El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

LA CANTINE ROYALE

El sol atravesaba a duras penas el humo de las fábricas para acabar muriendo en los reflejos de alquitrán del Loira.

Patricia cubría la mitad inferior de su cara con un pañuelo salpicado con algunas gotas de agua de azahar. Caminaba a buen ritmo. Se fijó por un momento en las aguas negras del río, de las que sobresalía, de vez en cuando, el esqueleto podrido de alguna antigua embarcación.

Docenas de barcazas iban y venían desde las fábricas de la otra orilla.

Patricia giró y se introdujo en las callejuelas, dejando el río atrás. Un grupo de chavales hacía pintadas políticas en la pared de una mezquita. Una mujer gorda les miraba con desgana, desde el portal de enfrente, sentada en una silla plegable, mientras fumaba su pipa.

Unos niños jugaban al fútbol en medio de la calle.

Patricia los rodeó para llegar hasta la Cantine Royale. La madera pintada de rojo destacaba entre el gris cemento de los edificios circundantes.

Una campanilla sonó al abrir la puerta. Patricia se vio entonces sumergida en una humareda densa, casi sabrosa.

Una mujer la miraba con curiosidad desde detrás de la barra.

-Buenas tardes. Busco al profesor Hundt -le preguntó Patricia, que se acababa de quitar el pañuelo.

La mujer hizo un gesto, mirando por un momento hacia arriba. Patricia buscó y encontró unas escaleras estrechas. El piso superior se abría a la derecha, a modo de balcón, sobre la parte inferior del local. Se amontonaban allí unas cuantas mesas con unas pocas sillas alrededor. Una ventana pequeña dejaba entrar algo de luz justo enfrente de las escaleras. Dos mujeres se besaban apasionadamente, sentadas junto a la ventana.

Patricia se fijó en el marco sin puerta a su derecha, que daba paso a otra estancia. Al cruzar el umbral, encontró al fondo otra ventana, un poco más grande que la anterior; y dos hileras de sillones acolchados pegadas a los laterales, con varias mesas más en las que apoyar bebidas, tabacos, libros y trozos de tarta.

Vio al profesor Hundt sentado junto a la ventana, acompañado de media docena de personas. El profesor la reconoció y la saludó para que se acercase.

El profesor fue haciendo las presentaciones, pero los nervios hicieron que Patricia olvidase casi todos los nombres que oía, salvo uno.

-Y este es Peter Ramos-Hollande -dijo el profesor, con una sonrisa-, catedrático de Historia de la Literatura y autor de la celebérrima El Amanecer.

Patricia saludó con un ligero movimiento de cabeza, al que respondió el escritor de la misma manera.

-No pensaba que fueras a venir tú sola -dijo el profesor Hundt, mientras cargaba su pipa.

-Nadie más quiso venir -respondió Patricia, mientras se quitaba el chaquetón-. Ya sabes, esta tarde había manifestación…

-Cierto -dijo el profesor, con una sonrisa-. Lo había olvidado.

Patricia también sonrió e intentó prestar atención a la conversación que estaba teniendo lugar en esos momentos.

-…es lo que hablamos siempre… -decía una hermosa mujer, de rasgados ojos verdes y media melena lacia y castaña-. ¿Cómo es posible tal nivel de desencanto, cuando la Revolución apenas tiene un cuarto de siglo? ¿Cómo es posible, teniendo en cuenta de dónde venimos? Dioses, mi padre aún recuerda el día que mató a su capataz de esclavos…

La mujer expulsó con un bufido el humo de su cigarrillo.

-Y yo vuelvo a insistir -dijo el profesor Hundt-, no creo que debamos confundir nuestro pequeño mundo, de tertulias y discusiones académicas, con el mundo real. Yo no veo desencanto en mis alumnos. Son muy pocos -el profesor miró por un momento a Patricia- los que no están, me atrevería a decir incluso, entusiasmados con la actualidad política, y deseando tomar parte en ella.

El silencio reinó por un momento en la mesa. Ramos-Hollande fijó su mirada en Patricia.

-¿Estás desencantada con la Revolución, Patricia? -preguntó el escritor.

Todos miraron a la joven. Patricia bajó la mirada.

-No lo sé… -respondió-. Pero me sorprende pensar que el autor de El Amanecer lo esté.

Todos sonrieron.

-No he dicho que sea así -respondió Ramos-Hollande-, aunque supongo que no me puedo desprender del tono decadente de nuestras reuniones… Y es probable que tenga cierta culpa del mismo.

Patricia le miró a los ojos y preguntó:

-¿Qué esperaba usted de la Revolución?

-Todo, por supuesto -respondió el escritor, casi riendo-. Y tutéame, te lo suplico… Pues esperaba el triunfo de la libertad, la belleza y la bondad. Una sociedad en la que todos tuviésemos la oportunidad de llegar a ser Aristóteles o Proust. Todo lo que un joven puede soñar en el amanecer de una nueva era -la mirada se le perdió en el mármol de la mesa-. Supongo que estábamos ebrios; ebrios de historia. De repúblicas romanas, de independencias americanas… ¡De Espartaco! Éramos Espartacos victoriosos. ¡Por fin! El mundo había esperado hasta nuestras mismísimas existencias para ver triunfar una revuelta de esclavos… Oh, todo era muy emocionante y bello. Éramos la esperanza hecha carne.

El escritor bajó la mirada hasta el suelo, antes de darle otro sorbo a su café.

-Bueno, éramos jóvenes… -dijo un hombre pequeño, de pelo rizado y rubio.

-Sí, no creo que haya otro resumen mejor -concluyó el escritor.

-Entonces, El Amanecer… -dijo Patricia.

-Oh, El Amanecer… -repitió el escritor-. No puedo sino estarle eternamente agradecido. Me valió fama y un puesto fijo en la nueva universidad de la recién nacida República de Nan. Me encontré con la vida resuelta a una edad muy temprana. Poder dar clases de lo que más me apasiona. Y el tiempo libre más que suficiente para escribir un segundo libro que nunca he escrito.

-Lo cual es visto como una auténtica afrenta por ciertos sectores políticos… -apostilló la mujer de ojos verdes, con media sonrisa.

-Sí, es mi gran crítica al estado de cosas -dijo el escritor, con tono irónico-, ser incapaz de decir algo bueno al respecto.

Todos sonrieron.

-Aunque, desde otro punto de vista -dijo Patricia-, podría ser visto como cobardía. ¿Por qué no escribir sobre el desencanto?

Se hizo el silencio y todos miraron al escritor, que gesticulaba afirmativamente, sin mostrar ningún tipo de enfado por el comentario.

-He pensado mucho en mi vocación literaria, desde aquel éxito inicial… -Ramos-Hollande hablaba mientras miraba cómo sus dedos acariciaban la taza de café-. ¿Cómo no, verdad? ¿Qué escritor no lo hace? Y no creo que mi vocación tenga que ver con dar opiniones sobre el estado de cosas… Si acaso, contar cuál es el estado de cosas. Pero eso es muy difícil, muy difícil. Porque, para decir cuál es el estado de cosas, uno tiene que saber la verdad de ese estado de cosas. Uno tiene que conocer la verdad. Y… ¿hay algo más difícil? ¿Hay algo más difícil que conocer la verdad de algo? ¿La verdad de algo en lo que pululan cientos de miles de seres humanos? ¿Algo que ha llegado hasta nosotros tras miles de años de historia?… Es difícil, es muy difícil…

El escritor se llevó la mano a la boca y se quedó mirando la calle a través de la ventana, más allá de su amigo Hundt.

-Pero esa es la auténtica verdad de tu vocación literaria -afirmó el profesor de Historia.

-Cierto, cierto -asintió el escritor con vehemencia-. Completamente cierto. No hay salida. He ahí el deber de cualquiera que quiera escribir. Ese es mi deber. Mi deber -el escritor se señaló el pecho-. Pero cuánto más consciente era de esto, más incapacitado me sentía para llevarlo a cabo. Imposible, pensaba. Imposible. No puedo, yo no puedo. Está por encima de mí.

-¿Sigues sin poder? -preguntó Patricia.

El escritor suspiró.

-No. Puedo. Ahora puedo -contestó, mirándose los dedos-. ¿Sabes? En El Amanecer no había verdad. Y seguramente fue un éxito por eso mismo. Era algo que aquella generación necesitaba leer en aquellos momentos. Como… un salmo, recitado antes de un sacrificio religioso… O un poema de combate declamado justo antes de la batalla… Como Taillefer declamando la canción de Rolando delante del ejército normando. Eso, eso. Eso era El Amanecer. Pero no era literatura. Faltaba verdad. Demasiadas voces silenciadas. Demasiadas voces sin voz.

-Hay que dejar hablar al otro -dijo la mujer-. Así lo siento yo cuando interpreto. Interprete lo que interprete. Yo soy el vacío donde otro se encarna. Mi papel. El papel que encarno. Aparto mi yo y me pongo otro.

-Pero un escritor ha de ser muchos yoes -dijo el hombre pequeño.

-Pessoa, Pessoa, siempre Pessoa, por supuesto… -dijo el escritor, de forma casi obsesiva.

