El sosiego acantilado

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EL BELLO Y BRUTAL MACHO

En mi reciente viaje a los acantilados tuve la oportunidad de reencontrarme con los caballos salvajes que pueblan diversas zonas de Galicia.

En determinado momento de mi regreso a pie a Cedeira, tras visitar por primera vez San Andrés de Teixido y la Garita de Herbeira, iba pensando que, a pesar de lo bonitos que eran los caballos que había visto, ninguno de ellos se acercaba ni de lejos a la idea que me había hecho del bello y brutal macho.

Le daba yo vueltas a esto al tiempo que doblaba una curva a la izquierda en la carretera, inmenso a mi derecha el océano Atlántico -que ese día jugaba además a confundirse con el cielo, difuminada la línea del horizonte-. Justo delante de mí, más allá de la cuneta, un grupo numeroso de turistas comían y sacaban fotos en un saliente de los acantilados.

Y al girar la cabeza para seguir atento a mi senda, lo vi.

Un portentoso caballo, de claro pelaje pardo y preciosas crines rubias, permanecía quieto en medio de la carretera; erguida orgullosa la testuz, como vigilando la llegada de intrusos a sus montañas acantiladas. Me asombró su extraordinario tamaño, la contenida potencia de sus músculos, la hermosa armonía de proporciones. Pasé a su lado, a unos tres metros de distancia, bien pegado a la cuneta, sin apenas atreverme a mirarlo, dispuesto a salir corriendo hacia el primer peñasco cercano en cuanto el animal hiciese el más mínimo amago de moverse. Pero no lo hizo, siguió inmóvil, como posando para un escultor de estatuas ecuestres, meciendo apenas la crin de su cola al albur de la brisa marina.

Un poco más allá de la cuneta, vi a sus tres yeguas pastando sosegadamente. Cuando ya había dejado una buena distancia entre nosotros, me giré para verlo en todo su esplendor, justo en el momento en que una mini-caravana de tres coches se aproximaba al lugar que ocupaba en medio de la carretera. No pude evitar una sonrisa, al ver la cara que se le ponía al conductor del primer coche según se iba acercando al caballo.

Estuve tentado de hacerle una foto al animal, desde mi posición alejada. Pero pensé que no merecía hacérsela. Si no me había atrevido antes, cuando estaba junto a él, entonces había perdido cualquier derecho a fotografiar un ser de tal nobleza.

Quizá se había parado ahí porque estaba esperando a ese Hombre ante el que, dice la profecía, ha de arrodillarse.

Quizá se dirija todos los días, a la misma hora, a ese mismo lugar, porque por ahí ha de llegar el primero de los Retornados.

No era yo ese Hombre, desde luego.

Pero he visto que el bello y brutal macho, como espada clavada en piedra, ya está dispuesto; hincará las rodillas, en cuanto vea llegar al primer Hombre honorable a sus montañas acantiladas.

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ESCRIBIR, MATAR

Cuenta la leyenda que los conocidos de Jane Austen vivían aterrorizados por la posibilidad de acabar convertidos en personajes de sus novelas.

Karl Ove Knausgård siente haber hecho un pacto con el diablo, al lograr la fama literaria a costa del sacrificio de muchas de sus amistades y relaciones familiares, por haberlas expuesto públicamente en sus libros.

“Una literata que se dice conocida pero no da su nombre desea entablar conmigo una correspondencia encubierta sobre el tema: ¿hasta qué punto puede un escritor ofrecer de pasto al público a sus seres próximos, sacrificarlos a su propio placer? Está convencida de que mi cuento ha tenido consecuencias terribles en mi vida y en nuestra relación, si la heroína es mi compañera y no una amante intermitente. No me gustan los misterios ni el tono del mensaje, pero da en el blanco. Me pregunto si para mí escribir significa necesariamente matar a alguien.”

Una novela rusa, de Emmanuel Carrère; Anagrama, 2008; pgs. 237-238.

