El sosiego acantilado

EL REGRESO A CASA DE XACOBE GONZALEZ

Es la noche del miércoles 16 de noviembre de 2016.

Xacobe Gonzalez contempla el cielo estrellado sobre el Mediterráneo, enfundado en el chándal blue del ejército de tierra francés.

Reza el Rosario por ella.
Reza el Rosario por su madre.
Reza el Rosario por él mismo.

A la mañana siguiente abandonará con sus tres compañeros la residencia de Malmousque y regresará a Aubagne, donde se decidirá su destino.

Y el de tantos otros.

También el de su hija
cuyo ser mora aún
en la sustancia del futuro
en los cimientos del océano
en el primer color del universo.

En la inquieta nada del misterio.

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SOBRE LA REFORMA CONSTITUCIONAL

Los artículos 167 y 168 de la Constitución Española de 1978 exponen los dos procedimientos por los que se puede realizar la reforma constitucional.

El artículo 167 presenta el procedimiento ordinario, el único que ha sido utilizado hasta ahora para las dos reformas de 1992 y 2011.

El artículo 168, por su parte, define el procedimiento agravado, que presenta requisitos más complicados para llevar a efecto el cambio en el texto constitucional.

Cualquier reforma que pretendiese dotar a algún territorio del Reino de España del derecho de autodeterminación exigiría cambiar el artículo 2 del Título Preliminar de la Constitución, que explicita la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles. Por lo tanto, al implicar la alteración parcial del Título Preliminar, tal reforma constitucional exigiría efectuarse a través del procedimiento agravado del artículo 168.

Para ello, el inicio del proceso de reforma debería ser aprobado por mayoría de dos tercios en el Congreso y en el Senado. Cubierto este trámite, se disolverían ambas Cámaras y se convocarían elecciones de forma inmediata. Las Cámaras recién elegidas deberían ratificar la propuesta de reforma, por mayoría simple en el Congreso y absoluta en el Senado. Comenzaría entonces el estudio del nuevo texto constitucional por ambas Cámaras, que sólo podrían aprobarlo tras una nueva votación en cada una de ellas en la que se alcance, nuevamente, los dos tercios de diputados y senadores. Finalmente, el nuevo texto debería ser ratificado en referéndum.

Por lo tanto, serían necesarios 117 diputados para bloquear dicha reforma en el Congreso de los Diputados y 89 en la actual composición del Senado. Ahora mismo, la única formación política que alcanza por sí sola tales números es el Partido Popular, con 134 diputados en el Congreso y 147 senadores.

A pesar del referéndum final, el verdadero momento plebiscitario sería el de las elecciones posteriores a la disolución de las Cortes provocada por la aprobación del inicio del procedimiento de reforma. En tales elecciones, los partidos políticos deberían posicionarse claramente respecto a la aprobación o no del cambio constitucional; si el resultado electoral conformase unas Cámaras capaces de ratificar la reforma con mayorías de dos tercios, entonces sería evidente que la reforma también sería aprobada en referéndum.

Por lo tanto, el momento crucial para detener la transformación del Reino de España en un estado confederal sería votar en tales elecciones a partidos políticos que fueran capaces de sumar la minoría de bloqueo en el Congreso de los Diputados (en el Senado, por su forma de elección, resultaría mucho más complicado alcanzar dicha minoría).

Los 7 redactores de la Constitución Española de 1978; de pie, de izquierda a derecha: Gabriel Cisneros, José Pedro Pérez Llorca y Miguel Herrero, de Unión de Centro Democrático; sentados, de izquierda a derecha: Miquel Roca (Convergència), Manuel Fraga (Alianza Popular), Gregorio Peces-Barba (PSOE) y Jordi Solé Tura (PSUC, federado con el Partido Comunista).

SOY LO QUE VES

Desayunamos temprano, de madrugada, tras el último biberón, mientras Ana Ofelia duerme.

Ella me pregunta si creo en dios.

Supongo que sí, respondo, aunque no tengo muy claro a qué me obliga tal cosa.