-Pero todo esto puede sonar demasiado a relativismo -comentó Hundt-. ¿Acaso no creemos en la verdad?

-Por supuesto que creo en la verdad, en una verdad… -respondió el escritor-. Pero, ¿la tengo yo? No estoy seguro. No estoy nada seguro. Porque tengo todas estas voces discutiendo dentro de mí. Voces que se contradicen. Y entonces en este minuto yo pienso esto; y al minuto siguiente esto otro. Contradicción, contradicción. Todo el rato. Todo lo que hemos leído… ¡¿y cuánto hemos leído?! Dioses, Michel… ¿cuánto hemos podido leer?

Hundt hizo gesto de no saber, con una sonrisa.

-Dioses, hemos leído como locos… Y todo eso que hemos leído, son voces, voces que hablan sin parar, dentro de mí. Y discuten constantemente. De todo. Sobre todo. Así que pensé, bueno, pues que hablen. Que discutan. Y les di un cuerpo. Y una vida. Convertí cada voz en un personaje. Cada voz, sobre cada tema que me interesa. Y como me interesa todo, pues… El resultado es que, la novela que estoy escribiendo, es una guerra civil. La guerra civil de la Historia humana. La guerra civil de los dioses. La guerra civil de mi alma…

Ramos-Hollande hizo un gesto mirando a Patricia, como diciendo y esto es lo que hay.

-¿Estás contento con lo que estás escribiendo? -preguntó Patricia-. ¿Estás… satisfecho?

La cara del escritor se retorció en una mueca ambigua, como si la pregunta le estuviese rebotando dolorosamente en el cerebro.

-Creo que sí… Sí, creo que sí -respondió, finalmente-. Es que… ¿sabes? No podría hacer otra cosa. No sabría hacer otra cosa. No hay opción. Callar o escribir esto. No hay otra opción.

El escritor se quedó pensativo un momento, mirando el mármol de la mesa. Unos segundos después, miró a Patricia, esbozando una franca sonrisa, y añadió:

-Sí. No hay otra opción. Y me parece bien que no la haya.

Patricia también sonrió. En ese momento se acercó la mujer que había visto detrás de la barra. Patricia pidió un café solo y un trozo de tarta de chocolate con queso.

-Espero que no te molestase demasiado Armand, el otro día, en clase -le dijo Patricia al profesor Hundt.

El resto de la tertulia se quedó mirando al profesor, esperando una explicación.

-Hace un par de días, un alumno me exigió en clase que hiciese un análisis crítico de las Casas… Me notó demasiado frío, políticamente hablando, en mi exposición sobre su historia -dijo el profesor, con una sonrisa.

-Ese chaval será un gran comisario político -comentó el hombre pequeño.

-Entonces será mejor que no lo invites, Michel -comentó el escritor-. Podríamos acabar todos guillotinados…

Hundt asintió con la cabeza, e intentó forzar una sonrisa; pero no fue capaz.

-¿También te interesan las Casas? -preguntó Patricia al escritor.

-Me fascina todo lo que tiene que ver con las Casas -respondió-. Me parece una tragedia cósmica que nuestro principal enemigo en la actualidad sea una Casa. De hecho, me encantaría visitarla. Ese cristianismo vetusto y sabio, obsesionado con la belleza en cada segundo de la propia existencia, obsesionado con estar a la altura de su dios desbordante de entrega al dolor del otro… Ese rechazo de tantas cosas que yo también considero superfluas… -al escritor se le escapó una sonrisa, con la mirada perdida-. Dioses, empiezo a sonar como uno de esos románticos alemanes del siglo XIX, que se convirtieron en masa al catolicismo, hartos del nuevo mundo industrial… Pero algo de eso hay, algo de eso hay… En mí, sí.

Patricia se quedó pensando.

-¿Te imaginas viviendo en una Casa? -preguntó a Ramos-Hollande.

El escritor sonrió y resopló al mismo tiempo.

-Me temo que amo demasiado al hombre que amo -dijo, mirando a Michel Hundt-. Y él me ama demasiado a mí. Así que, supongo que he de conformarme con que mi amor por las Casas se mantenga en un ámbito… platónico.

-No se puede tener todo en esta vida… -dijo el profesor Hundt, mirando al escritor.

Patricia sonrió y se quedó callada.

Pronto la conversación tomó otro rumbo, pero ella ya apenas prestó atención.

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LOS INMORTALES DEL OLIMPO

Aquel ser parecía beber de la herida; pero, cada vez que lo hacía, la recuperación completa de Iván era más cercana.

Tras hacer aquello que hacía, fuera lo que fuese, la pequeña mujercita, que hoy iba vestida con hojas de roble, puso en movimiento sus alitas de libélula y se elevó sobre Iván; no sin antes darle un montón de besitos en la frente, en los labios y en las mejillas, con su eterna sonrisa alumbrando su linda carita.

Iván la vio alejarse con una sonrisa extraña, la misma que tenía José poco antes de pegarle otro trago a su botella de bourbon.

Un poco más abajo del risco en el que se encontraban, Abraham parecía examinar unos papeles, mientras Lope simplemente contemplaba, a lo lejos, el Egeo.

Unos golpes de aire anunciaron la llegada del ángel negro. Así lo había bautizado José. Entre sus prominentes colmillos portaba un jabalí muerto.

-Mira, reparto a domicilio -comentó José-. Una cosa maravillosa del Mundo que deberían copiar en las Casas.

-¿Para qué querrían reparto a domicilio de comida familias que producen la suya propia? -comentó Abraham, que había guardado sus papeles y se había acercado para preparar el jabalí.

-Coño, pues para poder encargar Delicias de Constantinopla -respondió José-. ¿Conoces a algún campesino de alguna Casa que sepa preparar Delicias de Constantinopla?

Iván, como solía, volvió a quedarse con la boca abierta, contemplando a aquel ser que les había salvado la vida. Podía medir, fácilmente, tres metros de altura. Su piel era negra, como las dos enormes alas que salían de sus omóplatos. Se limpiaba en esos momentos la sangre que goteaba de sus enormes incisivos. Estaba completamente desnudo; pero, en la zona donde debían estar los genitales, nada había, salvo una tensa musculatura curva. Los ojos, profundamente negros, lucían un brillante color rojo cuando se hacía de noche.

Tras limpiarse, se acercó a Iván.

-¿Qué tal te encuentras, joven hombre? -preguntó, con extremada cortesía.

-Casi en plena forma -respondió Iván, con una amplia sonrisa-. Muchísimas gracias, no sé cómo agradeceros…

El ángel sonrió.

-No sé qué es lo que hace exactamente Ella; quizá tenga que ver con nuestra extraordinaria longevidad. De alguna manera, Ella es capaz de usarla para curar a otros. Quizá fuera la intención de nuestro Creador cuando la diseñó… -el ángel se quedó pensativo-. Lo desconozco.

-En cualquier caso, gracias -insistió Iván.

-Sí, muchísimas gracias -repitió José-. Aún no te había ofrecido, porque… ya sabes: infancia cristiana, eso de invitar a beber a un ángel, aunque sea negro… Pues, tira p’atrás. Pero vamos, que aquí tienes -José le ofreció su botella.

El ángel negro acercó la nariz y olisqueó el contenido.

-¿Enebriadores? -preguntó-. Lo siento, pero no me producen ningún efecto.

-No jodas… -dijo José-. Qué hijo de puta, tu creador. Con perdón.

El ángel sonrió.

-Lo de dejarte sin pajarito ya me parece bastante putadón, pero que ni siquiera te puedas agarrar una buena moña para soportar la eternidad… -añadió José.

Abraham y Lope, que estaban cortando el jabalí, le miraron con gesto reprensivo. El ángel, sin embargo, torció la boca en una mueca que reflejaba que le había hecho gracia el comentario.

-Por lo que se ve, los experimentos de mi Creador en cuanto a la longevidad iban por buen camino; pero, por alguna razón, no me dotó de órganos reproductores. Quizá exista alguna relación entre ambas cosas: la inmortalidad y la imposibilidad de reproducirse -el ángel fijó la mirada en el mar lejano-. No lo sé. Sólo Dios, si existe, lo sabe. Vosotros pensáis que Dios es Padre, así que igual me equivoco…

-Ellos -corrigió José-. Ellos piensan que Dios es padre. Yo sólo creo en el bourbon. Y en los ángeles negros y las hadas madrinas.

El ángel e Iván rieron. La mujercita alada apareció de repente, le dio unos besitos en la oreja derecha a José, y volvió a desaparecer en el bosque cercano.

-Le pediré que se case conmigo -dijo José-. Una mujer que no habla. Fantástico. En eso, vuestro Creador era un puto genio.

El ángel se quedó mirando el lugar por el que se había marchado Ella.

-He pensado muchas veces en matarme -dijo, como si estuviese comentando el tiempo-, pero entonces la miro a Ella y pienso que nunca la he visto triste, desde que nos miramos por primera vez cuando salió de su tecnoútero; por lo que he llegado a sospechar que quizá mi muerte fuera lo único que la entristeciera. Así que no puedo hacerlo. Sigo viviendo, por miedo a que Ella no siga siendo feliz.

José se quedó callado y le dio otro trago a su botella. Iván se quedó con la mirada perdida en la herida de su pecho.