'Two Comedians', de Edward Hopper (1965)

‘Two Comedians’, de Edward Hopper (1965)

LA AVERSIÓN A TODO LO ÚTIL

“Por otro lado, el tedio se infiltraba en mis venas como un veneno mortífero cada día más potente. Me consideraba completamente incapaz de llegar a ser algo en la vida; la expresión en sí ya me resultaba antipática, y entre los miles de oficios que la civilización puede ofrecer, no había ni uno que me pareciera adecuado para mi persona. Más bien me atraían las actividades elementales, como la del pescador, cazador o leñador; aunque desde que me había enterado de que los guardabosques se habían convertido en la actualidad en una especie de contables, que trabajan más con la pluma que con la escopeta, y de que los peces se pescan con barcas a motor, perdí también todo interés. En estos asuntos carecía de la más mínima ambición, y, como el reo de un delito, asistía a esos sermones que los padres suelen soltar a sus hijos adolescentes sobre las distintas salidas profesionales.

La aversión hacia todo lo útil arraigaba cada día más. La lectura y la ensoñación eran mi triaca particular; sin embargo, los reinos donde aún había lugar para las hazañas me parecían inalcanzables. Allí me imaginaba una sociedad de hombres temerarios, cuyo símbolo era el fuego de campamento, el elemento de la llama. Por ser aceptado en ella, por conocer a uno solo de esos tipos que imponían respeto, habría renunciado con mucho gusto a todos los honores que se pueden conseguir dentro y fuera de cualquiera de las facultades.

Sospechaba con razón que sólo es posible conocer a los hijos naturales de la vida si se daba la espalda a los representantes legítimos del orden establecido. Por supuesto mis modelos estaban forjados a la medida de un quinceañero, voraz lector de folletines, que todavía no conoce la diferencia entre héroes y aventureros. Pero poseía un instinto sano, pues suponía que lo extraordinario se hallaba más allá de las esferas sociales y morales de mi entorno. Por ello tampoco quería, como suele ser peculiar a esta edad, llegar a ser inventor, revolucionario, soldado o cualquier otro benefactor de la humanidad; por el contrario, me atraía aquella zona donde la lucha de las fuerzas naturales se expresaba en estado puro y sin finalidad alguna.”

Juegos africanos, de Ernst Jünger; Tusquets, 2004; pgs. 15-16.

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

Ernst Jünger con el uniforme de la Legión Extranjera francesa

¿DÓNDE ESTABAS…?

El Señor respondió a Job desde la tempestad, diciendo:
¿Quién es ese que oscurece mi designio con palabras desprovistas de sentido?
¡Ajústate el cinturón como un guerrero: yo te preguntaré, y tú me instruirás!
¿Dónde estabas cuando yo fundaba la tierra?

Job 38, 1-4

LA CLASE MEDIA

“Nuestra historia, de 1789 a 1830, vista desde la lejanía y en su conjunto, se me aparecía como el cuadro de una lucha encarnizada que se había librado durante cuarenta y un años entre el antiguo régimen, sus tradiciones, sus recuerdos, sus esperanzas y sus hombres representados por la aristocracia, y la Francia nueva dirigida por la clase media. 1830 me parecía haber cerrado ese primer período de nuestras revoluciones o, más bien, de nuestra revolución, porque no hay más que una, revolución siempre la misma a través de los diversos rostros y fortunas, que nuestros padres han visto comenzar y que, por lo que parece, nosotros no veremos terminar. Todo lo que quedaba del antiguo régimen fue destruido para siempre. En 1830, el triunfo de la clase media había sido definitivo y tan completo que todos los poderes políticos, todas las franquicias, todas las prerrogativas, el gobierno al completo, se encontraron reservados y como embutidos en los límites estrechos de esa burguesía, con la exclusión, de derecho, de todo lo que estaba por debajo de ella y, de hecho, de todo lo que había estado por encima. No sólo se hizo así la única directora de la sociedad, sino que se puede decir que se convirtió en la dueña. Ocupó todos los puestos, aumentó prodigiosamente el número de éstos y se habituó a vivir casi tanto del Tesoro público como de su propio trabajo.

