El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

LO MÁS IMPORTANTE Y BONITO DEL MUNDO

“Señor… Mire vea: lo más importante y bonito del mundo es esto: que las personas no son siempre iguales, todavía no fueron terminadas, y siempre van cambiando. Afinan o desafinan. Verdad mayor. Es lo que la vida me enseñó. Eso me alegra un montón. Y, otra cosa: el diablo está a las brutas, pero Dios es traicionero. ¡Ah, una belleza de traicionero, si da gusto! ¡Su fuerza, cuando quiere -¡joven!- me da pavor! Dios viene viniendo: y nadie lo ve. Lo hace en la ley del mansito -y así es el milagro. Dios ataca bonito, divirtiéndose, se economiza.”

Gran Sertón: Veredas, de Joao Guimaraes Rosa; Adriana Hidalgo editora, 2009; pgs. 36-37.

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ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

NIHILISMO Y CACAO

“-¿Qué es Bazárov? -sonrió Arcadi-. ¿Desea, tío, que le diga qué es exactamente Bazárov?

-Hazme ese favor, querido sobrino.

-Pues es un nihilista.

-¿Cómo? -preguntó Nicolái Petróvich, mientras que su hermano se quedaba inmóvil dejando suspendido en el aire el cuchillo con un trozo de mantequilla pendiendo sobre su filo.

-Es un nihilista -repitió Arcadi.

-Nihilista -pronunció Nicolái Petróvich-. ¿Término, que según tengo entendido, procede del latín nihil, nada; palabra que se refiere a la persona que… no reconoce nada?

-Dirás, la persona que no respeta nada -continuó Pável Petróvich y se dispuso nuevamente a untar el pan de mantequilla.

-El que siempre tiene un punto de vista crítico para todo -señaló Arcadi.

-¿Y no es lo mismo? -preguntó Pável Petróvich.

-No, no es lo mismo. Un nihilista es la persona que no se inclina ante ningún tipo de autoridad, el que no acepta ningún principio de fe, por mucho respeto que éste le infunda.

-¿Y eso está bien? -le interrumpió Pável Petróvich.

-No, no está bien.

-Depende de quién se trate, tío. Para unos, está bien, y para otros, no.

-Vaya. Veo que eso no es para nosotros. Somos gente del siglo pasado, que suponemos que sin principios -Pável Petróvich pronunciaba esa palabra con suavidad, al estilo francés, mientras que Arcadi, por el contrario, pronunciaba principio apoyándose más en la primera sílaba-, sí, sin principios, no se puede ni respirar ni dar un paso. Vous avez changé tout cela [han cambiado ustedes todo], que Dios os conceda salud y todos los honores, que a nosotros ya sólo nos queda admiraros. ¿No es cierto… caballeros?

-Nihilistas -pronunció Arcadi con claridad y precisión.

-Sí. Antes había hegelianos, y ahora, nihilistas. Habría que ver cómo vivirían ustedes en el vacío, en un espacio ausente de aire. Y ahora hermano, Nicolái Petróvich, haz el favor de llamar para que nos sirvan, que ha llegado la hora de tomarme el cacao.”

Padres e hijos, de Iván Turguénev; Cátedra, 2017; pgs. 96-97.

“Estudiante nihilista”, de Ilya Repin (1883)

ROSALÍA Y LA TRADICIÓN

Sí, en el Sosiego Acantilado también estamos flipados con Rosalía.

Si tuviéramos que poner música e imágenes a nuestro concepto de tradición, simplemente pondríamos el vídeo de Malamente (desde nuestro modesto punto de vista, una de las mejores películas de la historia del cine español).

En esa mezcla de flamenco, copla, trap y cuatrocientas mil influencias más (en sus entrevistas puedes oírle nombrar a Camarón y a Johnny Cash casi en la misma frase), puestas al servicio de uno de los eternos temas de la condición humana, Rosalía y todo el equipo creativo que la rodea han sacado la violencia de género de su contemporánea limitación ideológica y la han colocado a la altura de las mejores y más profundas reflexiones sobre el mal querer de un hombre hacia una mujer. En la mejor tradición de la copla española, del profundo sentir intrahistórico del pueblo español (poso popular de su milenaria fe cristiana), Rosalía ha creado algo nuevo; aún siendo consciente, como ella misma dice en sus entrevistas, de que ya está todo inventado.

