El sosiego acantilado

non mea voluntas

EL MONTARAZ DE LA NIEBLA

Dos sombras se acercaban a la cumbre del monte, donde parecía disiparse un poco la niebla.

-Necesito descansar -dijo una de las sombras.

-Ya no queda nada -dijo la otra.

-¿Crees que si llegamos un poco más tarde la cima se habrá ido? -preguntó con retranca la primera sombra.

La otra sombra resopló y buscó una piedra sobre la que sentarse.

Mientras recobraba el aliento, la primera sombra creyó escuchar un ruido.

-¿Hay caballos por aquí? -preguntó.

-No, que yo sepa -respondió la otra sombra.

-Pues me parece haber oído los cascos de uno…

-Quizá sea el Montaraz de la Niebla.

La primera sombra se acercó a la segunda, para verle bien la cara.

-¿El capataz de qué…?

-Montaraz. Montaraz de la Niebla -corrigió.

-¿De qué demonios hablas?

-Ni demonio, ni ángel. Quizá ni siquiera hombre ya… Las gentes del lugar dicen que no sólo oír, que incluso se le puede ver, los días de niebla muy cerrada, como hoy.

La primera sombra miró desconfiada a su alrededor, antes de preguntar nuevamente.

-¿Por qué los días de niebla?

-El Montaraz era el fiel servidor de un poderoso Señor; defendía sus fronteras, patrullaba sus caminos, luchaba sus guerras. Con tal vida, te puedes imaginar que recibió muchas heridas. Cansado de tanta pelea, le pidió a su Señor que le dejase volver a su tierra, para intentar buscar una buena mujer y formar una familia. El Señor se lo prohibió, pero él regresó igualmente. El día que llegó a su villa natal, la niebla era espesa, como hoy. Al cruzar el puente que servía de entrada al lugar, halló a una mujer que observaba con profunda tristeza el cauce del río. Reconoció entonces a aquella muchacha de la infancia con la que había tenido amores. Y ella lo reconoció a él. Al parecer, el reencuentro en el puente hizo que se enamoraran otra vez.

-¿Y qué ocurrió?

-Pues lo que suele ocurrir en estos casos apasionados. Fueron felices y tuvieron un hijo.

-Pero no comieron perdices.

-No. Él se fue de viaje, para reclamar ciertos derechos sobre unas tierras de su familia. Cuando volvió, la mujer y el niño habían desaparecido.

-¿Qué había pasado?

-Nadie le supo dar explicación. Ni su familia, ni la familia de ella. Ni sus amigos. Nadie sabía cómo había desaparecido, ni por qué.

-¿Quizá fue el antiguo Señor del Montaraz, en castigo por su deslealtad?

-Eso dijeron algunos. Eso sospechaba quizá el Montaraz, en lo profundo de su corazón -la sombra calló un instante, antes de continuar-. El caso es que el Montaraz busca desde entonces a su enamorada y a su hijo. Y dicen que busca los días de niebla, porque en día de niebla se había reencontrado con ella en el puente aquel.

La primera sombra creyó escuchar un suspiro cansado y unos cascos de caballo que se alejaban, lentamente, hacia el interior de la niebla.

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TODAVÍA NO ME HE ROCIADO DE GASOLINA

“El 20 de febrero [de 1966], el Sunday Telegraph informaba que Waugh se hallaba en vías de recuperación después de un angustioso año de melancolía nerviosa debida a la pena provocada en él por los cambios de la liturgia católico-romana que habían despojado a la misa de su latinidad tradicional. Lo cierto es que Waugh distaba mucho de estar recuperándose. He envejecido mucho estos dos últimos años, le escribía a Lady Diana Mosley en una carta de fecha 9 de marzo. No estoy enfermo, pero sí muy débil. No tengo ganas de ir a ningún sitio ni de hacer nada, y sé que soy un aburrimiento. El Concilio Vaticano [II] ha podido conmigo. Tres semanas después volvía a escribirle con la Semana Santa y el triduo de Pascua en la cabeza: La Pascua significaba mucho para mí. Antes del Papa Juan [XXIII] y de su Concilio: ellos han acabado con la belleza de la liturgia. Todavía no me he rociado de gasolina y me he prendido fuego, pero ahora tengo que aferrarme tenazmente a la fe sin ninguna alegría.

