El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

LA SALA C

No sé qué día es hoy, exactamente. Tampoco tengo muy claro cómo he podido perder la cuenta de los días, teniendo en cuenta que llevo un diario. Pero el caso es que no sé qué día es hoy, exactamente.
Así que no recuerdo cuándo fue domingo por última vez. Quizá hoy sea domingo. No lo sé. He perdido la cuenta de los días. Aunque llevo un diario.
Me repito. No tengo nada que contar, la verdad. Hoy no han intentado entrar, sólo eso.
Sigo metiendo los libros en la Sala C.

Hoy tampoco han intentado entrar, gracias a Dios.
Sigo metiendo los libros en la Sala C, gracias a Dios.

Apenas queda comida ya.
¿Cuánto tiempo hará desde mi última comunión? No lo sé. He perdido la cuenta de los días. A pesar de llevar un diario.
Hoy se acercó un grupo, los vi desde la ventana de la Sala H. Pero un humanoide los mató a todos. Después el humanoide se fue volando. Tenía alas, el humanoide. Como si un ángel del Señor me ayudase a proteger estos libros. Sí, el Señor me ayuda a conservar su Verdad y su Belleza.

No es suficiente, Vincent, no es suficiente.
No es suficiente. Y basta. Hay que erradicar. Hay que eliminar. Hay que quemar el Mal.
No todo merece ser conservado. Que sólo sobreviva lo que glorifique a Dios. Sólo eso.
Para el resto, fuego.

Hoy han intentado entrar. Por el aire acondicionado. Gasté mi última bala. Pero lo que sea se quedó inmóvil dentro del conducto. Y sangró. La sangre se derramó encima de algunos libros bellos y buenos. Pero lo que sea ya no se mueve.
Me he encerrado en la Sala C.
Apenas queda agua. Aún recuerdo el día de mi bautismo. El día más bello de mi vida.
Que Dios me ayude a conservar su Palabra.

Pater Nost

Extractos de los diarios de San Vicente Bibliotecario [NHA 34-36]

“Y se oyó un clamor inmenso en Egipto”, de Arthur Hacker (1897)

Advertisements

I WOULD PREFER NOT TO [RECICLADO]

Al entrar en la casa, lo primero que vio Vincent Aldridge fue una reproducción del Cristo Crucificado de Velázquez. Se quedó pegado a la puerta recién cerrada, mirando la imagen con expresión de sorpresa tensa. Ella se dio la vuelta, mientras se iba despojando de bolso y abrigo, y se lo encontró allí, pasmado, con los ojos clavados en el cuadro.
-¿Te gusta? –preguntó ella-. Es arte católico, creo. Bastante antiguo.
-¿Te gusta a ti? –preguntó él, tratando de desviar la mirada del cuadro.
-Sí –respondió, con una sonrisa-. Soy un poco rara en mis gustos…
Se acercó con gesto pícaro, pero él hizo un apurado regate, disfrazándolo de movimiento para quitarse la cazadora.
-¿Te encuentras bien…? -preguntó ella.
-Sí, claro -dijo, mientras se quedaba de pie en medio del salón, las manos refugiadas en los bolsillos-. Perfectamente.
Ella se sentó en el sofá, dando a entender que otro tanto se esperaba de él. Con cierto retardo nervioso, también Vincent ocupó su lugar en un extremo del mueble, el peso del cuerpo apenas reposando en el filo del cojín.
Se quedaron mirándose un buen rato. Ella sonrió. Él tragó saliva y de un respingo se sentó a su lado. En otro movimiento súbito, puso una mano en uno de sus pechos. Ella le miró con cierta ternura entretenida. Acercó su rostro para besarle y Vincent, torpe, se fue dejando hacer. Ella se desnudó entonces de cintura para arriba. Él se quedó mirando sus pechos desnudos, con una mirada parecida a la que había puesto al descubrir el Cristo de Velázquez. Ella volvió a sonreír.
-Parece como si fueran las primeras que vieras en tu vida.
Vincent la miró con el rostro desubicado, trasluciendo el esfuerzo por ofrecer una respuesta adecuada.
-Oh, no, no… qué va… -dijo por fin-. He visto muchas… últimamente. En internet. En los últimos meses he visto toda la pornografía que he podido.
Acompañó este comentario con repetitivos asentimientos de cabeza, los cuales se fueron contagiando a su compañera, que ahora también le miraba con el rostro ligeramente atónito.
-Ajá -consiguió pronunciar ella-. ¿Te gusta mucho la pornografía?
Su cabeza se movió para negar, pero fue corregida por un repentino esfuerzo consciente.
-Una barbaridad -dijo-. Y la semana pasada pagué por los servicios de una meretriz.
Una sonrisa efímera crujió en los labios de ella.
-Vamos, que te fuiste de putas.
Vincent se quedó pensativo unos momentos.
-Sí, pero sólo con una…
Los dos se miraron durante unos segundos. Él se agarraba los brazos y ella se había olvidado de que estaba medio desnuda.
-¿Te gustó? -preguntó, con forzada curiosidad.
Un sonido lastimero escapó de la garganta de Vincent, mientras buscaba la respuesta adecuada en algún lugar del techo.
-¿No serás gay? -volvió a inquirir ella, elevando un poco el tono, la cara ligeramente crispada.
-Oh, no, no, no, no… para nada, qué va –afirmó Vincent rotundamente.
Ella le miró un momento con suspicacia, antes de acercarse nuevamente a él.
-Bueno, pues enséñame entonces qué has aprendido viendo todos esos vídeos guarrindongos… -concluyó ella, tratando de forzar una voz pícara.
Pero él escapó entonces al extremo del sofá.
-Preferiría no hacerlo -dijo en un suspiro.
-¿Preferirías no hacerlo conmigo? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.
Vincent asintió con la cabeza.
-Entonces, ¿para qué coño has venido?
-Para hacerlo contigo.
Volvieron a mirarse durante unos segundos. Ella cogió aire.
-Bueno… entonces, ahora qué ocurre, ¿se te han pasado las ganas? -preguntó, tratando de sonar paciente.
-No. No -se quedó callado, mirándose las uñas un instante-. Me había obligado a intentar hacerlo hoy contigo, pero… -otra mirada a las uñas-. Pero creo que, quizá, deberíamos conocernos antes… más. Mejor. No sé, pasear. Hablar, comentar los planes que tenemos para la vida. Ya sabes, ver si pensamos igual en las cosas importantes. Sobre cómo educar a nuestros hijos. Y después ya, casarnos. Y entonces, sí, hacerlo. Me apetece mucho, la verdad -terminó, con una sonrisa.
Ella le miró. Sus ojos tardaron un poco más de lo normal en parpadear. Cuando por fin lo hicieron, una carcajada se proyectó en el silencio denso del salón como si hubiese saltado la alarma de la casa: ocupando cada vértice, rebotando en cada sólido, disolviendo toda la materia alrededor de aquel sonido desesperado. Una supernova en la que temblaba el cosmos.
Vincent vio asustado cómo ella se caía del sofá, retorciéndose en la alfombra, sin poder dejar de emitir aquella risa agónica.
Cuando consiguió calmarse, se quedó sentada en el suelo durante unos minutos, la espalda apoyada en la parte baja del sofá. Él no se atrevía a moverse, ni a decir nada; simplemente esperaba. Finalmente, ella se levantó, se volvió a vestir y, mientras se dirigía al interior de la casa, le dijo que se fuera.
Vincent recogió sus cosas y fue hacia la puerta. Antes de irse, miró de nuevo el cuadro. Hizo un gesto de fastidio y se marchó.