-¿Por qué vivís aquí, solos? -preguntó el joven.

-Leí que los antiguos griegos creían que aquí vivían sus dioses. Así que pensé que sería un lugar adecuado para seres que no mueren -respondió el ángel.

José no pudo evitar sonreír.

-Perdí el interés por tratar con los hombres, tras unos años -continuó el ángel-. Al principio, nos perseguían como si nosotros hubiésemos sido culpables de todo; tras la Caída, como la llamáis vosotros. He conocido pocos realmente interesantes. Creo que podría contarlos con los dedos de una mano.

-A mí me pasa lo mismo -dijo José-. Pensé que con más años de vida, la cosa se arreglaría. Veo que me equivocaba.

-La mayoría de los hombres me consideraban un ser diabólico, resultado de una tecnología perversa y fáustica -siguió el ángel-. Puede ser, pero aquí estoy. ¿Soy yo, acaso, culpable de ello? ¿Por qué he de cargar yo con la culpa de mi Creador?

El ángel cogió una pequeña piedra del suelo y le dio vueltas, sin demasiado interés. La mujercita alada volvió a aparecer, le dio un par de besos en la nariz, y volvió a perderse de vista.

-¿Por qué os hizo así? -preguntó Iván.

El ángel dejó la piedra, abrió muchos los ojos, y se quedó callado, sin saber qué responder.

-Los creadores siempre son un puto enigma, desde mi punto de vista… -dijo José-. No hay dios que los entienda.

-Los cristianos creéis en la Providencia divina -dijo el ángel-. Me pregunto si realmente existirá algo parecido. ¿Cuál sería, entonces, mi lugar en la historia de los hombres? Y… ¿soy yo un hombre, acaso?

-Sin pajarito y sin poder agarrarte un buen pedo, me temo que no -respondió José-. Pero tienes muy buena conversación.

Iván miró a los ojos al ángel, antes de volver a preguntar.

-¿Por qué nos salvaste?

Todos miraron al ángel; incluso Abraham y Lope dejaron por un momento la preparación del jabalí.

-No sé, la verdad… -respondió el ángel-. Supongo que me pareció injusto, ellos eran tantos y vosotros tan pocos… Y este hombre parecía tan poca cosa, cuando se propuso defenderte… -dijo, señalando a José.

José sonrió y le dio otro trago a su botella.

-De verdad, te mereces una buena noche de bourbon y fulanas -dijo José-. Tu creador era un cabrón.

-Lo cierto es que era un artista genético muy famoso -dijo el ángel, con rostro serio-. Siempre le ofrecían contratos muy importantes para diseñar soldados o trabajadores, pero él prefería la creación libre. Ganó muchos concursos -permaneció un rato en silencio, antes de continuar-. Nos dio una buena educación. Nos hablaba siempre de proteger a los más débiles. No creo que fuera un mal hombre. Equivocado, quizá. Pero, ¿qué hombre no se equivoca, incluso intentando dar lo mejor de sí?…

Las llamas rodearon el cuerpo despellejado del jabalí. Iván y el ángel se acercaron al fuego. José le dio otro trago a su botella, con la mirada fija en el mar.

Volvió en sí con un repentino besito del hada, que vestía ahora un atrevido vestido hecho de pinochas.

TAL DEVOCIÓN

-Ya es visible, señora -dijo el marinero.

Una sonrisa repentina nació en el rostro de Frances, que apenas duró. Cogió a la niña y subió a cubierta.

En ella ya se encontraba Ramiro, que contemplaba con asombro evidente la formidable pared de roca que se erguía ante ellos; como si alguien hubiese colocado el océano al pie de unas montañas.

El cielo era completamente gris y un viento alegre empujaba con ganas el barco hacia su destino. La observación de los acantilados regalaba a cada segundo un nuevo detalle. Caminos imposibles que parecían labrados en la piedra por gigantes. Una gran casa, de varios pisos, que hacía equilibrios sobre el mar.

Y un árbol de frondosas e interminables ramas que parecía morar en medio de un cementerio.

Frances cerró los ojos y sus párpados empujaron mil lágrimas por las mejillas. Bajó la cabeza un momento. Volvió a abrir los ojos, miró a su hija, y le señaló el árbol, y la casa, y los caminos en la roca.

-Rilo, hija mía, Rilo… -repetía, como si rezara.

Ramiro sonrió y devolvió la mirada a los acantilados.

El barco enfilaba ya la entrada de la ría. Como si la tierra, deseosa de apresurar el retorno de los suyos, hubiese lanzado sus brazos hacia el océano.

Cruzaron entre las ruinas de los dos castillos que antiguamente vigilaban el paso de posibles enemigos. Pequeños pueblos pesqueros fueron apareciendo en ambas orillas.

Ramiro parecía abrumado por la belleza que contemplaba. Y aunque Frances también sentía mil emociones provocadas por esas mismas imágenes, fue la reacción de Ramiro la que le hizo entender, por primera vez en su vida, la profunda belleza en medio de la cual había nacido y crecido.

Porque la belleza había sido lo común en su infancia. Y sólo ahora, tras largos viajes y amargas lejanías, podía entender el extraordinario lugar en el mundo al que había llamado hogar.

En su niñez el entorno sólo se había hecho presente como teatro de aventuras.

Su mundo de niña pequeña no entendía de categorías estéticas. Lo que sí ocurría, en ciertas ocasiones, era que la luz lograba colarse entre las nubes, y las dibujaba como fabulosas catedrales celestes; parecía entonces que se detenía el tiempo, confirmando que todo estaba bien, en su sitio; que todo sucedería como tenía que suceder.

Era algo superior a la esperanza. Era como saber lo que Dios mismo pensaba.

No había nada que temer.

La belleza del mundo, sin embargo, ya supone una visión fragmentada, rota, de su verdad. Es un mero aspecto, una cualidad más. Vemos menos que un niño; y mucho peor, pensó Frances, mientras miraba a su hija.

Los gritos de los marineros la despertaron de su ensimismamiento. El barco se preparaba para atracar. Ramiro, con ayuda de un par de hombres, empezaba a subir los equipajes a cubierta. En tierra, alguien salió corriendo en busca de un medio de transporte para poder llevar a los recién llegados.

Algunas mujeres arreglaban redes en el puerto. Una de ellas se fijó en la mujer que bajaba en esos momentos del barco, portando un bebé.

Extrañada, se levantó, para ver mejor. Sus compañeras le hicieron bromas por su reacción; pero al seguir su mirada, también ellas dejaron la labor y se pusieron en pie, sin poder creer lo que creían estar viendo.

Algunas mujeres comentaron lo que estaba pasando con los pescadores que andaban por allí, mientras otras se acercaban con tímida cautela al barco recién llegado.

Ramiro observó con sorpresa cómo les iban rodeando poco a poco todos los habitantes del pueblo. Miró a Frances, que en ese momento ponía el pie en el muelle. Frances levantó la mirada, sonrió al pueblo que se había congregado allí, y saludó con una pequeña reverencia.

-¿Doña… Frances? -preguntó la redera que la había visto primero-. ¿Es usted, señora?

Sólo el chapoteo del agua se oía en el puerto, mientras se esperaba la respuesta.

-Así es, buena mujer -confirmó Frances-. Vuelvo a la casa de mi padre.

La redera se abalanzó sobre la mano libre de Frances y, con una rodilla clavada en tierra, la besó con arrebatado cariño y la acarició y se la pasó por la mejilla.

Gritos de júbilo estallaron entre las mujeres y los hombres hicieron volar sus sombreros de paja.

-Señora, no sabe lo feliz que va a hacer a su padre, señora… -decía la redera, medio ahogada entre sollozos de alegría-. Qué feliz va a ser el señor, su padre, qué feliz…

Frances intentaba contener su emoción sin demasiado éxito. Finalmente, la redera, haciendo un evidente esfuerzo de autocontrol, se volvió a poner en pie. Todo el pueblo volvió a quedar en silencio.

-Bienvenida a casa, señora -dijo la redera, mientras volvía a clavar la rodilla en tierra, ahora de forma apropiada-. Que Dios bendiga a la Casa de Rilo.

La tierra y el mar parecieron temblar, al arrodillarse el pueblo entero que estaba allí presente. Y un soplo de nordeste bravo pareció agitarlo todo, cuando repitieron al unísono: Que Dios bendiga a la Casa de Rilo.

Ramiro lloraba sobrepasado por la escena; y por el temor de tener que presentarse, deshonesto y ruin como era, ante hombres capaces de provocar tal devoción.

LA FIESTA DE LA CÓPULA

-Es un ejemplar magnífico, Excelencia -dijo la mujer, con cierta coquetería-. ¿Puedo…?

-Por supuesto -respondió el Principal de Masalia Nova.

La mujer se aproximó y deslizó con los dedos los tirantes del suave vestido blanco, dejando a la vista un perfecto pecho blanco. Los dedos descendieron acariciando la piel, mientras la mujer fijaba la mirada en los ojos de la joven, que permanecía perdida en un lugar muy lejano. La piel se arrugó y la mujer retiró los dedos, al tiempo que su boca se abría ligeramente.