Y sí, vemos verdad en lo que hace. En medio del eterno e irreal rollo del procés, esta catalana, que con su familia habla en catalán, nos muestra en un precioso castellano, la Cataluña real de polígonos charnegos que han alimentado de mano de obra la potente economía catalana desde hace casi un siglo.

En medio del desquiciado cáncer animalista, Rosalía se trae a los alumnos de una escuela de tauromaquia de Jaén para participar en su vídeo, y regalarnos esas miradas que, más que de niños, parecen propias de ancianos sabios a punto de dejar el mundo.

Y si alguien se siente molesto por esa mezcla de símbolos que supone presentar a un nazareno en monopatín, desde aquí le recordamos que el último gran héroe y mártir católico que ha dado este país fue un tal Ignacio Echeverría, que se enfrentó a terroristas musulmanes con el monopatín que adoraba usar.

En fin, que nos gusta mucho Rosalía y nos alegra sobremanera que le vaya bien.

STAN LEE

Ha muerto Stan Lee.

Aún existía el Manuel Rivera, y aquel chaval de nueve o diez años del Inferniño ferrolano bajaba por Monasterio de Monfero para gastarse su paga semanal en chistes (así llamábamos a los cómics).

Mis chistes siempre eran de Forum, lo cual quiere decir que los cómics que yo compraba siempre eran de la Marvel. Por alguna extraña razón, Superman nunca me interesó; así que, dentro del maniqueísmo propio de los fervores infantiles, el universo DC siempre me pareció algo despreciable, de lo que había que huir constantemente. Sólo muchos años más tarde, de la mano del genial Frank Miller, pude disfrutar de Batman.

En aquellos cómics de Los Vengadores, La Patrulla-X, los 4 Fantásticos, Spiderman o Daredevil yo empecé a entender y a amar la condición humana. Empecé a comprender las debilidades que nos atacan a todos, grandes o pequeños. Se empezó a formar mi conciencia moral (hace sólo un par de días le repetía a la madre de mi hija esa típica frase del Capitán América, -o del profesor Xavier o de tantos otros personajes de la Marvel- tan presente en los dilemas morales de los superhéroes: un gran poder conlleva una gran responsabilidad).

He visto a Hank Pym pegarle a su mujer La Avispa. He visto al multimillonario Tony Stark casi destruido por sus problemas con el alcohol. He visto a Peter Parker atrapado por la culpa a causa de la muerte de Gwen Stacy. Me he criado con los formidables guiones de Chris Claremont para la Patrulla. Con el mundo de drogas y violencia del Daredevil de Frank Miller.

Y todo ello se lo debo a Stan Lee. El primero al que se le ocurrió llevar la auténtica dramaticidad de la vida humana contemporánea (y eterna) a los cómics de superhéroes. Que construyó, sin proponérselo, un universo mítico en una época donde casi todos los mitos parecían muertos o, al menos, moribundos.

Visto lo visto, sabiendo lo que hoy sé, es difícil imaginar una mejor forma de adentrarse en la vida y en la literatura.

Descanse en paz, Stan Lee. Muchas gracias por todo.

TRESCIENTOS SESENTA GRADOS

“Ha habido una entonación fundamental que he recibido de los grandes escritores épicos, sobre todo de Tolstói, mucho de Tolstói, y también de Melville, Guimaraes Rosa, Faulkner, Sábato, Nievo, para los que la existencia, aun con sus laceraciones, tiene un sentido, una unidad.