“La tentación de Perceval”, de Arthur Hacker (1894)

EL FUEGO PURIFICADOR DE SAN VICENTE BIBLIOTECARIO

-¿Por qué se fue José de la Casa de Simou? -preguntó Iván, en voz baja, a Lope.

La luz de la hoguera permitía a Abraham limpiar su rifle; no hizo ningún gesto, a pesar de que había oído perfectamente la pregunta. Lope dejó por un momento de afilar su cuchillo de combate y buscó con la mirada a José, que conversaba con el ángel negro sobre un risco situado a unos cincuenta metros; después miró a Iván.

-¿Por qué no se lo preguntas tú mismo? -inquirió a su vez Lope, mientras volvía a afilar su cuchillo.

-Lo hice… pero justo entonces me dispararon -respondió Iván-. De todos modos, no sé si me hubiese respondido…

-Seguramente no -opinó Lope.

Iván se quedó callado y miró hacia donde se encontraban José y el ángel. La mujercita alada miraba el Egeo desde uno de los hombros del mutante.

-A pesar de sus modales, creo que, en el fondo, José es un buen hombre… -dijo Iván.

Lope volvió a mirar al chaval. Abraham seguía limpiando su arma. Lope guardó su cuchillo y se sentó más cerca de Iván.

-José era muy parecido a ti, cuando tenía tus años -empezó Lope-. Sólo que mejor en todos los aspectos.

Iván se sintió un poco sorprendido por el comentario. Abraham no pudo evitar sonreír, aunque siguió a lo suyo.

-Era el guerrero con más talento natural que yo haya conocido -continuó Lope-. Era, además, bondadoso y justo. Valiente. Siempre dispuesto a ayudar. Siempre dispuesto a servir. A tu edad, era ya también uno de los miembros más cultivados de la Casa de Simou: el tiempo que no empleaba en aprender a luchar, lo pasaba leyendo. Demasiado, quizá. O puede que el problema no estuviese en lo mucho que leía, sino en qué cosas leía… -Lope calló por un momento-. Las lecturas que teníamos a nuestras disposición, por otro lado… A los dos nos gustaba mucho Tolkien, como a ti -dijo Lope, con una sonrisa melancólica; Iván también sonrió-. Recuerdo una carta de Tolkien que leí hace mucho tiempo y que, por alguna razón, nunca he olvidado; me llamó la atención en su momento, porque hablaba de la incapacidad que sentía de escribir una continuación de El Señor de los Anillos.

-¿Por qué? -preguntó Iván con vivo interés.

-Porque no le quedaría más remedio que hablar de la rápida corrupción del hombre cuando sólo conoce el bienestar y la paz. Lo cual, a Tolkien, le resultaba algo demasiado triste y deprimente de contar.

-Ciertamente, resulta más grato hablar de heroicidades que de mediocridades -dijo Iván.

Lope miró al chaval y volvió a sonreír con melancolía. Bajó la vista al suelo.

-Yo he llegado a la conclusión de que Tolkien se equivocaba -siguió Lope-. El mal ha de ser sacado a la luz, para que pueda ser conocido, previsto. Para que uno sepa reconocer peligros que, en caso contrario, le resultarán invisibles hasta que estallen en su propia cara. Hablar del mal puede ser deprimente, pero es necesario. Es necesario entender, lo antes posible, lo bajo que puede llegar a caer el ser humano, cualquier ser humano; incluso aquellos llamados a dirigir el destino de los mejores. Incluso aquellos que no tienen más enemigo que el hastío y el aburrimiento, en medio de la mayor de las abundancias. Una buena educación ha de insistir en la facilidad con que el ser humano se convierte en traidor.