-Es deliciosa… -comentó, mientras devolvía el tirante a su sitio-. ¿Le debo algo, Excelencia, por este diminuto placer?

El Principal rió y negó con la cabeza.

-Quizá dentro de un tiempo se la pueda ofrecer -comentó-, por un precio razonable.

-No me imagino lo que ha podido pagar por una Vestal constantina… -comentó el hombre que acompañaba a la mujer.

-Nada es suficiente para la Fiesta de la Cópula -dijo el Principal, sonriendo-. Que los Dioses nos sean propicios por estos delicados sacrificios.

-Las crías que tenga con su semental sí que tendrán un precio inimaginable -comentó un tercer hombre, que se había acercado a ellos mientras comía aceitunas.

El Principal sonrió sin entusiasmo al recién llegado e hizo las presentaciones.

-Jean-Luc, te presento al matrimonio Ronsard; creo que eres muy aficionado a su vino.

-Oh, por supuesto -dijo, aparentando sorpresa-. No me extraña que sus caldos tengan ese sabor, si el origen de todo es tal belleza.

El matrimonio agradeció el halago con una sonrisa.

-¿Es usted Jean-Luc Caretti? -preguntó el señor Ronsard.

-Eso me temo -respondió, besando la mano del hombre, que lo miró con embeleso.

El sol se acercaba al ocaso en el horizonte. Una suave brisa refrescaba el ambiente en el templo de If, construido sobre los restos del antiguo castillo. En ese momento apareció el semental del Principal, escoltado por cuatro jóvenes, dos mujeres y dos hombres, de extraordinaria belleza, todos ataviados con túnicas muy cortas de color azul celeste. Una de las parejas, mujer y hombre, se acercó a buscar a la Vestal y la llevaron hasta el lecho que había sido dispuesto en medio del templo.

-¿Cuántos años tiene? -preguntó la señora Ronsard.

-Quince -contestó el Principal-. Creo que es sin duda la mejor edad para empezar a criar.

-Estoy de acuerdo -dijo el señor Ronsard, mientras le daba un trago a su copa de vino, sin apartar la vista de la escena que se estaba desarrollando.

Todos los invitados se acercaron al lecho, mientras las dos parejas de jóvenes desnudaban al semental y a la Vestal.

Al verse completamente desnuda, la muchacha no pudo evitar que se le escapara un sollozo.

-Los Dioses nos perdonen -murmuró el Principal, haciendo un gesto a la pareja que se ocupaba de la Vestal. El joven de ébano empezó a acariciar a la muchacha, mientras la joven de ojos rasgados se arrodillaba entre sus piernas.

-Mal augurio, Excelencia -comentó Jean-Luc, con cierta sorna-. Quizá tenga que ver con lo que ocurre al norte. Preguntémosle a nuestro filósofo -dijo, mientras saludaba a otro recién llegado-. Señores Ronsard, les presento a Gustavo, consejero de la corte del Principal de Masalia Nova, encargado de la educación de los hijos de su Excelencia.

Se hicieron los saludos de rigor; aunque el filósofo era incapaz de apartar su mirada del lecho, donde la Vestal había sido tumbada, mientras el sol empezaba a introducirse en el océano.

-¿Cree usted que la Unión de Repúblicas puede ser un peligro para nuestra próspera comunidad, Gustavo? -preguntó Jean-Luc, con tono burlón.

-Ya lo está siendo -respondió el filósofo, que seguía observando con la boca abierta los armónicos movimientos del semental-. Las fugas de esclavos se han multiplicado. Las revueltas en las fábricas y plantaciones son más frecuentes. Es una verdad histórica incuestionable que no hay régimen político más potente económica y militarmente que la democracia de mercado con una libertad completa de costumbres; que sea sostenible a largo plazo, sobre todo para la vida en el planeta, es otro tema; pero a corto-medio plazo, resulta invencible.

Jean-Luc se había acercado al señor Ronsard y comenzaba a acariciar la trabajada forma de sus tríceps, ante la pícara mirada de la señora Ronsard.

-¿Y qué sugiere usted que podemos hacer, mi querido Gustavo, para evitar este peligro que viene del norte? -preguntó Jean-Luc, mientras acercaba sus dedos a los labios de la señora Ronsard.

-Guerra total, antes de que la Unión de Repúblicas se haga más fuerte -dijo el filósofo, mientras se empezaban a escuchar los gemidos de la Vestal y los señores Ronsard desnudaban a Jean-Luc y docenas de grupos se formaban alrededor del lecho y el ritmo pausado de los músicos que tocaban en un lateral del templo se acompasaba con el oleaje tranquilo de la marea del atardecer.

Y en medio de la Fiesta de la Cópula, sólo el Principal de Masalia Nova permanecía vestido, con el rostro tenso y un poco angustiado.

 

PATRICIA

-…el proceso de formación de las Casas se había iniciado años antes del Gran Colapso (o Caída, como es conocida entre ellos); algunos radicales católicos habían empezado proyectos de vida rural para abandonar las que ellos consideraban decadentes metrópolis de los mega-estados y poder vivir existencias acordes con sus criterios religiosos; estos lugares, una vez hundida en el caos la sociedad mundial, resultaron ser refugios adecuados para sobrevivir a aquellos terribles años. El modelo, debido a su éxito, fue copiado en muchos más lugares. En las décadas de violencia desatada que continuaron, el modelo fue mutando hacia un régimen de neo-feudalismo, adecuado para las necesidades de supervivencia militar de estas poblaciones cristianas. Por otro lado, el asesinato de Francisco VII, el último Papa católico, y la destrucción del Vaticano y de todas las estructuras tradicionales de la Iglesia Católica forzaron el advenimiento de una unidad distinta, necesariamente menos centralizada, pero que mantuvo una extraordinaria cohesión entre los sacerdotes y teólogos habitantes de las Casas, sentimiento de unidad provocado por el constante enfrentamiento con enemigos exteriores.

El profesor hizo una pausa y dio unos pasos en silencio, mientras su mirada bajaba hasta la tarima de madera sobre la que daba su lección.

-¿El catolicismo no sobrevivió fuera de las Casas? -preguntó una alumna con el pelo rapado y un complicado tatuaje que le ocupaba casi toda la cabeza.

-Por supuesto que lo hizo. Los katejónicos, por ejemplo, son herederos directos de aquellos católicos que fueron capaces de sobrevivir dentro de las metrópolis -respondió el profesor-. Pero, mientras los católicos de las Casas no han tenido especial interés en recuperar la figura de un Papa que simbolice la unidad de todos los creyentes, los katejónicos han desarrollado todo un pensamiento teórico y práctico en orden a la recuperación de dicha figura.

Un alumno que lucía camiseta negra con contundentes consignas políticas levantó la mano y pidió la palabra. El profesor le hizo un gesto para que hablase, mientras observaba la lluvia que caía en el exterior.

-Disculpe, profesor, pero me sorprende que no esté realizando ningún análisis crítico de las supersticiones de los habitantes de las Casas.

El profesor fijó la mirada en el alumno.

-Señor Maurette, ustedes vienen a esta Facultad a aprender Historia; esos análisis que me pide los podrán llevar a cabo ustedes mismos cuando tengan los conocimientos suficientes para ello. Y, en ese momento, no tendrán necesidad de mi persona. Les bastará con sus propios criterios y su capacidad de raciocinio.

El alumno se puso en pie, apoyó la mano izquierda sobre la cadera y se dispuso a contestar, acompañando sus frases con movimientos giratorios de su mano derecha.

-Teniendo en cuenta la actual situación, en la que la Unión se encuentra bajo la grave amenaza de la Casa de Penn Ar Bed, considero que es obligación de un ciudadano responsable, sobre todo si ocupa el puesto de profesor de la universidad pública, explicar a sus alumnos las razones por las que nuestra organización política es más justa que la de los súbditos de las Casas, cuando está explicando la historia de éstas.

El profesor miró al suelo, mientras dejaba escapar una sonrisa cansada.

-Nuestra organización política se mostrará superior, en primer lugar, si es capaz de permitir en su seno que los conocimientos y saberes se desarrollen estrictamente en base a la búsqueda de la verdad del objeto que persiguen: en este caso, la Historia -respondió el profesor-. Lo que usted y yo defendamos políticamente es de nulo interés para la verdad histórica.

-¿Me está diciendo que es posible ser historiador sin ningún tipo de sesgo ideológico? -replicó el alumno, con una mueca burlona.

-No, no es posible -admitió el profesor-. Pero es obligado intentarlo. Siempre -su mirada volvió a perderse en la lluvia de fuera-. Quizá lo mejor del estudio de la Historia sea precisamente eso: llegar a ser consciente de los propios prejuicios.

El alumno volvió a sentarse, haciendo gestos de desacuerdo a sus compañeros más cercanos. Sonó el aviso del final de la clase.

El aula se fue vaciando, mientras el profesor recogía sus libros y apuntes. Los alumnos conversaban sobre lo escuchado o sobre las posibilidades que traía la noche.

-Esa pretensión de imparcialidad es sospechosa… -dijo el señor Maurette a un grupo de compañeros, mientras salían a los pasillos-. Seguro que es un criptocristiano.

-Estás obsesionado, Armand. Ves cristianos por todas partes -le respondió una chica mulata de pelo rizado rubio y melancólicos ojos azules.