Incapaz de enfrentarse a la nueva liturgia, Waugh pidió a su viejo amigo de Downside, Dom Hubert van Zeller, que celebrara para él una misa privada en latín el domingo de Pascua. Pero el abad se opuso a ello arguyendo que, en ese momento, Dom Hubert debía estar presente con el resto de la comunidad. Entonces, Waugh le pidió lo mismo al padre Philip Caraman, su amigo y confidente durante sus últimos y difíciles años, que le visitaba con frecuencia y a quien Waugh describía como una visita paciente y amable. Caraman era jesuita y no necesitaba permiso de su superior, y aceptó enseguida.

El 10 de abril, Domingo de Pascua, a las diez de la mañana, el padre Caraman celebró misa en latín en la capilla católica de Wiveliscombe -a unas cinco millas de la casa de Waugh-, a la que tan solo asistieron la familia de este y unos cuantos amigos. Al salir de la iglesia, muchos de los presentes se fijaron en lo contento que estaba Waugh. El padre Caraman puso de relieve su serenidad y su alegría, como si la depresión se hubiese evaporado o como si acabara de salir de una noche oscura del alma: Se mostraba bondadoso y en paz consigo mismo, con esa tranquila serenidad que los sacerdotes solemos encontrar en quienes se están muriendo. Aproximadamente una hora más tarde, Waugh fallecía víctima de un ataque al corazón.

Creo que llevaba mucho tiempo rezando por su muerte, y esta no ha podido ser ni más hermosa ni más feliz, escribió su esposa a Lady Diana Cooper, así que solo puedo dar gracias a Dios por Su misericordia… Pero nuestras vidas nunca volverán a ser las mismas sin él.

Su hija Margaret también escribió a Lady Diana Cooper con palabras de gozo más que de pesar:

No estés muy triste por papá. Creo que ha sido como un milagro. Ya sabes cuántos deseos tenía de morir; y hacerlo el domingo de Pascua, cuando toda la liturgia habla de la muerte y de la resurrección, y después de oír la misa en latín y de recibir la Sagrada Comunión, es exactamente lo que él quería. Estoy segura de que en misa pidió por su muerte. Estoy muy contenta por él.

Escritores conversos, de Joseph Pearce; Palabra, 2006; pgs. 430-431.

FRATERNALMENTE

Se sentó en el banco y dejó la lata de cerveza a su lado. Le dio un trago mientras esperaba el comienzo de la misa.

Al salir a escena el sacerdote oficiante, un barullo atonal y dodecafónico se elevó de los primeros bancos, donde se apelotonaban las párracas del lugar. El hombre se planteó por un momento arrancarse las orejas con sus propias manos. Finalmente, decidió darle otro trago a la cerveza, más largo en esta ocasión.

Durante la homilía, al ver que la tabarra improvisada del sacerdote duraba más de cinco minutos, aprovechó para echar un vistazo al guásap.

Cuando llegó el momento del saludo de paz, su cuerpo se tensó. Fijó la mirada en el cáliz y trató de no prestar atención a ningún otro estímulo sensorial. Fue inútil. Una párraca, con una enorme sonrisa rebosante de humanidad, se le acercó desde los lejanos primeros bancos con la mano extendida. Y así se quedó, de pie ante él, hasta que el hombre se vio obligado a prestar atención a ese ser saludante: miró a la señora, miró su mano. Con gesto neutro de invitación, el hombre acercó la lata de cerveza a la mano de la señora. La señora se alejó con rostro malhumorado.

Terminada la misa, la párraca malhumorada se volvió a acercar, antes de que el hombre lograse alcanzar la puerta de salida.

-Buenas tardes -dijo muy tiesa.

-Buenas tardes -dijo él, dándole otro trago a la cerveza.

-Me he fijado en que no ha comulgado usted.

-Eso se debe a que estaba usted prestándome más atención a mí que al oficio.

-El padre estará encantado de recibirle en confesión, si se encuentra usted en pecado.

-Pues hombre, teniendo en cuenta que estoy divorciado y soy adúltero… pues supongo que sí, estoy en pecado. Pero la confesión sería una pérdida de tiempo.

-¿Por qué?

-Porque no tengo propósito de enmienda.

-No es usted católico, entonces.

-Me temo que sí lo soy.

-¿Teme…? No parece temer nada.