-¿Para evitar que nos convirtamos en traidores? -preguntó Iván.

-Más importante que eso: para que la traición que suframos algún día no nos derrote completamente y nos haga renegar de todo aquello que, en el fondo, amamos de verdad.

Lope calló. Iván se quedó con la mirada fija en su rostro.

-¿De qué habláis? -preguntó José, que llegaba en ese momento.

-De Tolkien -contestó Iván-. ¿Y los humanoides?

-Estirando las alas -contestó José-. ¿Has leído algo más en tu vida, aparte de Tolkien? -preguntó a su vez, con ironía.

-Claro que sí -respondió Iván, sonriente-. Aunque a veces creo que no necesito más que leerle a él. Que Dios me perdone, pero en ocasiones hasta me sobra la Biblia. Me gusta más el Ainulindalë que el Génesis.

-¡Eh, chaval! -exclamó jocoso José-. Como te oiga Abraham decir esas barbaridades te vas a quedar sin cena.

Todos sonrieron, incluso Abraham.

-La verdad es que yo también prefiero el Ainulindalë -comentó, dejando por un momento su tarea.

-¡Pero bueno! -exclamó de nuevo José-. ¡Pero en manos de quién estamos! Necesitas un confesor ahora mismo, Abri. Mientras lo buscas, yo me quedaré al mando. Te esperamos aquí, comiendo jabalí y libando bebidas espirituosas.

-Mañana seguiremos nuestro camino -dijo Abraham, de nuevo serio-. Iván ya está recuperado.

Todos miraron a Abraham.

-Eres un cortarrollos insoportable -dijo José-. ¿Cómo va a estar recuperado, si la fiebre incluso le hace blasfemar? ¿No acabas de oír lo que ha dicho sobre Tolkien y la Biblia?

Lope e Iván sonrieron.

-¿Qué libro de Tolkien volverías a leer, José? -preguntó de repente Iván.

La pregunta sorprendió a José, que se quedó pensando.

-Ninguno -respondió-. Creo que Tolkien está sobrevalorado.

Iván miró a Lope, que se miraba los dedos.

-A veces pienso que quizá San Vicente Bibliotecario se equivocó al conservar sus libros en vez de los del pobre C. S. Lewis -dijo José, sin alegría.

-Pero ese escritor era hereje -dijo Iván-. Pertenecía a una secta que aprobaba el divorcio, nada menos.

-Así es -intervino Lope-. Y, sin embargo, conocemos los testimonios de no pocos católicos, todos grandes figuras del pensamiento romano, que afirman la belleza y verdad de muchas obras del tal C. S. Lewis. Los pocos y minúsculos fragmentos que nos han llegado de este autor se deben a la admiración que despertó entre tantos buenos católicos. Incluso en el propio Tolkien, antes de que su amistad se enfriara.

-San Vicente hizo lo que hizo durante la Caída -dijo Iván, un poco desconcertado-. Supongo que en un momento así, cuando ves lo que ha sufrido la Creación por los desmanes de los hombres, sólo quieres que sobreviva lo más puro, lo que realmente tiene poder para curar al mundo. Por eso quemó tantos libros. Por eso quemó los libros de C. S. Lewis.

Al callar Iván, nadie más habló.

Lope hizo amago de decir algo, pero al final permaneció en silencio.

-Quizá el problema está en creer que la pureza salvará a alguien -dijo José, mientras buscaba en el cielo a los dos humanoides-. Los seres humanos tienen que aprender a vivir con la suciedad, no con la pureza.

Iván miró a José y después miró a Lope. Ninguno le miraba a él.

De repente sintió unos besitos en la oreja derecha y no pudo evitar reír por las cosquillas.

ABADESA Y SEÑORA

Apenas entraba un rayo de luz en la sala circular que culminaba la torre. Varios guerreros de la Casa de Rocamadour, vestidos con sus típicos ropajes en tonos beis, vigilaban con la mirada perdida el desarrollo de la audiencia que su Abadesa y Señora había dado a los enviados del Principal de Masalia Nova.

Sentada en una humilde silla de madera, la máxima autoridad de Rocamadour escondía las manos en las amplias mangas de su hábito pardo. Contemplaba circunspecta a sus dos invitados, dejando la expresión de emociones al cuidado del monje que se encontraba de pie a su lado.

-¿Tan necesaria considera la ayuda de la Liga su Excelencia el Principal? -preguntó el monje, mostrando no poca sorpresa-. Nos acaban de decir vuesas mercedes que podemos contar con el apoyo de la Casa de Simou y la Gran Comuna para unirnos a la Casa de Penn Ar Bed en una guerra contra la Unión. ¿No sería una alianza lo suficientemente sólida como para prescindir de las exigencias de los neo-arrianos de Estambul? Exigencias tan estrambóticas, por otro lado.

El obispo Pierre, con cara de no saber qué decir, miró dubitativo a su compañero de embajada, el filósofo Georg.

-El apoyo de la Gran Comuna será básicamente económico y material -contestó el consejero del Principal, manteniendo los brazos cruzados sobre su torso erguido-; las Casas de Simou y Rocamadour, por razones evidentes, tampoco pueden aportar demasiadas tropas a esta guerra; la Casa de Penn Ar Bed peleará hasta el último hombre, pero por una mera cuestión de supervivencia. Eso deja a Masalia Nova como único aliado con capacidad de proporcionar un número suficiente de soldados para esta campaña…

-Mercenarios -matizó el monje.

-Mercenarios, eso es -confirmó el consejero, un poco molesto por la corrección-. Y mercenarios ofrece también la Liga. Así como varios batallones de Unificadores.

