El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

INFATUATION

El recuerdo de un amor que las circunstancias hicieron imposible produce una melancolía cuya belleza e intensidad dependen precisamente de su incumplimiento.

Que la vida no haya podido hacer su trabajo de desgaste sobre tales sentimientos y pasiones permite a éstos modelar una fantasía repleta de promesas cuya posibilidad nadie puede negar.

Que nadie, tampoco, puede confirmar.

Las circunstancias, además, a veces no son más que meras decisiones tomadas por nosotros mismos. Que enseguida nuestra memoria transforma en crueles engaños del destino.

Esa melancolía aprovecha las pequeñas heridas de la cotidianidad para lacerar el alma de forma desmesurada; como demonio que es, pretende engañar al ser humano mintiéndole sobre la realidad de su existencia, prometiéndole lejos de sus responsabilidades presentes una felicidad armoniosa e imperecedera -más propia de jardines edénicos-.

Que llamemos amor a aquella cosa, que ni siquiera ha probado su capacidad de convertirse en rutina y soportar el paso del tiempo, dice ya poco de nuestras propias convicciones.

Confundiendo pasión y amor, nos reconocemos compartiendo uno de los más graves errores modernos.

UN BOTE DE PASTILLAS AZULES

Creo que aún no tengo veinte años y estoy en el baño, mirando fijamente un bote de pastillas azules que me devuelve la mirada.

Es un bote de diazepam, si mal no recuerdo, prescrito por el psiquiatra de la Seguridad Social a cuya consulta había acudido.

Llevaba unos días sintiendo un extraño nerviosismo, ubicado en la boca del estómago, que no tenía relación alguna con ninguna causa concreta. Estaba nervioso, todo el tiempo, sin saber por qué. Cosa que nunca me había ocurrido.

El doctor de cabecera me mandó al especialista en psiquiatría. En algún momento de la consulta, el psiquiatra me preguntó qué estudiaba. Filosofía, en la Complutense, respondí. Aquello le encantó, pues le daba pie para hablarme de los Diálogos de Platón, que le gustaban mucho; creo que su favorito era El Banquete.

Sin solución de continuidad, el psiquiatra empezó a escribir en un recetario. Me dio el papel, con la dosis prescrita de diazepam. Y ahí acabó todo. Ningún análisis del posible origen de aquel nerviosismo raro. Soma y nada más.

Aquello no me cuadraba. No sé si ya había ido a clase con Fuentes y había empezado a desarrollar mi desconfianza hacia la Psicología y la Psiquiatría. No sé si había leído ya la Historia general de las drogas de Antonio Escohotado, que me hizo entender lo voluble, arbitraria y, en no pocas ocasiones, irracional que puede llegar a ser la artificial línea de separación entre drogas legales e ilegales.

No sé cuál fue la razón, exactamente. Pero decidí no tomar esas pastillas azules y quedarme con mis nervios raros.

Un compañero de la Facultad me dijo que él también sentía algo parecido y se había acabado acostumbrando a vivir con ello. Pensé que quizá yo también podía hacer lo mismo.

Finalmente, le di el bote de pastillas azules a un amigo, que me lo pidió tras saber que yo no iba a hacer uso de él; amigo al que le encantaba experimentar con todo tipo de drogas.

Y al que tuve que visitar varias veces, durante los años siguientes, en diversos pabellones psiquiátricos. Un amigo cuya amistad fui incapaz de mantener, porque se había transformado en Gollum, y yo ya no daba más de mí.

Experiencia que tampoco ayudó a mejorar mi opinión sobre el entramado farmacéutico-psiquiátrico actual.

Hoy ha vuelto el bote de pastillas azules por mor del vídeo que os comparto más abajo, en el que hemos podido ver otra vez al bueno de Jordan Peterson, aún en proceso de recuperación de su adicción a las benzodiacepinas.

Parece que empieza a ver la luz al final del túnel. De lo cual me alegro sobremanera.

Y también me ha hecho sentirme agradecido. Porque, a estas alturas de la vida, parece que uno siempre está pensando en el tiempo perdido y en los errores cometidos.