-Si no fuera católico, supongo que me aceptaría como mero hombre de mi época. Estoy solo, copulo cuando me place y tengo un hijo al que apenas veo. Sería uno más entre la masa de desastres existenciales que la degenerada sociedad actual considera vida moderna. Soy tan moderno, de hecho, que, teniendo en cuenta mis propias expectativas, hasta tiene gracia…

-Entonces, ¿por qué se considera católico?

-Porque, bien pensado, no tiene ninguna gracia.

El hombre abrió la puerta de salida.

-¿Y no piensa hacer nada para remediarlo? -dijo la señora, más malhumorada que nunca.

-Sí.

-¿Qué?

-Rezar. Buenas tardes.

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EL ALIENTO DE DIOS

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“¿Y mi papá?
No se puede hacer nada más.
Creo que me gustaría decirle adiós.
¿Estarás bien?
Sí.
Adelante. Te espero aquí.
Volvió al bosque y se arrodilló al lado de su padre. Estaba envuelto en una manta como el hombre le había prometido y el chico no lo destapó sino que se sentó a su lado y ahora estaba llorando pero no podía parar. Lloró mucho rato. Te hablaré todos los días, susurró. Y no me olvidaré. Pase lo que pase. Luego se levantó y dio media vuelta y regresó a la carretera.

La mujer al verle lo rodeó con sus brazos y lo estrechó. Oh, dijo, me alegro tanto de verte. A veces le hablaba de Dios. Él intentó hablar con Dios pero lo mejor era hablar con su padre y eso fue lo que hizo y no se le olvidó. La mujer dijo que eso estaba bien. Dijo que el aliento de Dios era también el de él aunque pasara de hombre a hombre por los siglos de los siglos.

Una vez hubo truchas en los arroyos de la montaña. Podías verlas en la corriente ambarina allí donde los bordes blancos de sus aletas se agitaban suavemente en el agua. Olían a musgo en las manos. Se retorcían, bruñidas y musculosas. En sus lomos había dibujos vermiformes que eran mapas del mundo en su devenir. Mapas y laberintos. De una cosa que no tenía vuelta atrás. Ni posibilidad de arreglo. En las profundas cañadas donde vivían todo era más viejo que el hombre y murmuraba misterio.”

La carretera, de Cormac McCarthy; Mondadori, 2007; pgs. 209-210.