-Batallones de fanáticos neo-arrianos -volvió a matizar el monje.

-Ciertamente, nuestro bando necesitará soldados fanáticos, capaces de contrarrestar la superioridad numérica del enemigo; que tampoco anda mal de fanatismo, por otro lado; sin embargo, si la Casa de Rocamadour es capaz de proporcionar 25.000 guerreros, entonces podremos prescindir de la oferta de Estambul -respondió el filósofo, con una mueca burlona.

La Abadesa y Señora observó al filósofo Georg un momento, antes de hablar.

-¿El obispo Pierre realmente ve con buenos ojos la propuesta de Estambul? -preguntó finalmente al acompañante de Georg.

El obispo katejónico de Masalia Nova se quedó pensativo un momento, demorando su respuesta.

-Abadesa y Señora, si he de ser sincero, ahora mismo sólo soy capaz de ver enemigos por todas partes… -dijo el sacerdote, mientras acariciaba de forma inconsciente la enorme cruz dorada que colgaba sobre su pecho-. Ambos hemos hablado en muchas ocasiones, en persona y por escrito, sobre el peligro que estaba creciendo al norte. Y ambos sabemos lo que está en juego aquí, mucho más que la mera política de nuestro siglo. La última vez que se permitió crecer un cáncer como éste, sin extirparlo antes, el mundo estuvo a punto de fenecer.

La Abadesa y Señora volvió a quedar meditabunda, como si se hubiese olvidado de sus invitados.

-Lo que ustedes proponen es combatir un cáncer con otro cáncer -dijo el monje-. ¿Quién sabe a qué tipo de catástrofes nos puede conducir un mundo gobernado por neo-arrianos? De hecho, ni siquiera sabemos si el resultado de las elecciones de Estambul conducirán a toda la Liga Panhelénica, finalmente, a una guerra civil.

-Aporten más soldados a la alianza y podremos prescindir de Estambul, hermano Karl -insistió Georg.

-Sabe perfectamente que eso es imposible… -dijo el monje.

-Por supuesto que lo sé; la Unión es la sanguijuela que, con su mera existencia, le está robando la vida, en forma de súbditos, a todas las Casas de los alrededores… -explicó Georg.

-¡Y a ustedes! -exclamó el hermano Karl-. O si no, ¿por qué tanto interés en iniciar esta empresa bélica?

-Cierto -confirmó el filósofo, sin alterarse-. También para nosotros es cuestión de vida o muerte acabar con esta sanguijuela. Y para ello, necesitamos soldados. Es por ello que la oferta de Estambul resulta tan… beneficiosa.

-La oferta de Estambul es una estupidez, que sólo un loco desquiciado puede plantear -replicó el monje.

-Desde mi punto de vista -dijo Georg, en el mismo tono monocorde que había estado utilizando-, sólo un loco desquiciado podría rechazar esa oferta. Alguien que le da más importancia a las meras palabras que a la supervivencia física.

La Abadesa y Señora elevó una ceja y miró fijamente al filósofo, antes de responder:

-¿Y qué esperaba usted, de unos simples cristianos?

Georg suspiró con desgana, mientras el obispo Pierre dejaba de manosear la cruz para empezar a mesarse la barba.

-Pensar que un concilio católico se atreverá a alterar el Credo, con el único objeto de tener más posibilidades de vencer en una guerra humana, es delirar -añadió la Abadesa y Señora, mientras se ponía en pie.

-Entonces sólo nos queda esperar la invasión de la Unión -dijo Georg, mientras se miraba las uñas de la mano derecha.

-Sea -respondió lacónica la mujer.

-Pero no podemos permitir que la Palabra de Dios desaparezca de la faz de la Tierra -dijo el obispo Pierre, nervioso.

-Hasta donde nos es conocido, la práctica de la religión cristiana está permitida dentro de la Unión -dijo el hermano Karl.

-¿Durante cuánto tiempo? -preguntó Georg.

-Quizá más del que usted piensa, si evitamos esta guerra -dijo el monje.

-Por lo tanto su plan es no hacer nada y esperar que nuestros conquistadores sean misericordiosos con nuestras formas de vivir; así las cosas, no sé por qué no abandonan ya estas tierras y emigran al norte -dijo Georg.

Todos miraron al monje, incluso algún miembro de la guardia.

-Dadas las actuales circunstancias, no puedo aconsejar de otro modo a mi Abadesa y Señora -dijo el hermano Karl, con un hilo de voz.

Georg hizo un gesto de burla al escuchar al monje. Meneó la cabeza, negando, como si le resultase imposible dejar de oír estupideces.

La Abadesa y Señora se había vuelto a sentar, perdida en sus pensamientos. De repente, volvió a ponerse de pie, para dirigirse a los dos emisarios.

-Pronto enviaré una respuesta por escrito a su Excelencia. Señores, les agradezco su visita. Espero que sea de provecho para todos. Y especialmente para Dios.

La Abadesa y Señora se dirigió hacia las escaleras, seguida por el hermano Karl y un par de guerreros.

Georg se acercó a contemplar la vista desde una de las ventanas, mientras el obispo Pierre permanecía sentado, ensimismado, agarrado a su cruz.

LOS OCEÁNICOS CAMPOS DE CASTILLA

Se pone el sol en los oceánicos campos de Castilla
y observo a dos viajeros de este mismo autobús
sentado uno detrás del otro
fotografiar con sendos móviles el momento único
tan compartible en redes sociales.

Pues se está poniendo el sol en los oceánicos campos de Castilla.