Pero recordar el bote de pastillas azules me ha hecho pensar otra vez en aquella decisión. Que apenas puedo llamar así, pues fue más bien una intuición; la cual me hizo sospechar de ese camino tan fácil para superar aquella molestia que no acababa de entender.

Un regalo de Dios, sin duda alguna, aquella intuición.

LAS DISCIPLINAS

¿Es el dualismo platónico una reacción resentida e impía (desde el punto de vista heleno) contra el sometimiento del cuerpo humano a los dioses?

¿Y es el pensamiento aristotélico una reacción a esa reacción, que prima el conocimiento de lo divino por encima de su dominio?

Por otro lado, ¿hay mejor forma de dominar que conocer? Conocer hasta dónde se puede dominar. Como dice la bella oración de Niebuhr:

God, give me grace to accept with serenity
the things that cannot be changed,
Courage to change the things
which should be changed,
and the Wisdom to distinguish
the one from the other.

¿No es ésa acaso mi sensación, en presencia de esos dos pilares de Occidente: Aristóteles, el investigador de lo que es, y Platón, el investigador de lo que debería ser?

Hay que llevarlos a ambos dentro. Y eso es lo que trató de hacer la filosofía cristiana.

Aunque es cierto que los primeros mil años de historia cristiana son eminentemente platónicos. Aristóteles sólo es conocido por los tratados lógicos traducidos por Boecio o por las interesadas síntesis neoplatónicas. Aristóteles hará su irrupción en la Cristiandad medieval como principal arma de combate de la teología musulmana. Santo Tomás de Aquino tratará de bautizarlo (en feliz expresión de San Gilberto) e introducirlo en el arsenal teológico católico.

Pero siempre existió el miedo a que en realidad fuera un caballo de Troya. Un virus que acabaría infectando la civilización católica en su totalidad. ¿Es eso lo que percibe Gómez Dávila? ¿De ahí su rechazo a Aristóteles, y su ferviente platonismo? Platón lidera los mil años de ascenso de la civilización cristiana y Aristóteles los mil siguientes de disolución. Una disolución que ha dejado joyas formidables para la historia de la humanidad, todo sea dicho.

¿Es el aristotelismo demasiado condescendiente con El Mundo (con sus dioses/demonios)? ¿Es el platonismo una filosofía mejor preparada para combatir y derribar enemigos, para disciplinar la disoluta somaticidad humana?

Pero, insistimos: quizá la sabiduría realmente sea llegar a conocer cuándo hay que condescender y cuándo hay que eliminar. Y lo más normal es que ni siquiera los más sabios tengan claro cuándo hay que hacer qué cosa.

Como ya le explicó Gandalf a Frodo.

APUNTE SOBRE EL RETORNO DE LOS DIOSES

Un dios era un resumen de experiencias milenarias. Una voluntad extraña que se podía apoderar de los actos y pasiones de los mortales. La realidad de estos dioses, y la pequeñez de la voluntad humana frente a ellos, es una constante en la historia de las civilizaciones.

La reacción -a escala mitológica- ante el poder de los dioses, supone la aparición de un nuevo tipo de religiones: el monoteísmo occidental (el no-sacrificio de Isaac), el budismo oriental. En Occidente, los dioses son rebautizados como demonios, contra los que se da un combate eterno. El mortal ha percibido (o ha querido percibir) un orden superior al de los dioses y pone en él sus esperanzas, sus actos y sus devociones. Ese orden superior conlleva una disciplina de las almas (Aristóteles vs. Platón), que es la única forma de liberarse de la acción de los dioses/demonios.

Estos dioses/demonios son la sustantivación mítica de las determinaciones -límites- fundamentales en toda comunidad humana: físicas, químicas, biológicas, etológicas… todas aquellas que han ido conformando el proceso de antropogénesis y, posteriormente, el trato dentro de, y entre, las comunidades humanas.

Las civilizaciones post-politeístas están estructuradas para generar individuos con la capacidad de generar actos voluntarios liberados, en la máxima medida posible, de la acción de los dioses/demonios.