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MI LECHE LLENÁNDOLE LA BOCA

“Mi corazón, mi alma, mi ser, un yo desconocido se ha despertado en su capullo, doloroso y gris hasta entonces, como una flor brota de su semilla a la brillante llamada del sol. El pequeño monstruo cogió mi seno y mamó: ¡he aquí el fiat lux! De repente fui madre. Es la dicha, la alegría, un gozo inefable, aunque no brote sin algunos dolores. ¡Oh! Mi bella envidiosa, ¡cómo apreciarás un deleite que no tiene lugar sino entre nosotras, el hijo y Dios! Este pequeño ser no conoce absolutamente otra cosa más que nuestro seno. Para él no hay en el mundo sino este punto brillante, lo ama con todas sus fuerzas, no piensa en otra cosa que en esta fuente de vida, viene a ella y se aparta de ella para dormir, despertándose para volver de nuevo. Sus labios tienen un amor inefable, y cuando a él se adhieren causan allí a la vez un dolor y un placer, un placer que llega hasta el dolor, o un dolor que acaba en un placer; no podría explicarse una sensación que desde el seno irradia en mí hasta las fuentes de la vida, pues parece que sea aquel un centro del que parten mil rayos que regocijan el corazón y el alma. Dar vida a un ser no es nada, pero criarlo es darle vida a cada momento. ¡Oh, Luisa, no existen caricias de amante que puedan valer lo que las de estas manitas sonrosadas que se pasean suavemente, e intentan agarrarse a la vida! ¡Qué miradas lanza un niño alternativamente de nuestro pecho a nuestros ojos! ¡Qué sueños se tienen al verle suspendido de los labios a su tesoro! No pone menos en juego todas las fuerzas del espíritu que todas las del cuerpo, emplea la sangre y la inteligencia y sobrepasa a la satisfacción de deseos. Aquella adorable sensación de su primer grito, que ha sido para mí lo que el primer rayo de sol fue para la tierra, volví a encontrarla al sentir mi leche llenándole la boca; volví a encontrarla al recibir su primera mirada, y acabo de volver a encontrarla al saborear en su primera sonrisa su primer pensamiento. Ha reído, querida. Esta risa, esta mirada, este mordisco y este grito, estos cuatro goces son infinitos: ¡llegan hasta el fondo del corazón, pulsando en él unas cuerdas que ellos sólo pueden pulsar! Los mundos deben estar unidos a Dios como un hijo se adhiere a todas las fibras de su madre: Dios es un gran corazón de madre. No existe nada visible, ni perceptible en la concepción, ni aun en el embarazo; pero ser nodriza, Luisa mía, es una dicha constante. Se ve en lo que se convierte la leche, cómo se hace carne, cómo florece en las yemas de estos lindos dedos que parecen flores y que tienen su delicadeza, cómo crece en uñas finas y transparentes, cómo se ahíla en cabellos, y cómo se agita con los pies. ¡Oh, pies de niño! ¡Son todo un lenguaje! El niño comienza a expresarse por ellos. Criar, Luisa, es una transformación que se va siguiendo de hora en hora y con ojos asombrados. Los gritos, no los escucháis con los oídos, sino con el corazón; ¡las sonrisas de los ojos y de los labios, o las agitaciones de los pies, las comprendéis como si Dios os escribiese en caracteres de fuego en el espacio! Ya no hay nada en el mundo que os interese. ¿El padre?… Lo mataríais si se le ocurriese despertar al niño. ¡Se es por sí sola el mundo entero para este hijo, como el hijo constituye el mundo para nosotras! Se está tan segura de que nuestra vida es compartida, se está tan ampliamente recompensada por los trabajos que se toma una por los dolores que se sufren, pues hay dolores: ¡Dios te guarde de tener una grieta en un pecho! Esta llaga que se abre de nuevo bajo unos labios de rosa, que se cura con tanta dificultad y que causa torturas como para volverse loca, sería uno de los más horribles castigos de la belleza, si no se tuviese la alegría de contemplar la boca del hijo embadurnada de leche.”

Memorias de dos recién casadas, de Honoré de Balzac; en el volumen II de La Comedia humana; Hermida Editores, 2015; pgs. 386-388.

'Felicidad de padres', de Jean-Eugène Buland (1903)

‘Felicidad de padres’, de Jean-Eugène Buland (1903); sé que, por primera vez, me repito; pero es que este cuadro me parece uno de los más bellos del mundo. Y la ocasión bien lo merece.

TIME PASSES

“Una pluma, y la casa, hundiéndose, cayendo, se habría derrumbado y precipitado en lo profundo de la oscuridad. En la habitación convertida en ruina, los excursionistas habrían encendido sus hogueras; los amantes habrían buscado allí refugio, yaciendo sobre las tablas desnudas; y el pastor habría guardado su cena entre los ladrillos, y el vagabundo habría dormido envuelto en su abrigo para resguardarse del frío. El techo habría caído; zarza y cicuta habrían bloqueado camino, escalón y ventana; habrían crecido desordenadas y ansiosas sobre la colina, hasta que algún intruso, perdido, hubiese descubierto gracias a un atizador de intenso color rojo entre las ortigas, o un fragmento de porcelana entre la cicuta, que aquí alguna vez había vivido alguien; que hubo una casa.

Si la pluma hubiese caído, si hubiese inclinado la balanza, toda la casa se habría desmoronado en las profundidades para caer en las arenas del olvido. Pero había una fuerza trabajando; algo no demasiado consciente; algo de mirada torcida, algo que andaba a trompicones; algo sin la inspiración para dedicarse a su obra con un digno ritual o un canto solemne.”

To the Lighthouse, de Virginia Woolf; Penguin, 2000; pg. 151 [traducción propia].

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MIRANDO AL MAR

No soy mucho de bizcochos, pero los del Petit me parecen riquísimos. Son caseros, y Jose, siguiendo la tradición ponferradina, te pone un trozo con cada café que pides.

El Petit Café Bar ayuda mucho a que me sienta como en casa. Me gusta subir a la planta superior y ponerme a escribir, como hago en estos precisos momentos.