-Los veo al otro lado de la frontera y no están nada escondidos, Patricia -replicó Armand-. Y nuestro gobierno lo único que hace es contemporizar…

Todo el grupo miró a la chica.

-Yo creo que el profesor te ha puesto en tu sitio, Armand. No viene a cuento pedirle a un profesor de Historia que dé un discurso político. Eso le corresponde a gente como tú -respondió Patricia.

-O como tu madre -dijo Armand, con una mueca que no llegaba a ser sonrisa.

-O como mi madre -admitió Patricia, que se puso a buscar algo en su mochila.

-Vale -insistió Armand, mientras el grupo se quedaba de pie en medio del pasillo, atento a la discusión-. Entonces supongo que es tontería mía preocuparme por tener a nuestras puertas un régimen político en el que el aborto está prohibido, la homosexualidad está prohibida e incluso está prohibida la libertad de movimientos. ¿Cuántos casos conocemos de mujeres feudales que han sido violadas y que se han visto obligadas a arriesgar sus vidas para cruzar la frontera y poder abortar aquí? ¿Cuántos homosexuales y lesbianas han tenido que hacer lo mismo? Habría que atrapar al fanático Auguste y cortarle la cabeza en la plaza de la Unión… -terminó Armand, indignado.

-Hay que reconocer que todas esas prohibiciones de las Casas le vienen bastante bien a nuestra demografía, que sería un auténtico desastre de no ser por ese aporte de fugitivos -dijo Patricia-. Un desastre provocado, entre otras cosas, por el aborto libre.

-¿Estás a favor de prohibir el aborto? -preguntó con sorpresa otra compañera.

-Sólo digo que es problemático para un estado cimentado en la producción y consumo de masas que no existan masas -respondió Patricia, con gesto aburrido-. Así que nos viene muy bien que la Casa de Penn Ar Bed sea tan exigente con sus súbditos. No tanto por los homosexuales y lesbianas, que no suelen reproducirse demasiado -a algunos compañeros se les escapó una sonrisa que lograron controlar a tiempo-. Pero sí por todos esos cristianos que cruzan la frontera con la intención de criar grandes familias libres; lo cual, como sociedad, nos viene bastante mejor que esta generación a la que pertenecemos que apenas cree en el compromiso, se pierde en un hedonismo ridículo y que sólo parece querer llegar a los sesenta años para poder pedir la eutanasia pública que les libre de tener que soportar una aburridísima vejez en soledad.

Armand dejó escapar un bufido. El resto de compañeros se miraba entre sí.

-A los periodistas les encantaría saber que la hija de la Primera Magistrada tiene esas opiniones políticas… -dijo Armand.

Patricia se colocó la mochila nuevamente a la espalda y se alejó del grupo, sola, perdiéndose en el barullo de los pasillos.

JEANNE DE RILO

Jeanne despertó sobresaltada. Se quedó sentada en la cama, recuperando el resuello, esperando a que su corazón se tranquilizase.

Miró por la ventana que quedaba a la izquierda de su cama. La aurora empezaba a avisar de la llegada de un nuevo día.

Se levantó, recogió sus rizos castaños en una coleta y se acercó al reclinatorio situado en una de las esquinas de la habitación. Se arrodilló, se persignó y juntó las manos para rezar, clavando la mirada en el crucifijo que tenía ante ella. Tras esta primera plegaria, abrió un pequeño libro de oraciones que tenía sobre el reclinatorio; la página estaba marcada por un pequeño boceto que había hecho de su hijo, Iván. Lo miró durante unos momentos con rostro tenso. Puso el dibujo delante de ella, sobre el atril del reclinatorio. Justo debajo del dibujo colocó el devocionario y comenzó a rezar una de las oraciones.

La habitación de madera se iba definiendo lentamente. Diversos enseres tomaban forma: estanterías repletas de libros, una mesa con un espejo donde reposaban un aguamanil y una jofaina bellamente decorados, un armario de tres puertas, varios cuadros que ocupaban buena parte de las paredes…

Cuando Jeanne terminó sus oraciones, la habitación ya estaba completamente iluminada. Devolvió con delicadeza la imagen de su hijo a las páginas del devocionario y se puso de pie. Caminó lentamente hasta el centro de la habitación, con la mirada baja, perdida en sus pensamientos. Levantó la cabeza y miró el océano a través de la ventana. El mar parecía en calma y no había apenas nubes en el cielo. No sentía frío ni calor. Era un día más de otoño.

Cuando bajó a la gran sala, ya había un atareado trasiego de siervos y familiares. Se acercó a saludar a varios de sus sobrinos que desayunaban juntos en una de las mesas. Todos le devolvieron el saludo con alegría. Jeanne sonrió; adoraba a los niños. Adoraba vivir en una gran casa repleta de niños. Probablemente, ella era la tía favorita de buena parte de la chiquillería; les encantaba leerles cuentos, enseñarles a dibujar, jugar con ellos al escondite y buscarlos en los mil recovecos de la enorme casa. Sobre todo tras la marcha de Iván.

Como en tantas otras ocasiones, se sentó a desayunar con los pequeños. Decidió hacerlo junto a Jon, el hijo de su hermano Joan, que llevaba varios días apesadumbrado, tras la trifulca que se había montado por su zancadilla a Brais. Abrazó al chaval, le dio un sonoro beso en la mejilla y empezó a servirse lo que iba a desayunar. A base de preguntas, consiguió sacar a Jon de su retraimiento. Cuando el desayuno había terminado, Jon ya sonreía como solía.

-¿Dónde está tu padre? -le preguntó su tía, al levantarse de la mesa.

-En las cuadras, me parece -respondió el muchacho.

Jeanne besó otra vez a su sobrino, se despidió de los otros niños y se dirigió sonriente hacia la puerta principal. Todos los sirvientes saludaban con reverencias el paso de Jeanne, pues era uno de los miembros de la Casa más queridos por los vasallos, que reconocían en ella la misma capacidad de entrega a los demás de la que siempre había hecho gala su padre. Era incontable el número de ocasiones en que les había dado pruebas de su bondad, en casi todas sus formas. Se ocupaba, además, de dar clases de varias lenguas en la escuela superior, donde estudiaban los hijos más talentosos de los vasallos de la Casa de Rilo. Disfrutaba enseñando las lenguas que mejor conocía: latín, griego, francés y ruso. Algunos de sus alumnos, ya adultos y entregados a la responsabilidad de capitanear barcos, criar caballos o dirigir plantaciones, le pedían, al verla pasear por los caminos de Rilo a lomos de su yegua favorita, que se acercase a tomar algo en sus casas y compartir con sus familias la lectura en voz alta de poemas de Horacio, Baudelaire o Pushkin, o a declamar cantos de la Ilíada o la Odisea; ofrecimientos que agradecía y solía aceptar con el mayor de los gustos.

Al llegar a las cuadras, le dijeron que su hermano estaba al final del largo edificio, en compañía de su madre. Jeanne tardó bastante en llegar hasta ellos, pues se iba deteniendo para saludar y acariciar a muchos caballos, cuyos nombres conocía casi en su totalidad. Se detuvo un buen rato con Aglaya, su yegua favorita, que había traído con ella tras su estadía en Rusia. El animal resopló contento al ver aparecer a su dueña, aunque pareció quedar un poco decepcionado al ver que se volvía a marchar sin el acostumbrado paseo por los acantilados.

Jeanne vio a su hermano al fondo, inconfundible por su pelo tan corto, en abierto contraste con las largas cabelleras que solían lucir los hombres de la Casa de Rilo. Parecía serio, escuchando lo que le decía Aliénor, que hablaba con enfado contenido. Jeanne prefirió esperar a que terminasen la conversación, así que se acercó a otro caballo, mientras vigilaba de reojo lo que hacían su madre y su hermano.

Finalmente, Aliénor se despidió de su hijo con un beso y se dirigió hacia la puerta contraria a aquella por la que había entrado Jeanne. Ésta se acercó entonces y abrazó a su hermano por la espalda.

Joan se sorprendió, pero enseguida reaccionó apretujando a su hermana pequeña y dándole muchos besos en la frente y en las mejillas. A Jeanne le encantaban los mimos de los suyos y se dejó hacer.

-Justo acaba de irse madre hace un momento -dijo Joan.

-Lo sé -reconoció su hermana-. No quise acercarme antes, para que terminaseis de hablar tranquilamente.

Joan sonrió, pero su atención se dirigió casi de inmediato a un vasallo que acababa de entrar en las cuadras. Comenzó a hablar con él, seco, pidiendo explicaciones sobre el retraso en el cumplimiento de cierta tarea. El vasallo pidió disculpas, pero el tono de Joan se agriaba cada vez más. El vasallo acabó yéndose por donde había venido, con la cabeza baja.

Jeanne se acercó a su hermano y tocó con sus dedos su mano derecha. Joan apartó la mano.

-Si alguna vez he tenido alguna autoridad sobre nuestros vasallos, padre me la acabó de quitar toda el día que me golpeó en público -dijo Joan, con la mirada baja-. Nunca podré ser el señor de esta Casa.

-¿Has hablado con él? -preguntó Jeanne.