Ella quiere que Ana Ofelia crezca en una casa donde se celebre la Navidad. Y quiere explicarle de dónde viene esa tradición. Hablarle de Jesús y de un dios de amor.

No sé qué pensar al respecto. Por un lado, me parece bien. Por otro, me siento raro ante la idea de un Cristianismo a la carta, en el que uno coge del menú lo que le viene bien.

Si algo tengo claro es que ser cristiano es muy complicado. Sobre todo si uno quiere ser cristiano católico. Pero ella no quiere ser católica.

Y yo tampoco.

Según la doctrina de la Iglesia, si yo ahora muriese sin confesión, iría de cabeza al Infierno. Es un hecho objetivo, que no admite dudas dentro de la estructura de principios del Catolicismo.

Pero lo que sí puedo confesar es que dudo profundamente de que mi actual situación vital merezca tal castigo. Y sé que es una duda que me arrastra definitivamente fuera de la Iglesia católica. No doy la talla como católico. Y no me importa.

A mi hija, si le interesa, le contaré qué hay que hacer para ser católico. Insistiendo en las exigencias y en los sacrificios que tal postura existencial conlleva. Pero mi ejemplo será otro.

Así que, desde la perspectiva católica, siempre seré un cristiano de baja intensidad. O un simple hereje. Y es cierto. No doy la talla, porque no me interesa darla. No creo en ella. No me siento concernido por una religión que, en determinado momento de este último año, me dijo: ¿de qué dragones pretendes proteger a esta pobre niña, que vendrá al mundo sin padre ni madre legítimos, sin una verdadera familia, si el dragón más peligroso que amenazará su alma eres tú mismo y tu mal ejemplo?

Me dijo la verdad. La verdad católica. Y he llegado a entender que no es mi verdad. Mi apuesta es otra. Espero que sea acertada. Sólo hará falta morir, para saberlo. Cuando Dios lo tenga a bien. Mientras tanto, seguiré haciendo lo que creo que debo hacer. Tratando de ajustar mis palabras a mis hechos. Sin exigir a los demás lo que yo no soy capaz de dar.

Poder decir, sin dobleces: soy lo que ves.

LA ENFERMEDAD INFANTIL DEL IZQUIERDISMO

El Mundo-Twitter necesita mensajes escuetos e ideas simples. La formación como ciudadano, sin embargo, exige estudio, muchas horas de lectura y análisis, y la paciencia y el rigor suficientes para examinar cada hecho en sus múltiples matices.

El Mundo-Twitter proyecta, en un eco casi infinito, oraciones enunciativas del tipo: el artículo 155 es una reliquia franquista de la Constitución de 1978. No hace falta ser muy leído para saber lo ridícula que puede llegar a ser esta frase. Pero el Mundo-Twitter, saturado de miles de millones de eructos que reclaman atención, apenas parece dejar tiempo para ese mínimo de lecturas que permitan a una ciudadanía mínimamente formada reírse de lo que es meramente ridículo.

Hace años, propuse a un grupo de colegas de la Facultad de Filosofía que montásemos, entre otros, un seminario de estudio de la ley educativa vigente en aquel momento, con el objeto de tener una opinión mejor formada de cara a proponer reformas en la misma. Uno de esos colegas, que ha llegado a ser concejal de un ayuntamiento formando parte de uno de esos partidos de la Nueva Política, me contestó que no valía la pena perder tanto tiempo estudiando en detalle la ley de educación. Nunca entendí aquella contestación.

El pensamiento infantil imperante detecta fascismo en cualquier escenario donde vea proyectado el relato bíblico de David y Goliat. El artículo 155 sería entonces la maza de Goliat para machacar al pobre David catalán. Esta visión es simple, fácil de comunicar y provoca simpatías casi automáticas. Es perfecta para el Mundo-Twitter.