También me agrada el tipo de música que se escucha, bastante variada. Hace un rato sonaba un popurrí de canciones típicas de la España de los sesenta. En determinado momento, he escuchado a Jorge Sepúlveda empezar a cantar bajo el palio de la luz crepuscular

Me ha temblado el alma, como siempre que escucho esta canción.

Ya os he hablado de mi abuelo paterno, el redero José Bastida. Os he hablado también de las largas temporadas que pasaba embarcado. No era raro que le tocase estar en medio del océano cuando su mujer, mi abuela Pacucha, estaba de cumpleaños. Así que se ponía en contacto con una cadena de radio española, para que a determinada hora del día del cumpleaños de mi abuela sonase para ella Mirando al mar.

Hace unos años, con ayuda de la Vane, grabamos una felicitación para mi abuela en la que fingíamos que habíamos llamado a una radio pidiendo la canción por su cumpleaños. Después le reproduje el falso programa en casa, como si fuera en directo. Es uno de los recuerdos más felices que me han quedado de ella.

Mi abuela Pacucha, una de esas viudas de vivos capaz de mantener la risa aunque la vida se empeñase en tragedias constantes.

Lo que antes era reciedumbre cotidiana, se ha convertido en ideal casi inalcanzable de aguante existencial. Que cada cual saque sus propias conclusiones de por qué ha ocurrido tal cosa.

WHEN THE LEVEE BREAKS…

“Los viajeros continuaron al trote, y cuando el sol empezó a descender hacia las Lomas Blancas, lejano sobre la línea del horizonte, llegaron a Delagua y al gran lago de la villa; y allí recibieron el primer golpe verdaderamente doloroso. Eran las tierras de Frodo y de Sam, y ahora sabían que no había en el mundo un lugar más querido para ellos. Muchas de las casas que habían conocido ya no existían. Algunas parecían haber sido incendiadas. La encantadora hilera de negras cuevas hobbits en la margen norte del lago parecía abandonada, y los jardines que antaño descendían hasta el borde del agua habían sido invadidos por las malezas. Peor aún, había toda una hilera de lóbregas casas nuevas a la orilla del lago, a la altura en que el camino a Hobbiton corría junto al agua. Allí antes había habido un sendero con árboles. Ahora todos los árboles habían desaparecido. Y cuando miraron consternados el camino que subía a Bolsón Cerrado, vieron a la distancia una alta chimenea de ladrillos. Vomitaba un humo negro en el aire del atardecer. Sam estaba fuera de sí.

[…] Debía de ser cerca de medianoche cuando los Ents rompieron los diques…”

El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; El Retorno del Rey, pgs. 365-366 y Las Dos Torres, pg. 225.

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INOCENTADA

Vuelvo a trabajar de agente judicial.

En esta ocasión, mi función es la de archivero. Saca expediente, mete expediente. Del juzgado 1, del juzgado 8. Civil, Penal, Social. Trámite, ejecución, faltas, previas, leves.

También nos tenemos que hacer cargo de las piezas de convicción, que es la forma rebuscada que el lenguaje jurídico de este país usa para referirse a las pruebas de toda la vida.

Cuando Antonio y yo hemos vuelto a nuestra oficina tras buscar algo que hacer, tema complicado en estos aburridos días navideños, hemos descubierto que el trabajo había venido a buscarnos a nosotros en nuestra ausencia. En la mesa de Antonio alguien había dejado una pieza de convicción. Los papeles del oficio estaban grapados a una bolsa de plástico transparente.

Los músculos de mi cara se tensaron.

Le hice un comentario a Antonio, que se confirmó al leer la palabra escrita en la hoja del atestado: fallecimiento.

Un breve silencio brotó mientras contemplábamos el interior de la bolsa de plástico.

Antonio dijo algo sobre las manchas encarnadas que ensuciaban parte de la gruesa cuerda, en las que yo ya me había fijado.

Aquel enser blanco disponía un mundo negro a su alrededor.

Hicimos nuestro trabajo. Metimos la bolsa con la soga en una caja, cerramos la caja con cinta, pegamos los datos identificadores de la pieza en el exterior de la caja. Como Antonio tenía prisa, le dije que se fuese, que ya me encargaba yo de bajarla al archivo de piezas.