Y yo me jacto de ser el testigo
sarcástico y escéptico
espía reaccionario y elevado
de tal calcomanía ridícula propiciada
por la impostura tecnológica
de la fordiana modernidad mediocrizante.

Y pienso en fotografiarlos a ambos
y exponerlos a público escarnio
en algún medio telemático
buscando el halago de mi inteligente espiritualidad
intempestiva e interesante.

Pero algo detiene la vulgaridad de mi humor
la sequedad de mi alma:

la pureza casi ingenua de su gesto de admiración.

Que nos reúne a los tres en la contemplación fugaz
de esta hermosa puesta de sol
en los oceánicos campos de Castilla.

LA HIJA PRÓDIGA

-Padre, suplico tu perdón -dijo Frances, arrodillada, con el rostro caído hacia el suelo, mientras sostenía en brazos a su hija.

El señor de Rilo se erguía ante ella en medio de la gran sala, con gesto serio, ambos rodeados sólo por sus familiares más cercanos.

Xoán puso las manos sobre los hombros de su hija y la ayudó a ponerse nuevamente en pie.

-Tuyo es, hija mía.

La abrazó y la besó; y al hacerlo, un largo suspiro salió de su pecho, como si se estuviera desinflando un inmenso dolor. Frances se dejaba hacer, la cara apoyada en el amplio pecho de su padre. Xoán se fijó entonces en el pequeño bebé que dormía en los brazos de su hija.

-Esta es Juana, padre, tu nieta -dijo Frances.

Xoán acarició con uno de sus dedazos la naricita de la niña, que se despertó justo en ese momento.

-Señor, yo también suplico su perdón -se escuchó de repente; se trataba de Ramiro de Mar, que se había arrodillado ante Xoán con las dos rodillas y la frente clavadas en el suelo-. Soy el único responsable de la deshonra de su hija, de haber traído una niña al mundo sin cumplir con los mandatos de Dios. Queda mi ser a su merced, haga de mí lo que fuere menester. Aceptaré con gusto hasta el más humillante de los castigos.

La declaración de Ramiro dejó pasmado a Xoán. Aliénor fulminó a su hija con la mirada. Joan abrió mucho los ojos y Jeanne contuvo la respiración.

El tatarabuelo John sonrió, como si le estuviesen contando la travesura de un niño.

Frances también sonrió y chasqueó la lengua.

-No le hagas caso, padre -dijo, en tono socarrón-. Yo soy bastante más responsable que él de la existencia de esta preciosidad… Se puede decir que prácticamente lo violé…

Todos miraron estupefactos a Frances; quien, al ver sus caras, no pudo evitar echarse a reír. Joan, incapaz de controlarse, se unió a la risa de su hermana mayor.

Ramiro, muerto de vergüenza, se mantenía de rodillas, con los brazos caídos, sin saber dónde fijar la mirada, que trataba de esconderse entre las maderas del suelo.

Jeanne, con los ojos muy abiertos, se había llevado las dos manos a la boca; y en esa postura vio cómo su madre se plantaba furiosa entre su marido y Frances, poniendo fin a las risas de ésta.

-¿No piensas hacer nada para proteger la dignidad de tu Casa? -casi le gritó Aliénor a su esposo.

Xoán miró a su mujer como si fuera la primera vez en la vida que le echaba la vista encima.

-¿Y bien? -insistió, furiosa, Aliénor-. ¿Va a ser ésta la heredera de tu Casa?

Xoán fue incapaz de contestar. Pero Frances sí lo hizo.

-Por supuesto que no. No pienso ser la Señora de la Casa de Rilo. Renuncio a mis derechos en este mismo instante. Sólo he vuelto para vivir tranquila y criar a mi hija.

El silencio permitió escuchar al viento marino colándose por los pisos superiores de la gran casa.

Xoán, entre las nieblas de su estupor, volvió a descubrir la presencia arrodillada de Ramiro, que parecía sufrir un tormento espiritual insoportable. Ofreciéndole una mano, le ayudó y obligó, al mismo tiempo, a ponerse en pie.

-¿Quieres que te dé mi permiso para casarte con este hombre? -preguntó a su hija.

Frances miró a Ramiro con profunda dulzura y le acarició una mejilla.

-No, padre -respondió, con voz serena pero firme-. No me quiero casar con este hombre magnífico. No lo amo. Pero quiero que viva aquí, con nosotros, y que vea crecer a su hija.

Escuchado esto, el tatarabuelo John hizo un gesto al mayordomo de la gran casa, mientras se acercaba a sus descendientes.

-Creo que, por ahora, hemos quedado ahítos de emociones y noticias -dijo, sonriendo-. Los viajeros seguramente querrán descansar un poco en sus habitaciones, antes de la cena. Aunque quizá prefieran cenar en ellas; eso queda a su albedrío. Mientras tanto, busquemos todos un poco de serenidad, con la ayuda de Dios y todos los santos, para no dar más motivos de inspiración a dramaturgos y juglares.

Dicho esto, varios sirvientes empezaron a llevarse el equipaje de los recién llegados.

Frances cogió cariñosa una mano de Ramiro y le obligó a seguirla, en la misma dirección que los sirvientes.

Jeanne salió casi corriendo detrás de su madre, que se dirigía furibunda hacia una de las puertas laterales.

Joan se quedó donde estaba, de pie, mirando a su padre, que no se había movido. Y que ahora levantaba la vista al cielo, para sólo encontrar el techo de su casa.

UNA PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR HOMOSEXUAL

Como un cíclope de piel bermeja al que le estuviese ardiendo el único ojo, una columna de humo se elevaba desde la ventana superior de la Cantine Royale: Michel Hundt fumaba su pipa contemplando la calle, sin prestar la más mínima atención a lo que en la calle ocurría. Entre otras cosas, porque en la calle no pasaba nada.