La enfermedad infantil del izquierdismo actual considera que cualquier minoría es buena y cualquier mayoría es mala. Cualquier persona mínimamente formada sabe que bolchevique es una palabra que en ruso significa miembro de la mayoría. Es evidente que el pensamiento de izquierdas no ha sido siempre estúpido y simplón, y ha sabido analizar las situaciones en base a su contenido y circunstancias particulares, tratando de concretar en qué modo y manera era más factible alcanzar la realización de ciertos valores; los cuales, en muchas ocasiones se presentan de forma problemática y contradictoria.

Pero el Mundo-Twitter ha potenciado la tendencia moderna al eslogan. Y los Nuevos Políticos no parecen haber revertido la situación. Al contrario.

El problema es que el rigor, la paciencia y el estudio siempre serán más lentos de lo que el mundo actual requiere. La gente se aburre si tiene que leer algo más largo que un mensaje de Twitter. La lentitud, para la Modernidad, es reaccionaria.

En el año 2011, cuando estudiaba Derecho, hice el siguiente análisis sobre el concepto de soberanía en el marco de la Unión Europea. Espero que resulte interesante, aunque obligue a perder más tiempo que un mensaje de Twitter.

Soberano es aquel que decide sobre el estado de excepción, comenzaba Carl Schmitt su Teología política.

La discusión sobre la relación entre los ordenamientos jurídicos europeo y español -sobre los conceptos de supremacía y primacía-, en definitiva, es una discusión sobre la soberanía; siguiendo con Carl Schmitt, es una discusión sobre quién determina con carácter definitivo qué son el orden y la seguridad pública, cuándo se han violado, etc..

El artículo 5.2 del Tratado de la Unión Europea tiene un significado casi idéntico al de la Décima Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos: The powers not delegated to the United States by the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people. Mientras en los Estados Unidos la Constitución es la que delega poderes al Gobierno Federal, en Europa, los Estados miembros ‘atribuyen’ competencias a la Unión ‘en los Tratados’.

En la Constitución de los Estados Unidos, en su artículo VI.2, podemos leer lo siguiente: This Constitution, and the Laws of the United States which shall be made in pursuance thereof; and all treaties made, or which shall be made, under the authority of the United States, shall be the supreme law of the land; and the judges in every state shall be bound thereby, anything in the constitution or laws of any state to the contrary notwithstanding.

Este artículo es conocido como la ‘Cláusula de Supremacía’. En principio, el contenido no parece muy distinto a la doctrina sobre la primacía del derecho comunitario, expuesta por el Tribunal de Justicia en su sentencia Costa contra ENEL de 1964.

Pero cuando Carolina del Sur declaró su secesión de los Estados Unidos el 24 de diciembre de 1860, lo hizo alegando, entre otras cosas, el incumplimiento por parte de los estados norteños de sus obligaciones federales, pues no cumplían con la Ley de Esclavos Fugitivos (que obligaba a los estados a devolver a sus legítimos dueños a aquellos esclavos huidos que fuesen hallados en sus respectivos territorios).

La llegada de Lincoln a la presidencia dejaba claro que esa ley tenía los días contados. Y ante este desarrollo de los acontecimientos, los estados sureños se negaron a asumir lo que implicaba la ‘Cláusula de Supremacía’, se declararon soberanos de facto, y proclamaron su propia Confederación. Se apelaba a la Resolución de Virginia de 1798 y al ejercicio ‘deliberado, palpable y peligroso’ de poderes que se creía no correspondían al Estado Federal; pero como no había texto legal en el que apoyar que tal situación pudiese conllevar el derecho de secesión, el presidente saliente James Buchanan (que entendía el enfado de los sureños ante el intrusismo de los abolicionistas del norte) declaró la ilegalidad de los actos de separación, al tiempo que admitía que no tenía poder para impedirlos.

Pero Lincoln sí consideraba que tenía dicho poder; y puestas así las cosas, declarada la excepción y la duda sobre quién tiene el poder -quién es soberano-, no pudiendo apelarse a ningún orden jurídico con capacidad para imponerse con los medios de un estado único, comenzó la guerra; para determinar qué derecho tenía la supremacía, es decir: quién tenía la soberanía.