El archivo de piezas está dos pisos por debajo de la planta baja, en la parte nueva del edificio. Como nadie pensó en la cercanía del cauce del río Sil, hubo que instalar tiempo después de terminada la reforma una bomba para drenar constantemente esa parte de los sótanos. El frío y la humedad son intensos allí.

El archivo de las piezas queda al final del pasillo, a la izquierda. Deposité la caja en su balda correspondiente.

Con excesivo respeto, quizá. Como si quisiese trocar en rito mortuorio aquel mero acto administrativo.

Como si fuese un enterrador en el quinto acto de Hamlet.

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EL PRIMERO ERA EL BUENO

“El conflicto ideológico, latente a todo lo largo de los años sesenta, estalló a comienzos de lo setenta con Mademoiselle Age Tendre 20 Ans, cristalizándose en torno a una pregunta fundamental en aquella época: ¿Hasta dónde se puede llegar antes del matrimonio? Durante estos mismos años, la opción hedonista-libidinal de origen norteamericano recibió un poderoso apoyo de los órganos de prensa de inspiración libertaria (el primer número de Actuel apareció en octubre de 1970, y el de Charlie-Hebdo en noviembre). Si bien estas revistas se situaban, en principio, en una perspectiva política de contestación al capitalismo, estaban esencialmente de acuerdo con la industria del entretenimiento: destrucción de los valores morales judeo-cristianos, apología de la juventud y de la libertad individual. Atrapados entre presiones contradictorias, las revistas para chicas elaboraron un compromiso de urgencia, que se puede resumir en las siguientes líneas. Durante una primera fase (digamos entre los doce y los quince años), la chica sale con muchos chicos (la ambigüedad semántica del verbo salir reflejaba, por otra parte, una verdadera ambigüedad de comportamiento: ¿qué querría decir, exactamente, salir con un chico? ¿Se trataba de besarlo en la boca, de los placeres más profundos del toqueteo y el manoseo, de relaciones sexuales propiamente dichas? ¿Había que quitarse las bragas? ¿Y qué pasaba con las partes del chico?). Para Patricia Hohweiller o Caroline Yessayan no era fácil; sus revistas favoritas daban respuestas vagas y contradictorias. Durante la segunda fase (poco después del bachillerato), la misma chica sentía la necesidad de una historia seria (más tarde llamada big love en las revistas alemanas), y la pregunta de entonces era: ¿Debo irme a vivir con Jérémie?; era una segunda fase, pero en principio definitiva. La extrema fragilidad de este arreglo que las revistas proponían a las chicas -de hecho se trataba de superponer, pegándolos arbitrariamente sobre dos momentos consecutivos de la vida, modelos opuestos de comportamiento- no fue evidente hasta unos años después, cuando la gente se dio cuenta de que el divorcio se había generalizado. Aun así, este esquema irreal constituyó durante algunos años, para unas chicas que de todas formas eran bastante ingenuas y estaban bastante aturdidas por la rapidez de las transformaciones que ocurrían a su alrededor, un modelo de vida creíble al que trataron de amoldarse juiciosamente.

Para Annabelle, las cosas eran muy diferentes. Por las noches, antes de dormirse, pensaba en Michel; se alegraba de volver a pensar en él cuando se despertaba. Cuando en clase le pasaba algo divertido o interesante, enseguida pensaba en contárselo a él. Los días en que, por la razón que fuese, no se habían visto, se sentía inquieta y triste. Durante las vacaciones de verano (sus padres tenían una casa en Gironde) le escribía todos los días. Incluso si no se lo confesaba con franqueza, incluso si sus cartas no eran nada apasionadas y más bien se parecían a las que le habría escrito a un hermano de su edad, incluso si el sentimiento que impregnaba su vida recordaba a un halo de dulzura más que a una pasión devoradora, la realidad que cada día estaba más clara para ella era ésta: de buenas a primeras, sin haberlo buscado, sin ni siquiera haberlo deseado, había encontrado a su gran amor. El primero era el bueno, no habría otro, y no tendría ni que hacerse la pregunta. Según Mademoiselle Age Tendre, el caso era posible; no había que hacerse ilusiones, casi nunca ocurría; pero en algunas ocasiones extremadamente raras, casi milagrosas -aunque más que probadas-, podía ocurrir. Y era lo más maravilloso que te podía suceder en la vida.”

Las partículas elementales, de Michel Houellebecq; Anagrama, 1999; pgs. 56-58.

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