo, aunque en el sueño no me son extraños.

De repente, el edificio empieza a desmoronarse en su parte inferior. Grandes trozos caen hacia la tierra. La destrucción va ascendiendo progresivamente. Algunos de mis acompañantes también caen al vacío.

Entre las ruinas colgantes de vigas retorcidas y habitaciones demediadas, escaleras sin raíces y tuberías truncadas, un abismo amarillento espera, con paciencia de agujero negro, nuestras irremediables caídas.

Cuando ya queda poco del edificio y prácticamente he quedado solo, la lejana tierra amenazando con reclamar también el peso de mi cuerpo, me despierto.

DAR LA TALLA

Cómo estar a la altura del cauce de los ríos, las lluvias de primavera y la brisa de los acantilados.
De la ebriedad del vino, la compañía de los amigos, las caricias de una amante.
De la curiosidad de un libro, la sabiduría de un fracaso, la soledad de la muerte.
De la belleza de la herida, el sacrificio de un héroe, la creencia en el perdón.
De la felicidad de un hijo, el orgullo de una madre, la salvación de un dios.

Cómo estar a la altura de la desconcertante casualidad de tu existencia, de la desbordante generosidad de tu paciencia, de la alegre entrega de tu pasión.

Cómo estar a la altura, en definitiva, de tu amor.

LAS COSAS DIMINUTAS

Crece el color azul en el día.

Salen los productos de limpieza del lugar en el que suelen esperar. Limpia la suciedad del vaso donde reposan los cepillos de dientes. Deja en remojo jabonoso la escobilla.

Siente en el torso desnudo el fresco de la mañana de septiembre, que penetra por la pequeña ventana. Se arrodilla para frotar cada punto de la bañera.

Desaparecen las manchas ocultas de la taza del váter. Mientras lo hace, piensa en Dios. Y en que hay que vestir a la niña para ir a misa de diez. Los restos acumulados en los tapones. Olvidos orgánicos e industriales son eliminados de la existencia.

Mientras llena el cubo de la fregona, vuelve a pensar en ella. Una vez más. O quizá no haya dejado de hacerlo. Simplemente, hay momentos en que es más consciente de ese movimiento autónomo de su alma.

Se fija en las manchas de su pantalón. Habrá que echarlo a lavar. Ir a misa un poco curioso.

Disfruta del olor a limpieza química, del brillo artificial de los azulejos recién aclarados.

El placer de poner orden. De hacer el mundo más bello y amable para ellas.

Recuerda la sensación de calma de ayer, tras aceptar el camino. Quiere esa pausa, para su escritura. Y el ritmo artesanal de todo lo que ocurre en Phantom Thread.

El paciente relato de las cosas diminutas, donde moran los quicios de la existencia plena.

PHANTOM THREAD

ANYTHING REAL SHOULD BE A MESS

-How can you tell the difference? Can you tell if something really happened?
-They all think it’s about more detail. But that’s not how memory works. We recall with our feelings. Anything real should be a mess.

Blade Runner 2049.

Una pintora me dijo algo muy parecido hablando de su arte: la realidad no se percibe como un sumatorio exacto de detalles; es, más bien, una composición de manchas de diversos tamaños y colores.

Por eso Velázquez resulta más verdadero que cualquier pintor hiperrealista.

Por eso quizá los sentimientos, cambiantes, pueden acabar transformando los recuerdos. El que escribe diarios sabe que ocurre: no pocas sorpresas se dan al leer páginas antiguas…

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Como los carballos de Simou de esta fotografía, tan exacta. Esos carballos a los que yo me subía, pequeño barón rampante, hace más de treinta años. En esta maraña verde mora mi recuerdo infantil. Pero los árboles sobre cuyas ramas me senté ya no existen, ni siquiera en esta fotografía.

No se puede captar la verdad con sobreabundancia de minucias.

Para la verdad inequívoca de aquella tarde, bastan nuestras risas cómplices sobre la cama.
Aunque ya nunca se repitan.

PARDOS HAMBRIENTOS

Al salir del metro, el dorado de las cinco cúpulas de Santa María Magdalena resultaba aún más bello en contraste con el gris tormenta del cielo.

Pues llovió toda la tarde.

Hoy he salido a correr con la camiseta que vistió mientras comía helado de fresa y nata. Su favorito.

Es una pena que no crea ni una sola palabra que sale de su boca, porque en su boca moraría por el resto de mis días, también yo helado que sin prisa se deshace.

Al bendecir las comidas, cito su nombre; y en las tres cuentas que en cada misterio dedico a rezar por alguien, es ella la principal protagonista.

Arrodillado en la iglesia, doy gracias a Dios por darme a conocer la mujer con la que he vuelto a pecar. Y acepto finalmente, sin mayor reproche, las consecuencias lógicas de mi nueva traición.

UNA PEQUEÑA MANCHA

Hay una pequeña mancha en la cama.
Me quedo inmóvil, como ante el cadáver de un océano.
Sigo con mis tareas, como rogándoles que me salven.

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En Compostela

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