Su estructura trágica fundamental radica entonces en que su mera idea implica la liberación del ser humano de todo aquello que lo determina como ser humano. Por ello, el éxito de tal liberación sólo puede acontecer fuera de este mundo (en otro mundo, en Occidente; en ningún mundo, en Oriente).

[excurso: la tragedia/contradicción fundamental de la salvación cristiana: la dramaticidad de la existencia humana como causa de todos los bienes y de todos los males; pero, si se elimina la dramaticidad, se elimina el mal, y también el bien; el bien ha de ser redefinido: como el éxtasis eterno de la contemplación de la belleza divina -Dante-; ejemplo: no vivir una vida “al modo terrestre” con el hijo aún niño que murió, sino compartir con su alma una eterna contemplación de la bella verdad oculta -y ya comprensible para el salvado- tras esa dolorosa muerte temprana]

Olvidado el momento histórico y la necesidad ontológica del combate contra los dioses/demonios, las sociedades modernas que pretenden liberarse de las disciplinas de las religiones bíblicas para lograr la autonomía de la voluntad individual, lo que en realidad logran es volver a dejar la voluntad individual bajo el poder de los dioses/demonios. Con la peculiaridad de que el individuo nuevamente sometido al albur de los dioses/demonios se cree libre, porque su nueva educación le hace ciego a los dioses/demonios; como un cuerpo que, empujándose a sí mismo en un espacio absoluto sin fricción, pudiese ir rápidamente a cualquier lugar sin ningún tipo de resistencia a su voluntad de movimiento. Pero esta falsa imagen es enseguida opuesta, en la existencia del individuo, por las determinaciones fundamentales de toda comunidad humana (las cuales, evidentemente, no se han evaporado): es decir, el individuo vuelve a toparse con los dioses/demonios sin ni siquiera saber de su presencia.

Sin artesanías conductuales [disciplinas, modales, maneras; disciplina > necesidad de rutinas > y su posterior elevación estético-sagrada a la categoría de “ritos”] a su disposición, cercenados en muchos casos los accesos a los conocimientos de las vías tradicionales de existencia, el individuo actual liberado recae en lo que él considera un caos de insoportable dolor, que le lleva a desesperar de su condición. Ese caos no es otra cosa que El Mundo (el imperio de dioses y demonios), en el cual se encuentra aún más perdido que el primer mono recién bajado del árbol; pues éste aún mantenía una cautela respetuosa -primariamente sagrada- ante lo desconocido, mientras el individuo actual se enfrenta al Mundo creyendo que nada ha de sorprenderle, que nada puede escapar al designio de su voluntad.

No alcanza por lo tanto, ni siquiera, la categoría de “salvaje”: ese primer mono sabía más que él.

ESTATUA ERGUIDA EN HOMENAJE A LA ADOLESCENCIA ETERNA

Mientras esperábamos el autobús que nos iba a llevar de vuelta a Marsella, tras nuestra declaración de no aptitud, aconteció un hecho que apenas merecería el apelativo de anécdota.

Uno de los aspirantes declarados no aptos, de oscurísima piel negra, muy enfadado, empezó a gritar acusando de racistas a los que habían decidido su no aptitud.

Desde donde yo estaba, la situación resultaba tragicómica: aquel aspirante rechazado llamando racistas a voz en grito al multicultural elenco de caporales (cada uno de un color distinto) que allí se encontraban, quienes observaban la escena divertidos.

La conclusión que uno sacaba en aquel momento era que la propia reacción del tipo explicaba su declaración de no aptitud. Básicamente, que no se aceptan desequilibrados en la Legión Extranjera.

A la luz de los últimos acontecimientos, la anécdota parece devenir signo de los tiempos.

Lo que en aquel momento no era más que una ridícula pérdida de papeles, ha resultado ser intuición fundamental de la mejor juventud para cambiar el mundo: ningún mal que me ocurre es culpa mía, cualquier cosa que me limita es de suyo injusta.

Exactamente así razona mi hija.

Que aún no tiene tres años.

EL PECADO ORIGINAL LAICO

Se ha reflexionado mucho sobre la Modernidad como época en la que se trata de eliminar el pecado original.