Michel Hundt debería estar preparando su próxima clase de historia, y a eso precisamente había venido; pero la peculiar forma de concatenación de pensamientos propia del sopor y el tedio le habían llevado hasta un pasado remoto de su vida, sin ninguna razón aparente.

En determinado momento, devolvió la mirada al interior de la cafetería, vacía en su piso superior; y acabó fijándose, por pura inercia de la disposición de su estructura corporal, en las dos estanterías excavadas en la pared de enfrente. Se trataba de la típica biblioteca para intercambiar libros. Michel reconoció los ejemplares de siempre; apenas ocurría algún intercambio muy de vez en cuando.

Pero hace años, la biblioteca de intercambio era muy usada. Y Michel Hundt, de repente, regresó a aquellos años.

-La estantería superior es de Peter Ramos-Hollande -le decía alguien en su memoria-; bueno, evidentemente no es suya, pero sólo él la ordena, y todo el mundo sabe que sólo él la ordena: siempre verás un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo; lo sustituyan por el libro que lo sustituyan, Ramos-Hollande siempre vuelve a colocar un ejemplar de El Amanecer a la izquierda de todo. Con respecto a los otros libros, casi siempre son los mismos; a veces, por su propio gusto, él mismo cambia o incluye alguno de los libros; y, en muy raras ocasiones, acepta hacer permanente algún intercambio propuesto por otro lector. Así que, en cierto modo, se puede decir que tienes delante de ti el canon de Peter Ramos-Hollande.

Y Michel se ve mirando los títulos a la derecha de El Amanecer (el Metamanecer, como bromearían después al recordar juntos estos mismos momentos): el libro primero de El Capital; los tres tomos de la Historia de la sexualidad de Michel Foucault; Guerra y paz; la poesía completa de Rimbaud; la poesía completa de Catulo; la poesía completa de Arda Lobo; los siete tomos de En busca del tiempo perdido; los diez tomos de Los amores de un libertino filipino; Los placeres y los días; el Anti-Sade, de Federico Bertranou (esta presencia sorprendió sobremanera a Michel); y, por último, 2666.

Unos días más tarde, Michel decidió coger el ejemplar de Guerra y paz y sustituirlo por Vida y destino de Grossman. Una semana después, volvía a haber un ejemplar recién comprado de Guerra y paz; pero Vida y destino permanecía a su lado, para gran diversión de Michel.

En la siguiente ocasión, Michel decidió intercambiar la poesía completa de Rimbaud por la de Baudelaire, con un papel que marcaba la página en la que se encontraba Enivrez-vous.

Michel esperó muchos días el regreso de Rimbaud. Pero sólo lo hizo, un par de semanas después, para permanecer al lado de Baudelaire. La estantería superior de la biblioteca de intercambio empezaba a quedarse sin sitio.

En el tercer intercambio, Michel se atrevió a sustituir El Amanecer por Los demonios de Dostoyevski.

Al día siguiente comprobó, con cierta decepción -y un poco de susto-, que un nuevo ejemplar de El Amanecer había ocupado el puesto de Los demonios. Sin más.

Michel perdió entonces interés en el jueguito; y, por circunstancias de la vida, estuvo una buena temporada sin ir por la Cantine Royale.

Pero cuando volvió a ir, unos meses más tarde, en compañía de un novio con el que salía por aquel entonces, justo antes de sentarse en la misma mesa en la que ahora recordaba todo aquello, se fijó en la estantería superior de la biblioteca de intercambio. Y vio que no estaba El Amanecer. Y vio que sí estaban Los demonios. Y El idiota. Y Crimen y castigo. Y Los hermanos Karamazov. Ya no cabía ningún libro más en la estantería superior de la biblioteca de intercambio de la Cantine Royale.

Michel sonrió. Y siguió sonriendo mientras su novio de por aquel entonces le hablaba de algo que ahora era incapaz de recordar.

Al día siguiente, Michel cambió la poesía completa de Catulo por la Divina Comedia. Con un papel que marcaba la página en la que empezaba el Canto XVI del Infierno.

Catulo no regresó. No regresó nunca más. Un día, mientras pensaba en otro intercambio, Michel tomó el ejemplar de la Divina Comedia y lo hojeó; aunque era una edición distinta, también tenía marcada la página del Canto XVI del Infierno con un papel. Michel se dio cuenta de que aquel papel era, en realidad, una carta. Divertido y nervioso, Michel desdobló el papel y leyó:

Antes de nada, debes saber que has de ser paciente conmigo, pues soy ese tipo de persona que no compra cotidianamente alcohol; pero si le regalan una botella de licor, no deja de beberla hasta que se acaba, no mucho tiempo después; y una vez terminada la botella, no compro más. Sólo espero a que me regalen otra. Pero sin ningún tipo de impaciencia. No me quedo a la espera. Simplemente sigo con mi vida. Y si me regalan otra botella, pues la abro, y no dejo de beberla hasta que se acaba, poco tiempo después. Y así, igual, hasta que me muera.

Aplicado a las relaciones humanas, es la mejor manera de confesarte que soy un desastre. No quiero, no me gusta, pero soy un desastre.