-No antes de que se disculpe -respondió Joan-. Madre está de acuerdo conmigo.

Jeanne apoyó la cara en el brazo de su hermano y apretó su mano.

-Perdónale tú antes, Joan, te lo ruego -pidió su hermana-. Habla con él. Hazlo por mí, si me quieres algo.

Joan miró a su hermana con ternura.

-Sabes que te adoro -dijo-. Pero el vaso ya rebosa. Nada de lo que he hecho ha sido nunca suficiente para él. He soportado responsabilidades que no me correspondían y nunca lo ha tenido en cuenta. Nada de lo que pueda llegar a hacer sería capaz de compararse a la alegría que le produciría que mañana Frances apareciera por la puerta…

-No puedes echarle en cara eso, Joan. Todos estamos tristes por la ausencia de Frances. Cuánto más él, siendo su padre -replicó Jeanne, tirando dulcemente de su mano.

-…y nunca hace caso de mis avisos con respecto a la situación de nuestros vasallos -continuó Joan, que ya no parecía escuchar a su hermana-. Es cierto que no perdemos tanta población como otras Casas, pero la perdemos. Nos debilitamos. Y padre sigue siendo demasiado blando con ellos. Algún día estaremos en la misma situación que el abuelo Auguste y no habremos hecho nada para evitarlo…

-Yo tampoco creo que la solución del abuelo sea la más adecuada, Joan -confesó Jeanne.

Joan se apartó de su hermana.

-Pues alguna habrá que buscar -replicó-. Lo que no podemos hacer es quedarnos de brazos cruzados, esperando que los problemas se resuelvan solos.

Jeanne se sentó en un taburete cercano, mirándose las manos, con cara preocupada.

-No creo que exista el miembro de una Casa que no esté pensando en ello, Joan -dijo su hermana-. Eso también explica que padre esté más… nervioso, últimamente. Pero no creo que sea un problema con una solución fácil, si es que tiene alguna. Su raíz es profunda. Muy profunda.

Joan bufó y puso brazos en jarras. Movió la cabeza nervioso, negando.

-Las Casas, la más bella artesanía civilizatoria jamás creada por el ser humano, desaparecerá de la historia consumida en un inútil, apático y culpable mar de dudas -dijo Joan, con vehemencia-. Sinceramente, prefiero la actitud del abuelo Auguste. Quizá sea errada, pero al menos está intentando hacer algo.

Jeanne bajó la mirada un momento; pero la volvió a elevar y la clavó en los ojos de su hermano.

-Estoy de acuerdo en que la actitud es importante, hermano. Empezando por la diferencia crucial que existe en creer que las Casas son un artefacto humano o un regalo del Cielo.

La cara de Joan se retorció en una mueca de disgusto aburrido.

-Con vuestra piedad quietista lo único que lograremos es volver a ver el mundo sometido a la máquina y a las pasiones más diabólicas.

-Nuestro reino no es de este mundo, Joan.

-Cierto, hermana; pero por nuestras acciones seremos juzgados; y la omisión también es acción. Si no te enfrentas al Mal, le estás ayudando a vencer.

Jeanne cruzó las piernas y se inclinó sobre ellas, como si así fuera más fácil que llegase a oídos de su hermano lo que estaba intentando explicarle.

-De eso precisamente estamos hablando, Joan. En esta situación, ¿qué es el Mal, exactamente? ¿Vale la pena hacer cualquier cosa para salvar las Casas, aún a riesgo de que se transformen en algo completamente distinto a lo que han sido hasta ahora?

-¿No haremos nada, entonces, para evitar su destrucción, por miedo a provocar su corrupción? -Joan gritaba-. ¿Dejaremos que nuestros enemigos nos aplasten, que maten o esclavicen a nuestros hijos, que nos conviertan en cómplices asalariados de la destrucción de todo lo que es bueno y bello en la Creación, sólo para demostrar que somos mejores que ellos? Eso también es el Mal desde mi punto de vista, hermana. Casi peor que el del Mundo.

Joan miró furioso a su hermana durante unos segundos. Con un último gesto de fastidio, se fue de las cuadras sin despedirse.

Jeanne permaneció sentada, con la mirada perdida entre la paja del suelo, atrapada en negros pensamientos. Los pocos vasallos que había alrededor acompañaban en silencio la pesadumbre de su señora, mientras trataban de continuar con sus tareas.

 

THE FLYING INN

-Los días de la Caída quedan ya lejanos y parece que el progreso llega a todas partes… -comentó Lope, mientras miraba con rostro serio por la ventanilla trasera-. ¿Quién pensaría hace unos años que una horda de escombreros iba a tener esa cantidad de vehículos?

Abraham conducía todo lo rápido que podía a través de avejentadas carreteras de montaña.

-Podríamos estar ya mojando el culo en una playita del Egeo, si a San Abraham de Todos los Tontos no le hubiese dado por recitar una oración fúnebre delante de cada uno de los tipos que nos cargamos -comentó José, agarrándose como podía a su asiento en el giro de la curva-. ¿Por los perros también rezaste…? Ya no recuerdo…

-Hubiese enterrado apropiadamente a cada uno de ellos, si no tuviese claro cuáles son las circunstancias de esta misión -respondió Abraham, sin dejar de prestar atención, alternativamente, a la carretera y al retrovisor-. Sé que ya se te olvidó hace tiempo, mientras cazabas caribes para tus clientes esclavistas, pero la vida no es sólo sobrevivir.

-Claro, claro, Abri -dijo, José-. Y para demostrarlo, te has empeñado en conseguir que nos maten a todos. Otro sacrificio para tu dios sediento de sangre idiota.

-Parece que les estamos dejando atrás -dijo Iván, que miraba por la ventanilla trasera, junto a Lope.

Abraham confirmó la noticia, mirando otra vez por el espejo retrovisor.

-Saldremos de la carretera principal y tomaremos un desvío, unos kilómetros más adelante -dijo, sin bajar el ritmo de conducción-. A ver si así nos los quitamos de encima definitivamente.

-Oh, un desvío, chachi -comentó José-. Igual cuando lleguemos a Atenas, al iluminador le ha dado tiempo de terminar de copiar la Biblia entera…

-No callarás nunca… -rezongó Abraham.

-Soy tu cruz, Abri -respondió José, sonriendo-. Quiéreme mucho. Abrázame. Irás al Cielo gracias a mí.

Iván no pudo evitar sonreír; pero al mirar a Lope, y ver la seriedad de su rostro, dejó de hacerlo.

Una hora más tarde, Abraham, como había dicho, tomaba un desvío y sacaba la furgoneta de la carretera principal.

-Pasaremos la noche en esas montañas y mañana continuaremos nuestro camino a pie, siguiendo la línea de costa hacia el sur -dijo Abraham.

-“Esas montañas” son el monte Olimpo -comentó divertido José.

-¿En serio? -preguntó Iván, abalanzándose hacia la parte delantera de la furgoneta para mirar por el parabrisas.

Los cuatro miraron hacia las montañas que se acercaban. Unas nubes parecían haberse quedado enganchadas en los picos más altos. Iván sonreía como un niño.

Tras ascender un par de kilómetros por la carretera que llevaba hacia las cumbres, Abraham salió de la calzada y metió la furgoneta por un camino de tierra, que se introducía en un espeso bosque de robles. Decidió aparcar en un espacio situado entre varios árboles, invisible desde la carretera.

-Hoy cenaremos frío -dijo Abraham-. Encender una hoguera sería demasiado arriesgado.

-Casi tanto como rezar por la salvación de las almas de los que te acaban de intentar matar… -dijo José.

Abraham empezó a descargar sin responder nada. Pero José descubrió que Lope le miraba con rostro serio. El encuentro de sus miradas apenas duró; enseguida ambos se pusieron también a preparar la cena.

Todos llevaban provisiones de fiambres variados y carnes curadas. Iván cortaba trozos de queso que repartía a sus compañeros. José, a cambio, le ofreció beber de su botella.

-¿Es ron? -preguntó Iván.

-Bourbon -respondió José.

Iván cogió la botella, agradeciéndoselo a José con un gesto, y le dio un trago. Pareció gustarle.

-Dale otro, no te cortes -insistió José-. ¿Prefieres el ron?

Iván dio el segundo trago y le devolvió la botella a José.

-No, ya sabes… -respondió Iván, con timidez-. No, no te lo diré. Te reirás de mí.

José miró a Iván y sonrió.

-No te preocupes, hijo. Después de ver cómo te manejaste con esos escombreros, no creo que me vuelva a meter contigo.

-Abraham es uno de los mejores guerreros que he conocido -dijo Iván, sonriendo- y no dejas de meterte con él.

-Se lo ha ganado -contestó José, divertido-, por rompehuevos.

Ambos sonrieron. Iván le dio un mordisco a un trozo de queso y José le dio un trago a su botella.

-Pues ya sabes… -dijo Iván, con timidez-. San Gilberto es el patrón de mi Casa… Y aquí estamos, fugitivos, compartiendo queso y… bourbon.

Iván hizo un gesto con una mano, dando a entender que sabía que era una tontería lo que estaba diciendo.

-Como en La Taberna Errante, ¿no? -completó José, sonriendo.