Pero en la claudicación plenamente contemporánea de buena parte de las élites occidentales lo que vemos no es una eliminación del pecado original, sino su traslado secularizador desde la esencia divina misma del ser humano hasta meros accidentes de las diversas culturas humanas.

De esta manera, la posibilidad del mal no está en nosotros de raíz por el mero hecho de ser humanos, sino por el hecho de ser hombres (y no mujeres); o blancos (y no negros); o de familia rica; o…

Pero, mientras la mitología cristiana ofrecía la posibilidad de una aventura existencial en la que sería posible redimir nuestra naturaleza caída a través de la bondad de nuestras acciones, el pecado original laico sólo nos permite el auto-odio y una vida anclada al resentimiento de todas aquellas características secundarias de nuestra persona; exactamente aquellas de las que no somos responsables (ser hombre, blanco, español…).

Y en vez de vivir tratando a cada cual según la calidad de sus acciones, nos impone besar las botas de gente de la que nada sabemos, más allá del color de su piel.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LVII)

“El Ministerio de Sanidad recogió en un informe del 2 de marzo una realidad preocupante: “En los últimos días se han confirmado alrededor de 10 casos de covid-19 en personas sin vínculo conocido ni antecedente de viaje a zonas con transmisión comunitaria conocida del virus. Estos se han detectado en zonas muy concretas de cuatro comunidades: Madrid (foco en Torrejón de Ardoz), Andalucía (foco en torno a Marbella-Málaga), Castilla-La Mancha (en Guadalajara) y País Vasco (en una zona de Vitoria). Procede por tanto definir las zonas en las que se sospecha esta transmisión comunitaria y establecer una vigilancia intensificada en las mismas”.

Sanidad tenía dos opciones ante esta situación: asumir la existencia de transmisión comunitaria del virus y tomar medidas drásticas o seguir tratando de encontrar el vínculo de todos los casos. Los responsables de Salud Pública eligieron lo segundo, algo que para muchos especialistas retrasó al menos una semana la respuesta global a la epidemia.

Cita obtenida en este artículo del periódico El País (las negritas son mías).

ÍÑIGO ERREJÓN

Tiene que haber algo en el hecho de hoy que sea especialmente grave; en caso contrario, no sentiría este enfado, casi ira.

No sé exactamente qué pretendía conseguir el diputado Errejón con su tuit de hoy, en el que acusa a varios agentes de la Policía Nacional de no respetar los derechos humanos en una detención realizada en Lavapiés. El vídeo ahí está, para quien quiera verlo. Sólo le puede molestar la acción de la policía al que le moleste, en general, la existencia de la policía. No sé si es que el diputado Errejón está abrazando últimamente alguna forma de ideología anarquista, sería la única explicación posible a su opinión sobre dicha detención.

Pero, con la que está cayendo, publicar ese tuit, cuando además eres representante político de los ciudadanos españoles, me parece de una irresponsabilidad que roza la incapacidad mental. O, por lo menos, que imposibilita que se te pueda considerar mentalmente adulto. Y es que no te puedes pasar toda la vida siendo adolescente, a propósito. En algún momento hay que hacerse mínimamente consciente de las consecuencias que pueden tener los propios actos.

Los políticos existen para arreglar problemas, no para crearlos.

El caso del diputado Errejón, su personaje en sí mismo considerado, tiene ciertos visos de desorden psicopático. Su narcisista necesidad de notoriedad y presencia pública siempre le han hecho incapaz de captar adecuadamente la medida de su influencia real. Siempre ha necesitado creerse más importante de lo que realmente ha sido. Él ha insistido hasta el ridículo para alcanzar la fama y la influencia que cree merecer, pero todo ha sido en balde.

Este parece un enésimo intento de convertirse en mesías. A costa de lo que sea. Volver, quizá, al caos originario del 15-M, del que surgió como profeta de una Nueva Política (que cada vez se parece más a la de siempre).

Que arda todo, para que yo pueda brillar en medio del incendio.

Veo difícil el arrepentimiento, porque, insisto, realmente me parece que hay cierto desorden mental en el diputado Errejón.