Consumado lo cual se produjo un profundo apaciguamiento de todas las pasiones políticas, una suerte de empequeñecimiento universal de todos los acontecimientos y un rápido desarrollo de la riqueza pública. El espíritu propio de la clase media se convirtió en el espíritu general del gobierno; dominó tanto la política exterior como los asuntos internos: espíritu activo, industrioso, a menudo deshonesto, generalmente ordenado, a veces temerario por vanidad y por egoísmo, tímido por temperamento, moderado en todas las cosas excepto en el gusto por el bienestar y lo mediocre; espíritu que, él solo, no producirá jamás otra cosa que un gobierno sin virtud ni grandeza. Dueña de todo como no lo había sido ni lo será quizá nunca ninguna aristocracia, la clase media, que es obligado llamar la clase gubernamental, habiéndose acantonado en su poder y, poco después, en su egoísmo, le dio al gobierno un aire de empresa privada, cada uno de sus miembros pensando únicamente en los asuntos públicos en la medida en que pudieran beneficiar todo lo posible sus asuntos privados y olvidando fácilmente en su pequeño bienestar a las gentes del pueblo.”

Souvenirs, de Alexis de Tocqueville; Gallimard, 2003; pgs. 750-751 [traducción propia].

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…καὶ μετεμορφώθη ἔμπροσθεν αὐτῶν

“Sin embargo, casi no me atrevo a decir cuánta vanidad y debilidad encuentro en mí. Tan inestables son mis fundamentos, y tan inclinados a vacilar y hundirse, que en ayunas me siento diferente a como estoy después de comer. Si me hallo en buena salud y el día es claro, siéntome hombre honrado y bueno. Si un callo me molesta en el pie, me siento torvo, desagradable e inasequible. Un mismo paso de caballo me parece ya cómodo, ya rudo, y un mismo camino se me antoja unas veces corto y otras largo. Una misma forma me es más agradable o menos, según las ocasiones; ora lo hago todo, ora nada; lo que en esta sazón place me desplace en aquella. Hay en mí mil agitaciones indiscretas y casuales; ya me acomete un humor melancólico, ya uno colérico; y mientras a una hora la tristeza se adueña de mí, por su propia y privada autoridad, a otra predomina en mí la alegría. En un libro hallo a veces gracias que impresionan mi alma, y otros días, por vueltas que le dé, sólo veo una masa informe y desconocida. En mis mismos escritos no encuentro siempre el talante de mi primera imaginación; no sé lo que he querido decir; y a veces he de corregirlo y darle un nuevo sentido por haber olvidado el primero, que valía más. No hago más que ir y venir, mi juicio no marcha siempre hacia delante, sino que fluctúa y vaga.

[…] ¡Qué cosa tan vil y abyecta -dice el aludido [Plutarco]- es el hombre si no se eleva por encima de la Humanidad! Buenas palabras y útil deseo, pero absurdos; porque hacer la puñada mayor que el puño, la brazada mayor que el brazo y esperar franquear con las piernas más de lo que permite su longitud, es imposible y monstruoso, como lo es que el hombre se remonte sobre sí mismo y sobre la Humanidad. No le es posible, en efecto, ver sino con sus ojos ni aferrar más que con sus manos. Si Dios le presta un extraordinario socorro, podrá elevarse abandonando y renunciando a sus propios medios y dejándose realzar y levantar por medios puramente celestiales. A nuestra fe cristiana, no a la virtud estoica, corresponde pretender esa divina y milagrosa metamorfosis.”

Ensayos, de Michel de Montaigne; Orbis, 1985; volumen II, pgs. 210-211, 246.

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TESIS DE CHISCÓN

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Desde mi diminuta fortaleza veo pasar trajes que trafican en bolsa,
mientras paseo en faetón junto a Jane por la campiña inglesa.

Docenas de horas que me pagan por simplemente estar
y que yo empleo en decidir qué diablos ser.

Me profetizo arrodillado viendo avanzar la fila de comunión. No hay propósito de enmienda.

No seré Crouchback, escribiré otro personaje.
En renglones torcidos, como siempre he hecho.

Tú eres la medida, lo sé;
pero rehúso estar a la altura.

Sólo puedo prometer
que intentaré no alejarme demasiado.

Que siempre ha de quedar a la vista
la cruz de alguna iglesia.

UN, DOS, TRES… UN, DOS, TRES…

Era el típico niño que le decía a sus amiguitos que los Reyes Magos eran los padres. Digno hijo de su roja madre.

Pero también él tuvo que sufrir traumáticas desilusiones.