Pero no es que sea un maricón lujurioso, ni mucho menos. Lo que ocurre es que quiero ser amado de una determinada manera; no me preocupa demasiado la furia de los sentidos, aunque te ofreceré mi cuerpo para tu placer, por supuesto; te informo, además, de que prefiero penetrar a ser penetrado; pero rendiré mi virilidad cuando fuere menester a tu deseo si mi culo, como el resto de mi persona, es amado por ti; y esto lo demostrarás no tanto en el placer, sino en la vejez, cuando quizá no sea capaz de limpiar mis propios excrementos y quizá tú sí seas capaz. Eso quiero que hagas, si tienes mejor salud que yo. Pues yo te prometo hacerlo si mi salud es mejor que la tuya, para aquel entonces. Que me limpies y cuides cuando yo no sea capaz de hacerlo, esperando sosegadamente la muerte, a tu lado, que me amas, porque me limpias y cuidas, aunque ya mi culo, pobrecillo, sólo sirva para ser limpiado.

Es la ausencia de este tipo de amor la que me hace inconstante, infiel y lujurioso. Un amor tan difícil de hallar para nosotros, los sodomitas, sabedores de la condición trágica, por estéril, de nuestros amores, pues mi naturaleza jamás podrá acompañar a mi espíritu a la hora de preñarte, salvo a modo de metáfora, así que nunca seremos causas segundas de una nueva vida, y eso es triste cuando se ama a otro ser humano, ¿verdad?, mas, ¿qué otra cosa puede esperar un hombre que ama a otro hombre? Y parece que esa esterilidad trágica se nos mete en el alma como un castigo de los cielos y en nuestro resentimiento contra el cosmos escupimos aún más si cabe en todo lo que es eterno y dura y es para siempre.

Pero es ese amor, precisamente, el que yo te exijo, que es eterno y dura y es para siempre. Sólo así gozarás del culo de Peter Ramos-Hollande, maldito maricón desconocido.

Michel estuvo a punto de echarse a reír a carcajadas al terminar de leer, pero algo le detuvo. No tenía nada claro si estaba ante una broma o ante una proposición de matrimonio.

Cogió el ejemplar de la Divina Comedia. En el hueco no puso ningún otro libro, sino un trozo de papel que sólo tenía escrito: ¿Qué amor es este del que me hablas?

Una semana más tarde, Michel encontró que el hueco había sido rellenado con una Biblia. Desconcertado, se aproximó, tomó el libro, y lo abrió por el lugar en que sobresalía un papel rasgado. Las páginas estaban brutalmente subrayadas y comentadas en los márgenes con una letra diminuta escrita a lápiz. Era el capítulo 13 de la primera epístola de San Pablo a los corintios.

Michel dejó la Biblia de nuevo en el hueco, sobre un papel en el que escribió un lugar, un día, una hora. Hecho esto, se dispuso a hacer guardia en el piso superior de la Cantine Royale, para que nadie, salvo el mismo Peter Ramos-Hollande, se acercase a esa Biblia.

No tuvo que esperar mucho. Un par de horas más tarde, con la cafetería a rebosar de gente, el escritor apareció con gesto impaciente y se abalanzó sobre la estantería superior de la biblioteca de intercambio; la que sólo él controlaba. Cogió ansioso el papel. Miró a su alrededor, momento en el que Michel se escondió tras el libro que estaba leyendo, y volvió a marcharse con la misma velocidad con la que había llegado.

Un mes después, Ramos-Hollande se trasladó a vivir a la casa de Michel.

De eso hacía ya casi quince años.

Michel Hundt sonrió, le dio una chupada a su pipa, y se puso a preparar su clase de historia.

LA LITERATURA ES UN OFICIO PELIGROSO

…como merece aquel a que las armas atienden, las cuales tienen por objeto y fin la paz, que es el mayor bien que los hombres pueden desear en esta vida.

“Y Cervantes, que fue soldado, hace ganar a la milicia, hace ganar al soldado ante el honroso oficio de poeta, y si leemos bien esas páginas (algo que ahora, cuando escribo este discurso, yo no hago, aunque desde la mesa donde escribo estoy viendo mis dos ediciones del Quijote) percibiremos en ellas un fuerte aroma de melancolía, porque Cervantes hace ganar a su propia juventud, al fantasma de su juventud perdida, ante la realidad de su ejercicio de la prosa y de la poesía, hasta entonces tan adverso. Y esto me viene a la cabeza porque en gran medida todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida a mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creímos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en la realidad no lo era. De más está decir que luchamos a brazo partido, pero tuvimos jefes corruptos, líderes cobardes, un aparato de propaganda que era peor que una leprosería, luchamos por partidos que de haber vencido nos habrían enviado de inmediato a un campo de trabajos forzados, luchamos y pusimos toda nuestra generosidad en un ideal que hacía más de cincuenta años que estaba muerto, y algunos lo sabíamos, cómo no lo íbamos a saber si habíamos leído a Trotski o éramos trotskistas, pero igual lo hicimos, porque fuimos estúpidos y generosos, como son los jóvenes, que todo lo entregan y no piden nada a cambio, y ahora de esos jóvenes ya no queda nada, los que no murieron en Bolivia, murieron en Argentina o en Perú, y los que sobrevivieron se fueron a morir a Chile o a México, y a los que no mataron allí los mataron después en Nicaragua, en Colombia, en El Salvador. Toda Latinoamérica está sembrada con los huesos de estos jóvenes olvidados. Y es ése el resorte que mueve a Cervantes a elegir la milicia en descrédito de la poesía. Sus compañeros también estaban muertos. O viejos y abandonados, en la miseria y en la dejadez. Escoger era escoger la juventud y escoger a los derrotados y escoger a los que ya nada tenían. Y eso hace Cervantes, escoge la juventud. Y hasta en esta debilidad melancólica, en este hueco del alma, Cervantes es el más lúcido, pues él sabe que los escritores no necesitan que nadie les ensalce el oficio. Nos lo ensalzamos nosotros mismos. A menudo nuestra forma de ensalzarlo es maldecir la mala hora en que decidimos ser escritores, pero por regla general más bien aplaudimos y bailamos cuando estamos solos, pues éste es un oficio solitario, y recitamos para nosotros mismos nuestras páginas y ésa es la forma de ensalzarnos y no necesitamos que nadie nos diga lo que tenemos que hacer y mucho menos que tras una encuesta nuestro oficio sea elegido el oficio más honroso de todos los oficios. Cervantes, que no era disléxico pero al que el ejercicio de la milicia dejó manco, sabía perfectamente bien lo que se decía. La literatura es un oficio peligroso.”