-¡Sí! -exclamó Iván-. ¿Conoces La Taberna Errante?

-Claro. Leía mucho, de joven -la sonrisa de José desapareció, al decir esto.

Iván se quedó callado, mordisqueando otro trozo de queso. Miraba dubitativo a José, que se había perdido en sus pensamientos.

-Hace un rato, Abraham dijo -se decidió Iván- que habías trabajado para los esclavistas.

José afirmó con la cabeza, aunque su mirada seguía perdida.

-Me marché muy joven de mi Casa -explicó-. No sabía nada del Mundo y necesitaba ganarme la vida. Los guerreros de las Casas son muy apreciados como mercenarios. Y así empecé, capturando hombres, mujeres y niños para los esclavistas, en centroeuropa.

-¿Caribes? -preguntó Iván.

José bufó.

-Eso dicen algunas veces sus leyes… -contestó-. La realidad es que nosotros capturábamos todo tipo de hordas, comieran carne humana o no. Nunca vi a ningún jefe parándose a preguntarle a nadie: “Oye, ¿tú te comes a tu vecino o eres vegetariano?” El negocio es el negocio.

Iván se volvió a quedar callado. Mordisqueaba el queso sin apenas darse cuenta de que lo hacía, buceando en sus propios pensamientos.

José se limpió las manos, se levantó y se metió en la furgoneta. Volvió con una bolsa, de la que salía un sonido metálico cuando se movía. Se sentó otra vez junto a Iván y vació el contenido de la bolsa delante de él. Eran cuatro pistolas. Iván dejó de mordisquear el queso. José empezó a examinar las armas, una por una. Al terminar, volvió a coger una de ellas, y la volvió a examinar, con más detenimiento esta vez.

-Ésta -dijo, finalmente, dándosela a Iván-. Para ti. Como primera pistola no está mal.

Iván cogió la pistola como si recibiera entre los brazos a un niño pequeño. Miraba el arma con los ojos muy abiertos y después miraba a José, incapaz de pronunciar palabra.

-No sé qué decir… -balbuceó Iván-. Muchísimas gracias. Me hubiese gustado buscar una antes, pero con todo el barullo, lo olvidé… Muchísimas gracias. Muchísimas gracias…

José sonreía.

-Te la has ganado, muchacho.

Iván seguía dándole vueltas a su pistola, mientras José le daba algunos consejos. Abraham y Lope observaban la escena en silencio, sin dejar de comer.

-¿Por qué te fuiste de tu Casa? -preguntó Iván, sin dejar de admirar su primera arma de fuego.

José no respondió. Cogió un trozo de hierba y lo toqueteó en silencio. Lope miraba hacia el bosque. Abraham masticaba, con la mirada perdida. Iván empezó a sentirse mal por haber hecho aquella pregunta.

El trozo de hierba se rompió en dos mitades entre los dedos de José, cuando un estallido rompió el silencio del bosque. Iván, empujado por una fuerza invisible, cayó sobre su espalda. Una flor encarnada brotó en su pecho.

-¡Nos encontraron! -gritó José, mientras se inclinaba sobre el cuerpo de Iván.

Abraham disparó en dirección al lugar desde donde había llegado el ataque. Lope se disponía a acercarse al herido, pero un par de sombras se abalanzaron sobre él, obligándole a defenderse con furia.

Más sombras surgieron en la noche, rodeando completamente al grupo. Abraham disparaba a discreción, pero tuvo que dejar de hacerlo y buscar refugio, ante la intensidad del fuego enemigo.

José, mientras intentaba taponar la herida de Iván, veía cómo se iban encarnando media docena de sombras a su alrededor, armadas con machetes y hachas.

José se levantó, desenvainó su cuchillo y adoptó postura de defensa, sin fijar la mirada en ningún punto concreto.

-Ave Maria, gratia plena… -comenzó José.

Entre el ruido de los disparos, los golpes de Lope, los gemidos de Iván y los gritos de los escombreros que se abalanzaban sobre José, temblaron el bosque y la noche ante un rugido que parecía provenir del cielo.

Y José creyó escuchar como un batir de alas gigantes.

Y pensó que los ángeles venían a arrebatarle, justo antes de morir, la poca cordura que aún le quedaba.

MARE NOSTRUM

Ramiro se acercó a la cama, tratando de no hacer ruido, y se quedó de pie, con la espalda ligeramente inclinada hacia adelante, contemplando a su hija y a Frances; dormían plácidamente, tras una atareada noche de llantinas y lactancias.

Ramiro acercó una silla y se sentó al lado del lecho, sin dejar de mirarlas. El movimiento del barco se notaba apenas como un suave balanceo. Ramiro empezó a comparar los rostros de madre e hija, pero no era capaz de encontrar demasiadas similitudes. Sólo los ojos, grandes y redondos, parecían repetirse en ambas.

Durante unos instantes, a Ramiro le pareció que su hija estaba demasiado quieta; con cierta intranquilidad, permaneció vigilante, hasta que notó que el pequeño pecho subía y bajaba con normalidad.

Cuando se quiso dar cuenta, Frances se había despertado y le miraba con ternura.

A Ramiro se le escapó una sonrisa, que rápidamente se ensombreció, y desapareció. Se levantó de la silla y salió del camarote.

Frances permaneció en la cama, con la mirada perdida.

Cuando salió a cubierta, Ramiro encontró un cielo casi por completo azul, salvo por alguna que otra pincelada blanca. Las velas, infladas, arrastraban a gran velocidad el mamotreto metálico. Aún era visible la costa africana a babor. Subió al castillo de proa y se apoyó sobre la borda, para descansar la mirada en la inmensidad del mar.

Los marineros seguían con sus quehaceres, sin prestarle demasiada atención. Acababa de amanecer, así que los rayos del sol aún resultaban agradables para los que tenían tareas en cubierta.

Ramiro notó una mano que se posaba suavemente en su espalda. Al darse la vuelta, encontró a Frances, que llevaba la niña pegada al pecho, envuelta en una larga tela. Su cabello suelto bailaba con la brisa marina.

Se miraron fijamente durante unos segundos.

Después, Ramiro devolvió la mirada al mar.

-Mi padre te tratará bien, estoy segura -dijo Frances-. Es un buen hombre, como tú.

La boca de Ramiro se torció, como si estuviese sintiendo un punzante dolor repentino. Negó con la cabeza.

-Sí, sí lo eres… Me lo has demostrado mil veces.

Frances volvió a acercar una mano, pero se detuvo antes de tocar el hombro de Ramiro y la dejó reposar sobre la espalda del bebé.

-Ojalá… -empezó ella.

Pero no salieron más palabras.

Frances volvió al camarote, lentamente, mientras Ramiro seguía buscando algo en el horizonte.

BENEFICIOS Y MERCEDES

La puerta de la celda se abrió. El prisionero alzó la mirada y vio a su señor ante él. Lucía los ropajes con el típico color verde oscuro de la Casa de Penn Ar Bed. En su rostro mulato brillaban dos esmeraldas que miraban fijamente al vasallo, recias, pero serenas. La larga melena, recogida en tres trenzas entrelazadas, y la barba, eran de un blanco casi plateado.

Un sirviente trajo una silla para que su señor tomara asiento. Cuando lo hizo, noble y cautivo quedaron a la misma altura, mirándose a los ojos.

-¿Qué tal te recuperas de tus heridas, Olivier? -preguntó el señor.

-Bien, supongo.

-¿Comes bien?

El prisionero suspiró y bajó la mirada. Se quedó en esa posición durante unos segundos.

-¿Qué quiere de mí, señor? -preguntó, a su vez.

El noble tardó en responder, sin dejar de mirar a su vasallo.

-Una disculpa que me permita perdonarte -dijo, finalmente.

Olivier se quedó mirando a su señor, sin responder.

-¿Por qué quieres abandonar tus tierras, Olivier? -volvió a preguntar-. Las tierras que tu familia ha trabajado durante generaciones, desde antes de la Caída. ¿Acaso te he tratado mal? ¿Tenías algún agravio que reprocharme?

La boca de Olivier se retorció en una mueca cansada, que recordaba vagamente a una sonrisa.

-No, señor. Usted no ha sido malo conmigo.

-¿Entonces? ¿Por qué abandonar la Casa de Penn Ar Bed, justo en este momento, tan delicado para todos?

-Porque quiero que mis hijos crezcan libres. Quiero que ellos mismos se labren su futuro, sin necesidad de atender a los deseos de nadie que se considere superior por el mero hecho de haber nacido en una u otra cuna.

El noble permaneció con la mirada fija en los ojos de su vasallo.

-¿Eso es lo que crees que ocurrirá en una de esas repúblicas libres? ¿Crees que tus hijos no tendrán que cumplir los deseos de nadie que se crea superior, por una u otra razón? Te equivocas, Olivier. Tendrán que obedecer los deseos de sus patronos; o los deseos de sus clientes, si consiguen el dinero suficiente para montar un negocio propio, y quieren vivir de él. Esa libertad abstracta de la que hablas no existe. Sólo existe la libertad de elegir a quién o a qué nos atamos. Y creo que las Casas ofrecen la mejor opción posible en este mundo.