El final del primer volumen de la Biblioteca de los Jóvenes Castores anunciaba para el siguiente número un artículo en el que se explicaría cómo hacerse invisible. Aquel niño no pudo soportar el lento paso del tiempo durante aquella eterna semana. Había entendido la promesa de invisibilidad con la literalidad propia de un lector salafista del Corán: cuando leyera aquel artículo, sería capaz de aparecer y desaparecer a su antojo. Pasó la semana en una fiebre de fantasías y proyectos. Para al final descubrir que, tras la potentísima palabra INVISIBILIDAD, se escondía un concepto bastante más prosaico: camuflaje

El siguiente desengaño fue más profundo. Su madre había traído del trabajo un cesto para que su vástago se acostumbrase a recoger la ropa sucia, tratando así de vencer su costumbre de decorar la habitación con calcetines y calzoncillos usados. El cesto era un cilindro blanco que su madre, para endulzarle la naciente disciplina, le dijo que podía dibujar, pintar o llenar de pegatinas. A aquel chaval de once años se le iluminó la cara cuando pensó que podía adornarlo con el nombre de su novia.

Su madre le miró muy seria. Le preguntó:

-¿Y si deja de gustarte?

Su hijo parpadeó sin entender. Había conocido a aquella niña poco después de llegar a la nueva ciudad. Estaba convencido de que ya nunca se iban a separar. Crecerían juntos, estudiarían juntos, se casarían, tendrían hijos y vivirían juntos para siempre. ¿Cómo iba a dejar de gustarle?

Su madre intentó explicarle que no todas las novias son para siempre.

Y sí, su madre tenía razón: no mucho tiempo después, aquella niña dejó de gustarle.

Pero antes de que tal cosa ocurriese, aprendieron juntos a bailar el vals para la obra de final de curso del colegio.

Y algo de ese ritmo común quedó en su vida para siempre.

CAMARADA LECTOR

Aprovecho mi último día libre en una buena temporada para vagabundear por Madrid durante la sobremesa. Cerrada por vacaciones la cafetería a la que pretendía llegar, alargo el vagabundeo hasta dejarme caer por Martín de los Heros. Le echo un vistazo a los carteles de novedades cinematográficas, me ayudo del google telefónico para tomar una decisión y opto por ver la última película de Zhang Yimou.

Salgo del cine con la sempiterna sensación de que pertenezco a una generación de carácter extremadamente débil.

Pero, a continuación, pienso que quizá haya elementos en el mundo occidental contemporáneo que tengan más potencia para derrotar a las personas que los métodos espectacularmente fríos de cualquier totalitarismo; que la libertad ególatra de los individuos que componen las democracias de mercado pletórico, que su ideal de éxito vital meramente económico, acaban destruyendo más familias que la represión salvaje de una dictadura.

Cuando la condena de mi bisabuelo fue finalmente cumplida, lo que él hizo fue volver a casa, como el protagonista de la película. Pois un día apareceu polo camiño… me dijo mi bisabuela, muy anciana ya, cuando le pregunté por la escena con la que terminó aquella larga ausencia durante -y muchos años después de- la Guerra Civil.

Había hogares a los que volver, por muy destruido y derrotado que uno estuviera.

Pero en esta extraña sociedad libre que nos hemos dado, los hogares se diluyen por presiones aparentemente mínimas. Si uno se empeña en ser ciego a los auténticos enemigos reinantes, no hay familia que aguante en pie.

Y continúa así el formidable espectáculo de supernovas familiares, arrojando al vacío social millones de nuevas partículas elementales.

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EL ALMENDRO

El almendro no floreció aquel año.

El hombre lo miraba sin entender. Los mirlos no dejaron de rebuscar entre la hojarasca.

La mujer dijo: Quizá quiera otra cosa. Él no respondió; sabía que el pastel de almendras siempre sería el postre favorito de su padre. Ella se acercó al tronco y giró a su alrededor, acariciándolo. ¿Se ha muerto?, preguntó.

El hombre no respondió. Una mosca cruzaba su mejilla, sin que él pareciera darse cuenta.

Al marcharse las cigüeñas, la mirada del hombre se perdió en el mar. La mujer, de noche, soñaba con la montaña.

Cuando el almendro volvió a florecer, sólo los mirlos seguían allí.

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apología de mí mismo

Quijotes con azada

Huerto escolar-comunitario - CEIP El Quijote (Villa de Vallecas - Madrid)

Embajador en el Infierno

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En Compostela

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The Wanderer

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El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

non mea voluntas

New Catholic Land Movement

Restoring Catholic Rural Life

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

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