Pero otros, también amados -Ibsen y Kafka en primer lugar-, me han revelado lo contrario, la insuficiencia o la irrealidad de la vida, la dificultad y la innaturalidad o la imposibilidad de vivir, la odisea del individuo que no vuelve a casa sino que se pierde y se disgrega, experimentando la insensatez del mundo y la intolerabilidad de la existencia. Ulises se convertía en el de Pascoli, que ya no encontraba su odisea. Y así, a Pierre Bezuchov, grande, fuerte y bueno, se contraponían el hombre del subsuelo de Dostoievski o el héroe de Kafka transformado en insecto inmundo, los personajes de la negación absoluta, el escribiente Bartleby de Melville, que sólo puede decir que no, o el Wakefield de Hawthorne, que experimenta el vacío y la indiferencia de todo; y otras voces, todavía más desesperadas y rechazadas, que hablan del dolor, del desgarro y la apatía, de un sufrimiento tan profundo y monstruoso que se muestra sin remedio ni liberación, no redimido por una síntesis o visión superior. Quizá por esto me ocupé después de esos grandes escritores que vivieron intensamente el malestar de la existencia y del hacerse, casi con culpable y autolesiva expiación, cómplices torvos y aberrantes como Céline o Hamsun.

En la literatura existen muchas habitaciones y no se necesita elegir ideológicamente entre voces contrastantes; se puede -se debe- creer a la vez en la fe de Tolstói y en la inercia de Oblómov; los grandísimos escritores son aquellos cuya perspectiva abarca trescientos sesenta grados.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pgs. 11-12.

SIEMPRE MUERTOS

“Así pues, aprendí a leer con Salgari y, además, las hazañas de Kammamuri y del tigre Dharma quedaron ligadas a la voz que me las contaba, arrastrado por la historia e indiferente al autor, más aún, ajeno en aquel tiempo a qué era un autor o a que una historia lo necesitara, convencido de que las historias se narraban solas y de que los hombres, escritores o no, no tenían más trabajo que repetirlas y transmitirlas. Desde entonces, en cierta manera, siempre he pensado que la literatura, en su esencia, es un relato oral y anónimo; que sería mejor si los autores no existieran o si, al menos, no se identificaran, si estuvieran siempre muertos, como le dijo una vez una niña de Grado a Biagio Marin, u obligados al incógnito y a la clandestinidad.”

Alfabetos. Ensayos de literatura, de Claudio Magris; Anagrama, 2010; pg. 9.

MAÑANA

Ramiro de Mar afiló su cuchillo.

Limpió su pistola. Limpió su otra pistola. Las cargó.

Desmontó su escopeta. La volvió a montar. La cargó.

Miró el crucifijo de su madre que presidía la pequeña mesilla de noche.

Miró hacia otro lado. Lo volvió a mirar.

Se arrodilló ante el crucifijo. Rezó.

Ramiro de Mar se acostó, pero no durmió en toda la noche.

DOS DÍAS

Ciento cuarenta y cinco. Ciento cuarenta y seis. Ciento cuarenta y siete. Ciento cuarenta y ocho. Ciento cuarenta y nueve.

Ciento cincuenta.

Se puso en pie y miró sus abdominales en el espejo.

Siguió mirándolos unos segundos más.

Se agachó, cogió el palo que estaba en el suelo, y se golpeó con toda la fuerza de que fue capaz en los abdominales.

Siguió golpeándose. Empezó a sudar. Siguió golpeándose.

Agotado, dejó caer el palo al suelo y se dobló como un ángulo recto.

Mínimamente recuperado, volvió a erguirse y se miró en el espejo.

Seguía teniendo cara de adolescente.

3 DÍAS

UNIÓN

O

MUERTE

Michel Hundt vio la pintada al salir de su primera clase del día, en letras rojas sobre la pared blanca, justo enfrente de su aula.

Algunos alumnos hablaban en corros en el pasillo, mirando alternativamente a la pintada y al profesor.

Michel Hundt bajó la cabeza y caminó hacia su derecha. Al salir del edificio, vio que el campus lucía una enorme cantidad de pancartas. Un grupo de estudiantes se afanaban en colgar otra más entre dos árboles. Otro grupo de estudiantes, en una mesa, recogía alimentos y dinero para los inmigrantes fugitivos de la Casa de Penn Ar Bed.

Michel Hundt creía percibir, a cada momento, miradas de soslayo y cuchicheos herméticos.

Michel Hundt notó cómo le empezaban a sudar las manos cuando pensó en la siguiente clase que tenía que dar, sobre los procesos revolucionarios anteriores al Gran Colapso.

Cuando ya se acercaba a la Facultad de Literatura, en busca de Ramos-Hollande, Michel Hundt decidió que se encontraba mal y se fue a su casa.

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