-Señor, esa libertad concreta de la que habla sólo la tiene usted aquí -dijo Olivier-. Nosotros ni siquiera tenemos la opción de elegir. Usted, en su libertad, al parecer ya ha elegido por nosotros. Ha elegido que ésta es la mejor de las vidas posibles para todos. Y nosotros tenemos que ser niños obedientes, que asuman las consecuencias de su decisión, la suya. Pero yo no quiero vivir como un niño toda la vida. Quiero ser libre, porque quiero ser responsable de lo que me ocurra. Aunque sea para soportar las consecuencias de mis errores. Y quiero lo mismo para mis hijos.

-¿Incluso si la consecuencia es no tener qué dar de comer a tus hijos? ¿Ni un techo bajo el que cobijarlos?

-Incluso en ese caso -respondió el preso, mirando a los ojos a su señor.

El noble permaneció callado durante unos momentos.

-Tu deseo pone en riesgo todo lo que somos, Olivier. Debilitas a la Casa de Penn Ar Bed por una fantasía de libertad.

Olivier bajó la mirada. El señor dirigió la suya a una de las paredes de la celda y se quedó así durante un rato. Cogiendo aire, se inclinó hacia adelante y apoyó los codos en las rodillas para seguir hablando.

-¿Soy un mal señor, Olivier?

-Supongo que no, señor -dijo el vasallo, con la mirada baja-. Nuestro padre, sin embargo…

El noble volvió a apoyar la espalda en la silla. Una sombra había cubierto su rostro. Su mirada volvía a huir hacia las paredes.

-Pero ni siquiera a nuestro padre se le ocurrió prohibirnos el exilio -dijo Olivier, mirando a su señor a los ojos.

-Mi… antecesor -dijo el noble, bajando la mirada- apenas tuvo tiempo de entender el nuevo estado de cosas. Soy yo el que tiene que enfrentarse a un estado industrial y ateo justo a la puerta de su casa. Y mis siervos no hacen otra cosa que abandonar el barco que protegió a sus familias durante siglos. Se apresuran inconscientes a ayudar a que la historia se repita. A que se produzca una nueva Caída.

Olivier bajó la mirada.

-No lo permitiré, con la ayuda de Dios -dijo el señor, marcando cada palabra-. Y no puedo entender que arriesgues el bienestar de los tuyos. Recapacita y serás perdonado, tras un leve castigo. Esta lucha es más grande que tú y yo, Olivier.

El vasallo permaneció callado. Su señor se levantó de la silla.

-…pues en mitad de aquellos banquetes sazonados y de aquellas bebidas de nieve -Olivier empezó a declamar de memoria- me parecía a mí que estaba metido entre las estrecheces de la hambre, porque no lo gozaba con la libertad que lo gozara si fueran míos, que las obligaciones de las recompensas de los beneficios y mercedes recibidas son ataduras que no dejan campear el ánimo libre.

El señor reconoció la cita y su rostro se ensombreció.

Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo cielo… -remató Olivier.

Señor y vasallo se miraron por un momento.

-¿Qué harás con los míos, Auguste? -preguntó Olivier, con la voz trémula.

El señor bajó la cabeza.

-Ya lo sabes, Olivier -dijo, casi en un susurro-. Tras tu ejecución, los venderé como esclavos.

El vasallo empezó a llorar. Sin poder evitarlo, las lágrimas empaparon completamente sus mejillas. Sus sollozos pronto se convirtieron en un hipo histérico. Sepultó el rostro entre las manos, pero todo su cuerpo parecía agitarse sin control.

El señor, apartando la mirada, golpeó la puerta de la celda con los nudillos.

Cuando la puerta se volvió a cerrar y el vasallo se encontró nuevamente solo, se acostó de lado en su jergón, sin dejar de llorar. Doblado sobre sí mismo, como un feto en el vientre de su madre.

LA UNIÓN

El hemiciclo rugía como una tormenta de verano.

En el estrado, un hombre pequeño y calvo de piel oscura, vistiendo toga blanca al estilo romano, agitaba en el aire unos papeles doblados.

-¡He aquí las pruebas! -gritaba, tratando de hacerse oír en el barullo reinante-. ¡He aquí las pruebas de la insidia de los feudales!

La tensión se elevaba: se crispaban las discusiones, se lanzaban amenazas, empezaban los empujones.

El presidente trataba de poner orden, sin éxito. El hombre en el estrado trató de calmar los ánimos, elevando ambos brazos y pidiendo silencio para poder seguir hablando.

-Excelentísimos miembros del MetaParlamento: la Unión de Repúblicas no puede permitir que al otro lado de su frontera se trate a seres humanos peor que a esclavos -el griterío volvió a elevarse-. ¡Sí, peor que a esclavos, señorías! Porque estos hombres y mujeres ni siquiera tienen derecho a llamar a las cosas por su nombre, insistiendo sus amos teocráticos en llamarles hombres libres, cuando ni siquiera tienen derecho a moverse libremente por el mundo en el que han nacido. ¡Cuando ni siquiera tienen derecho a poder intentar tener una vida mejor en otro sitio!

Una buena parte de la cámara se puso en pie y aplaudió con entusiasmo. El hombre pequeño abandonó el estrado con cara de satisfacción, siendo recibido con gran efusividad por sus compañeros de escaño.

En el mismo centro del hemiciclo, rodeada por todos los miembros de la cámara, una mujer se sentaba en una silla de madera ricamente trabajada. También estaba vestida con toga, pero la suya era completamente roja. Permanecía seria y callada. Miró al presidente de la cámara y le hizo un gesto sutil.

-Señorías, la Primera Magistrada de la Unión pide la palabra -voceó el presidente.

Docenas de susurros y comentarios se extendieron por el recinto. La mujer se dirigió lentamente hacia el estrado, concentrada en su propio pensamiento. Pero su rostro anguloso pareció afilarse aún más al dirigir la primera mirada al público.

-Señorías -comenzó- quiero agradecer al portavoz de la Facción Ultralibre que haya puesto sobre la mesa el tema fundamental sobre el que debería centrarse toda nuestra atención.

El hombre pequeño enarcó una ceja y sonrió con sorna.

-La Unión de Repúblicas del Loira es un pequeño punto de luz en medio de la más negra oscuridad -prosiguió la Primera Magistrada-. Nuestra condición de ciudadanos libres es una excepción gloriosa en medio de un mundo poblado de esclavistas y feudales -la cámara aplaudió-. Gloriosa; pero aún débil, señorías. Nuestros enemigos son poderosos y no soportan nuestro progresivo fortalecimiento. La Revolución está a punto de cumplir 25 años y no dejamos de crecer. Más y más ciudades se unen a nuestra confederación. El futuro nos pertenece -más aplausos-. Pero para llegar a ser capaces de disfrutarlo tenemos que ser inteligentes y dotarnos de las herramientas necesarias para lograr nuestros honorables objetivos. Evidentemente, es terrible la situación en la que se encuentran los siervos del tirano Auguste. Y no fue poca cosa obligarle a aceptar el Edicto de Libertad, para que cada hombre que cruce nuestras fronteras sea automáticamente reconocido como ciudadano de la Unión, libre para siempre de supersticiosas cadenas feudales -el hemiciclo estalló en una ovación; el rostro de la Primera Magistrada cambió, mostrando algo parecido al enfado-. Pero lo que tampoco podemos permitir, en estos momentos, señorías, es que algunas personas se permitan el lujo de financiar las actividades de grupos violentos, que penetran en territorio de la Casa de Penn Ar Bed y tratan de liberar por la fuerza a los siervos. ¡Nos ponen, a todos, en riesgo de iniciar un conflicto para el que aún no estamos preparados!

El ruido de la cámara se hizo ensordecedor. Los empujones y amenazas entre parlamentarios se multiplicaron.

-El ciudadano Weba -continuó- nos ha contado los terribles hechos que han llevado a la tortura y asesinato de varios conciudadanos de la Unión. Torturados y asesinados por la libertad, fundamento de nuestro régimen político. No deshonraremos su memoria; pero tampoco alabaremos sus acciones, pues han cometido el error de la precipitación -el escándalo volvió a desatarse en los escaños-. La Unión no puede verse arrastrada a una guerra, sin tener antes los medios necesarios para actuar eficazmente en ella. ¡Con sus prisas infantiles, retrasan la llegada de la libertad a aquéllos sometidos a falsos dioses de amor!

La facción de la Primera Magistrada se puso en pie en su totalidad y aplaudió con fervor.

-Hace tiempo ya que esta Primera Magistrada viene pidiendo al MetaParlamento que apruebe una ampliación de sus funciones, para que pueda ser el auténtico mascarón de proa de esta bella, y única, civilización de la razón y la libertad. Para ser el auténtico terror de todos los tiranos, feudales o esclavistas. ¡Para ser la verdadera pesadilla de la Casa de Penn Ar Bed, del Principal de Masalia Nova o de cualquiera otra de las múltiples dictaduras que ahora mismo asolan el planeta!

Las bancadas comenzaron a corear el nombre de la Primera Magistrada.

-Denme la posibilidad de hacernos más fuertes -concluyó, mirando fijamente al señor Weba.

Y el portavoz de la Facción Ultraliberal volvió a sonreír con sorna.

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