Sólo espero que los ciudadanos den término a su carrera política en las próximas elecciones. Aunque estoy seguro de que habrá un lugar en el PSOE para él en el futuro.

Y estoy seguro de que el diputado Errejón también está seguro de ello.

CRÓNICAS DE LA PESTE DE LOS ANCIANOS (LVI)

Buena experiencia en una peluquería del barrio.

Solía cruzar la ciudad para cortarme el pelo en Argüelles. Peluquería que conocí gracias al padre Gabriel. Me encanta, parece un trozo de los años 50 congelado en el tiempo.

Allí fui a cortarme la coleta, tras veinte años. Para tan magno evento, me hice acompañar, incluso, de mi madre. Sobre todo, porque días después volaba yo a Marsella. Durante el proceso de selección para entrar en la Legión Extranjera iba a estar completamente incomunicado, así que quería compensar un poco a mi madre la inquietud consiguiente.

Al final sí que fue posible una mínima comunicación, a través de un colombiano con hermana en Galicia, que fue eliminado muy pronto, y que nos hizo el favor a unos cuantos de ponerse en contacto con nuestras familias para decirles que estábamos bien.

Desgraciadamente, ni siquiera recuerdo su nombre.

El caso es que, en los últimos años, lo normal ha sido que me cortase el pelo en Ponferrada. En Boya, junto a la Torre del Reloj. Una de esas peluquerías de toda la vida. La típica del paisanaje al uso.

-Parecía que no, pero mira que hemos sacado pelo…

Siempre me decía lo mismo, cuando estaba terminando. Yo sonreía y le daba la razón. Adoro las rutinas.

La situación me ha hecho buscar una opción más a mano, que no implique coger medios de transporte. Bea me recordó ayer que había una peluquería cerca de la oficina de Correos. Aprovechando el paseo de esta manaña con la nena, pedí cita para la tarde.

No parece una peluquería de las de toda la vida, sobre todo por el típico adorno de poste coloreado; que es típico en Anglosajonia, no aquí. Creo que el dueño es de origen paraguayo. Quizá haya recibido el negocio de algún español ya cansado de trabajar.

Ha sido educado, aunque silencioso. Era nuestra primera vez y ninguno de los dos hemos querido tomarnos demasiadas libertades. Además, en algunos momentos he creído percibir cierto aburrimiento en el ademán, como si la tarde de peluquería se le estuviese haciendo demasiado larga. Pero tampoco me hagáis mucho caso: me quito las gafas mientras me cortan el pelo.

El resultado me ha dejado muy contento. Ha hecho exactamente lo que le he pedido, con una gran economía de movimientos. Mi peluquero ponferradino, sin embargo, parecía disfrutar haciendo sonar sus tijeras. Ambos estilos tienen su gracia, me parece a mí.

Así que, Dios mediante, el mes que viene volveré a ver a mi peluquero paraguayo. Quizá entonces nos lancemos a hacer algún comentario sobre fútbol o política. Aunque, por ahora, creo que nos vamos a ir conociendo tranquilamente en el silencio. No hay ninguna prisa.

LOS NOMBRES PROPIOS

No soy hombre de imaginación exuberante. Escribo fundamentalmente desde lo acontecido.

He querido hoy inventar un cuento para dormir a mi hija y he acabado hablándole de los caballos salvajes de los acantilados.

Le he explicado que un acantilado es una montaña junto al mar. Ella ha buscado en El Principito el dibujo de las montañas. Pues ahora imagina que todo esto estuviera rodeado de mar, le he dicho.

Le hablé de las ganas que tenía de llevarla hasta allí. De los potros que miran hacia la puesta de sol.

Y, por supuesto, le hablé de él.

Cuando aún no tenía demasiado claro que le estuviera interesando lo que le contaba, me preguntó: ¿cómo se llama el caballo?

Le dije que no lo sabía.

Ya se durmió. Quizá sueñe con caballos sobre montañas rodeadas de mar.

Yo, mientras tanto, me distraigo dándole vueltas a la importancia de los nombres propios.

En Compostela

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