Del discurso leído por Roberto Bolaño al recoger el premio Rómulo Gallegos 1999 por Los detectives salvajes; en Entre paréntesis; Anagrama, 2005; pgs. 37-38.

LA INDUSTRIA EDITORIAL

Roberto Bolaño le habló en cierta ocasión a Enrique Vila-Matas sobre algo que le había ocurrido siendo jurado de un premio literario: que los manuscritos de aquellos escritores que sí tenían una buena técnica literaria apenas tenían nada interesante que contar; mientras que algunos manuscritos de escritores no profesionales, incapaces técnicamente de resolver de forma adecuada el tema que tenían entre manos, sin embargo, sí poseían historias interesantes que merecía la pena leer.

Algo parecido llegué a vivir yo durante el tiempo que trabajé como lector literario. Me ocurrió en especial con una novela que hablaba de las vidas de un director y actor españoles de la época de la Transición; una obra que necesitaba una cantidad ingente de horas de corrección, pero que albergaba auténtica literatura en sus páginas, porque era una honesta e intensa búsqueda de la verdad. A pesar de sus carencias técnicas, la recomendé vivamente. Por supuesto, nadie me hizo caso.

Trabajar como lector me proporcionó un atisbo de lo que contiene la industria literaria. Lo que vi no me gustó. En lo que ese mundo transforma a sus habitantes, directamente me repugnó.

La verdad literaria no depende de las circunstancias existenciales del autor. La verdad de un texto literario puede obviar la completa biografía de su escritor. El texto posee vida en sí mismo y su calidad sólo ha de ser medida en relación con su contenido, con la forma de expresarlo y con la potencia de verdad que el conjunto encierre.

Que el escritor sea pobre o rico, alto o bajo, guapo o feo, mujer u hombre, español o marciano, sólo es interesante para las facultades de filología y para los profesionales de la crítica. Carece de interés también, por lo tanto, que el escritor se gane la vida vendiendo los libros que escribe o se gane la vida vendiendo casas o alpargatas.

Dirán algunos que el escritor profesional tendrá más posibilidades de dedicar todo su tiempo a la escritura o de que sus libros lleguen a más lectores. Las giras publicitarias de las editoriales niegan lo primero, internet niega lo segundo. De hecho, en un blog con la cantidad adecuada de lectores, seguidores y visitas, incluso internet puede negar también lo primero.

En la actualidad, no hay nada que impida a un escritor cualquiera ser muy leído y valorado, sin ninguna necesidad de formar parte de la industria literaria. Un simple blog gratuito puede permitir a un basurero de Michigan ser leído y admirado en todo el mundo.

Por otro lado, ¿es deseable ser un escritor profesional y vivir sólo de lo que uno escribe? Me atrevo a decir que no. Me atrevo a decir que es obligación moral del escritor tratar de mantener apartados, en la medida de lo posible, su economía de su escritura.

Porque a la literatura no le interesa el medio de vida del escritor, pero al escritor sí le puede acabar interesando que su literatura sea su medio de vida. Lo cual puede llevar al escritor a pensar más en los gustos del comprador, que en los gustos de la verdad. Y ese es el camino definitivo para el asesinato de lo que la literatura es y exige.

Pues, como decía don Nicolás, no hay que creer en la vocación sino del que, como Sócrates, no cobra.

Dicho esto, por la oportunidad de proporcionarle a mi familia lo que creo es menester, quizá ni el más luminoso resquicio de mi alma dejaría sin precio.

LA CAUSA REMOTA DE AQUELLA INTERPRETACIÓN DE KURT COBAIN

“En 1517 el P. Bartolomé de las Casas tuvo mucha lástima de los indios que se extenuaban en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas, y propuso al emperador Carlos V la importación de negros que se extenuaran en los laboriosos infiernos de las minas de oro antillanas. A esa curiosa variación de un filántropo debemos infinitos hechos: los blues de Handy, el éxito logrado en París por el pintor doctor oriental D. Pedro Figari, la buena prosa cimarrona del también oriental D. Vicente Rossi, el tamaño mitológico de Abraham Lincoln, los quinientos mil muertos de la Guerra de Secesión, los tres mil trescientos millones gastados en pensiones militares, la estatua del imaginario Falucho, la admisión del verbo linchar en la decimotercera edición del Diccionario de la Academia, el impetuoso film Aleluya, la fornida carga a la bayoneta llevada por Soler al frente de sus Pardos y Morenos en el Cerrito, la gracia de la señorita de Tal, el moreno que asesinó Martín Fierro, la deplorable rumba El Manisero, el napoleonismo arrestado y encalabozado de Toussaint Louverture, la cruz y la serpiente en Haití, la sangre de las cabras degolladas por el machete del papaloi, la habanera madre del tango, el candombe.”

Historia universal de la infamia, de Jorge Luis Borges; El País, 2002; pgs. 17-18.

Y Lead Belly.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester