El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

EL ASUNTO

El asunto no es tener la razón, sino tener la verdad.

Pero es ésta diosa esquiva y tramposa. La cree uno sentada en el trono evidente de un palacio, pero es más fácil toparse con ella en el tapete verde de un casino clandestino.

Le apasiona presentarse a modo de legión y nada se saca de ella si no es amenazando acantilado; se esconde entonces en cualquier bestia y reclama sacrificio para su rendición.

La luz de las rutinas -artesanías de la voluntad ordenando trocitos de mundo- le atrae como a insecto nocturno. Pero tiene modales de flor y se cansa pronto de la propia carne de su belleza; es por lo tanto su capricho mustiar las macetas donde crees haberla cultivado.

Quizá, porque el asunto, en realidad, tampoco es tener la verdad.
Mas dejarse abierto a la posibilidad de que la verdad te tenga.

“Pausa nº 0120”, de Taeil Kim.

TODO LO QUE HASTA AHORA ME HA REGALAO

Gracias, don Antón, por el calibre de belleza que es usted capaz de movilizar.

SEGUIRÁN CONTEMPLANDO EL HORIZONTE

El 3 de agosto de 2016, agotado de derrotas, me fui andando al fin del mundo. Y allí encontré algo que ya había visto: vacas en un acantilado.

Lo había visto en uno de sus dibujos, aquel del que nació el nombre de este blog.

Huía de ella y a ella encontré.

El 28 de septiembre, pocos días después de cumplir treinta y nueve años, nos volvimos a ver en el despacho del abogado que iba a llevar nuestro divorcio. Le enseñé las fotos de aquella jornada.

Y aún recuerdo su cara al ver aquellas vacas junto al fin. Mi diario habla de la intensidad de nuestras miradas aquel día.

¿Por qué muere el amor?

Por exigir sin dar. Que es lo contrario del amor. Que da sin exigir.

Pero ella tiene razón: las vacas seguirán contemplando el horizonte.

Sin acabar de entender. O entendiéndolo todo, quién sabe.

Y allí, con ellas, los dos.

Para siempre.

BONUM EST NOS HIC ESSE

…y he ahí la importancia de que los niños lean El Señor de los Anillos para su formación como católicos…

Cuando terminó la homilía tuve que contener las ganas de aplaudir, igual que durante la misma tuve que contener alguna que otra carcajada. Las múltiples sonrisas las dejé revolotear ocultas en mi máscara negra.

Resultó que la misa de esa hora la oficiaba Gabriel. Así que allí estábamos, como en los viejos tiempos: Alejandro sentado justo detrás de mí, Cesareo un poco más adelante, y Gabriel elevando la sangre de Cristo a los cielos de la iglesia.

Y hoy, mira por dónde, tocaba leer sobre el monte Tabor. Y me sentí bien en aquella tienda que habíamos vuelto a levantar, tantos años después. Tantas caídas después. Tanta lejanía después.

Pero las palabras que más me impactaron del sermón de mi amigo no me hicieron reír, sino que me resultaron de una potencia deslumbrante:

estar en el cielo no es estar bien: es estar en gracia. Cuando uno está en gracia, está en el cielo, incluso en este mundo. Se sienta uno bien o se sienta uno mal, esto es secundario. El cielo es estar en gracia.

Y así es. Camina tranquilo e impasible el creyente agraciado, lluevan flores o balas a su alrededor.

UNA HISTORIA DE AMOR

Es una historia de amor.

Callar y atender inerte al suceso que acontece. La boca del sacerdote que pronuncia palabras mudas.

Recuerdo esas misas en las que sólo estábamos presentes Gabriel, Alejandro y yo, en aquellos altares laterales. Gabriel oficiaba, Alejandro acolitaba, yo observaba. Pequeños, ocultos, confabulados en el rito milenario; en su eternidad. En el mundo, fuera del mundo.

Probablemente, nunca he sido mejor.

Artesanía de la adoración y el agradecimiento, es a ella a quien he echado de menos. Es ella la que me ha llamado, a través del ruido. Es ella a la que ofrezco contento y sosegado mis rodillas y mis cicatrices.

Mesa donde se sirve Dios recién hecho, bello ritual de la misteriosa verdad primera.

El sutil bocado del origen de todo.

DISCERNIMIENTO

El día era azul como si las tempestades del mundo nunca hubiesen existido. El guerrero descansaba sentado, la espalda apoyada en la base de la torre. Su caballo pastaba la hierba fresca de los alrededores.

Aburrido, pensaba en la belleza de las mujeres. De algunas. Cierto recuerdo forzó una sonrisa fugaz.

Se oyó ruido en la cerradura de la puerta de la torre. El guerrero giró la cabeza lo justo para ver si salía alguien.

Salió el eremita. El sol relucía en su cabeza completamente calva. Se desperezó con un gruñido de satisfacción y miró alrededor.

Vio al guerrero, que le miraba a él.

-Mmm, sigues ahí… -comentó, mientras se acercaba con los brazos en jarras.

El guerrero asintió con la cabeza, sin levantarse.

-¿Sigues queriendo entrar? -preguntó el eremita.

-Sí.

El eremita se rascó la cruz de San Gilberto que llevaba tatuada en la frente.

-Pues no va a ser hoy -dijo, volviendo a poner la mano en un costado.

El guerrero hizo un gesto de resignación, sin dejar de mirar al eremita.

-¿Tienes hambre? -volvió a preguntar.

El guerrero asintió nuevamente, en silencio. El eremita entró en la torre. No tardó en volver a salir, con un trozo de pan y un vaso.

-Vino -dijo, ofreciéndoselo sonriente.

El guerrero estiró ambos brazos para coger lo que se le daba, con un gesto de agradecimiento.

El eremita se sentó a su lado, apoyando también la espalda sobre las enormes piedras de la torre.

-Dicen que hay guerra otra vez -comentó, mientras el guerrero comía y bebía.

-Así es.

-Aquí no.

-Aún no. Pero llegará. Siempre llega.

-¿No deberías estar preparándote para ella? ¿Sirviendo a tu señor en algún sitio?

-Mi señor me ha dado permiso para venir aquí.

-¿Así son las cosas, ciertamente…? -dijo el eremita, mostrando una leve sorpresa.

-Así son, sí.

El eremita giró la cabeza para clavar su mirada en los ojos del guerrero, antes de seguir preguntando.

-¿Eres bueno con la espada?

-No soy malo.

-¿Por qué prescinde entonces de ti, tu señor?

El guerrero terminó de tragar y bebió un sorbo de vino antes de contestar.

-Está preocupado por mi alma.

-¿Ciertamente?

-Ciertamente.

-Supongo que tiene razones para ello.

-Tiene una. Suficiente.

-¿Cuál?

El guerrero dio otro trago y devolvió el vaso al eremita.

-Me he alejado de Dios -respondió.

El eremita rio, como si hubiese escuchado un buen chiste.

-Ciertamente, es una magnífica razón para estar preocupado. Yo lo estaría -se puso en pie-. De hecho, ya lo estoy. Por tu culpa.

El eremita entró de nuevo en la torre y cerró la puerta. Se volvió a escuchar ruido de llaves y candados. Después, ya no se escuchó nada más.

El guerrero permaneció sentado, comiendo pan.

El caballo no había dejado de pastar ni un solo momento.

LA TORRE DE AVAME

El guerrero veía la torre desde su refugio bajo los árboles.

Se envolvió en su capa de color azul marino. La fría lluvia había empapado su capucha, que goteaba. Las rachas de viento hacían bailar como endemoniados a los robles. Su caballo parecía agotado; del viaje, de la lluvia y del frío.

Una luz tenue parpadeaba en una de las ventanas de la torre. De alguna chimenea salía un humo negro que era rápidamente dispersado por el viento.

El dolor le había retenido. Él quería llamar ya a la puerta, pero la cabeza le dolía demasiado; así sería imposible tener una conversación coherente con el eremita. Achacó su mala salud al tiempo y al viaje. Pero no dejó de resultarle curioso el sentido de la oportunidad de aquel malestar.

El alma entera parecía revolverse ante la presencia de la torre.

Trató de encomendar el dolor, pero ciertos pinchazos agudos sólo sacaban de él insultos horrendos. Se palpó la cicatriz del pómulo: ardía. Del ardor brotaban recuerdos negros.

Sin querer, su mente huyó de aquellas oscuridades, para refugiarse en sus recientes conversaciones con la doncella del Bailón. Pero la belleza de aquel recuerdo pareció reavivar aún más el dolor.

¿Dónde está tu mujer, entonces?, había preguntado la joven.

Lejos, en una ciudad esclavista, respondió él.

¿Como esclava?

No. Libre.

La doncella no había preguntado más. Bajó la mirada, al comprender.

Permanecieron varias semanas acuartelados en aquella aldea. El Señor de Rilo había reforzado la vigilancia en sus fronteras, al desatarse las hostilidades en el oriente del mundo.

Todos los días, al atardecer, el guerrero se acercaba a la casa de la doncella, donde su familia le daba de cenar. La belleza de su rostro se mezclaba en su recuerdo con la hermosura de sus palabras. No sabría decir qué le hería más.

La última jornada que pasaron en el Bailón, el guerrero vio una pareja que se alejaba paseando de la casa, al acercarse él. Tras la pareja, dos mujeres caminaban juntas a unos metros de distancia, hablando animadamente. El guerrero reconoció en una de ellas a la madre de la doncella. Su marido, mientras tanto, le recibía alegre a la entrada de su casa.

-El joven Félix, que me ha pedido cortejar a mi hija -dijo bonachón el hombre-. Cómo pasa el tiempo…

El guerrero se quedó parado, con la mirada fija en aquella joven pareja, que parecía conversar con timidez. No podía dejar de contemplar aquella escena: había algo inextinguible en el lento pasear de aquellas cuatro figuras al atardecer. Al inundarse de lágrimas sus ojos, apartó la mirada y entró en la casa, acompañado del dueño.

El guerrero se descubrió mirando la ventana iluminada de la torre. Un nuevo pinchazo le obligó a cerrar los ojos.

Entre recuerdos y dolores, el sueño le fue venciendo.

La luz de la ventana permaneció encendida, como esperando.

Obra de François Fressinier (a quien hemos conocido gracias a la cuenta de Twitter “Ni aquí ni allí“).

LA VIDA DE LAS COSTUMBRES

Consigo acordarme de bendecir la mesa a la hora de la comida; pero me olvido durante la merienda del día que es hoy y devoro la cecina sin el más mínimo escrúpulo.

Es curiosa la vida de las costumbres.

Uno se desmonta de ellas sin apenas esfuerzo, dejándose caer sobre una llanura infinita en la que apenas son visibles los caminos; y cuando el alma quiere devolverse a la pauta, la laxitud ha creado ya una fuerza de gravedad que nos arrastra inertes una y otra vez hacia la ausencia de ritos.

Observo estas dificultades como el pintor en jarras ante el lienzo sobre el que ya ha trabajado varias veces, incapaz al parecer la pintura de agarrar nuevamente en él.

Pero lienzo, sólo queda éste.

A pesar de ello, no acontece una tristeza impaciente -ni mucho menos desesperada-, sino simple contrariedad divertida.

Pues mañana será otro día, Dios mediante, para insistir en la misma aventura de afanes sutiles.

Hasta que llegue el día -como ya ocurriera- en que la voluntad se transforme en gesto inconsciente.

Y ya nada se pueda comer sin natural acción de gracias.

“The memory of yellow”, de Taeil Kim.

EL PRIMER PASO

El monje buscaba en un bolsillo interior de su capa negra. La mano reapareció acompañada de una petaca parda. Alargó el brazo para alcanzársela al guerrero de la Casa de Rilo. Éste, sin dejar de mirar el barco que allá abajo se alejaba hacia el horizonte, la agarró con una mano, la abrió con ayuda de la otra, y le dio un largo trago.

-¿Serás capaz? -preguntó el monje.

-Probablemente no -respondió el guerrero, mientras le devolvía la petaca.

El monje bebió a su vez.

-¿Qué quieres? -volvió a preguntar.

-Todo lo que quería.

El monje resopló y bajó la mirada al suelo un momento, antes de seguir preguntando.

-¿Es posible?

-No -respondió el guerrero-. No todo a la vez, al menos.

El monje volvió a rebuscar en su capa. Esta vez su mano reapareció con un trozo de queso curado. Cortó unos trozos con su navaja y se los pasó al guerrero. Siguieron bebiendo y comiendo queso durante un rato, el tiempo necesario para que los mástiles del barco desapareciesen en el horizonte púrpura.

-No tiene mucho sentido pensar ya en el último paso -dijo el monje, tras masticar un trozo de queso-. Céntrate en dar el primero.

El guerrero no dijo nada. Asintió suavemente, con la mirada perdida en los juegos de colores del cielo.

El monje se levantó y empezó a sacudirse las ropas. Buscó alrededor los caballos, que ramoneaban tranquilos en el mismo lugar donde los habían dejado.

-Ponte en marcha, simplemente -siguió el monje-. No pretendas anticipar lo que sólo el camino puede descubrir.

El guerrero volvió a asentir, esta vez con mayor énfasis, mientras se ponía también en pie. Los dos hombres se miraron por un instante, antes de dirigirse hacia los caballos.

Obra de Taeil Kim (agradecemos a la cuenta Ni aquí ni allí que nos haya dado a conocer a este pintor)

SOLAMENTE UN PINTOR

“Sólo quedaban fuera algunas vacas que mugían mirando al mar, mientras que otras que se interesaban más por la humanidad miraban con atención a nuestros coches. Solamente un pintor que había armado un caballete en una estrecha eminencia trabajaba procurando trasladar al lienzo aquella gran calma, aquella luz tenue. Acaso las vacas iban a servirle, inconsciente y gratuitamente, de modelos, pues su aire contemplativo y su presencia solitaria cuando los humanos se habían metido en casa contribuían a su modo a esa poderosa impresión de reposo que se respira en el anochecer.”

Sodoma y Gomorra, de Marcel Proust (cuarto volumen de En busca del tiempo perdido); Alianza, 1999; pg. 528.

“El acantilado de Aval a la puesta de sol”, de Eugène Boudin (1890)

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