En nuestro caso, es evidente que la supremacía corresponde a la Constitución Española; no sólo porque los artículos 96.2 y 94.1 siguen dejando en manos de las Cortes Generales la denuncia de cualquier Tratado. Sino porque la propia Unión Europea nunca ha pretendido tal soberanía; lo cual se ha hecho explícito tras el Tratado de Lisboa, en la redacción del nuevo artículo 50.1 del Tratado de la Unión Europea: Todo Estado miembro podrá decidir, de conformidad con sus normas constitucionales, retirarse de la Unión.

Por lo tanto, no existe ningún vacío legal que imponga dudas sobre la supremacía. Y el principio de primacía declarado por el Tribunal de Justicia en la sentencia Costa contra ENEL de 1964 no debe entenderse nunca aplicado a discusiones sobre soberanía última, sino sobre la relación a establecer entre actos jurídicos europeos y españoles en lo referente a competencias que han sido atribuidas libremente por los Estados a la Unión. Por lo tanto, sí parece excesivo el celo del profesor Rubio Llorente, presidente del Consejo de Estado, de pedir la reforma de nuestra Constitución para proceder a la ratificación de la Constitución Europea; pues el artículo 50 del actual TUE está basado en el artículo I-60 de aquélla.

Y es que, llegado el caso, si fuese considerada como inasumible por los órganos soberanos del Estado español la acción de la Unión en tales competencias cedidas, siempre quedaría el último recurso de la separación.

Y ninguna laguna legal podría permitir dudar de que el Estado español es soberano para llevar a efecto tal decisión.”

SOBRE EL DIÁLOGO

Al parecer, una de las causas de la actual situación es la ausencia de diálogo entre los diversos actores políticos involucrados en la misma. Según este planteamiento, la discusión racional entre las diversas posiciones enfrentadas implicaría, de suyo y por pura inercia, el logro de una solución correcta del conflicto.

Esta creencia metafísica en las virtudes de la conversación es uno de los lugares comunes de la Modernidad; época caracterizada, sin embargo, por el genocidio, las guerras con pérdidas masivas de población civil y el terrorismo de estado. Dime de qué presumes…

La expresión derecho a decidir es un eufemismo del concepto legal conocido como derecho de autodeterminación. Según cierto sector de la población catalana (y parte del resto de la población española), en base a tal derecho, el censo electoral de dicha comunidad autónoma tendría derecho a votar en referéndum la posibilidad de que ese territorio deje de formar parte del Reino de España. Lo cual no es posible en el actual marco legal. Así las cosas, el derecho de autodeterminación sería un derecho natural del ente político formado por el censo electoral catalán, que el resto de ciudadanos españoles deberíamos aceptar por su autoevidente existencia real.

Pero que tal derecho tenga una superioridad jerárquica sobre el derecho del censo electoral español a decidir la constitución política de toda su geografía actual es cualquier cosa menos evidente de suyo.

¿Por qué razón un habitante de Olot tiene más derecho a decidir el destino político de la ciudad de Barcelona que un habitante de Alcañiz?

Por lo tanto, existe una contradicción fundamental entre dos posiciones políticas: la de aquellos que consideran que el destino político de la comunidad autónoma de Cataluña ha de ser decidido por el censo electoral catalán y la de aquellos que consideramos que tal decisión incumbe a la totalidad del censo electoral español.

Otra cosa es que el censo electoral español decida dar su apoyo a un cambio constitucional que transforme el estado español en una entidad política confederal, en la que a alguno o algunos de sus territorios se les reconozca el derecho de autodeterminación.

Cosa que parece empezar a flotar en el ambiente y que no me extrañaría que se llegase a consumar, teniendo en cuenta la situación actual. Teniendo en cuenta, sobre todo, el grado de delirio sentimental de las masas nacionalistas catalanas, su elevado nivel de organización y la entusiasta entrega a su mitología patriótica particular.

Yo, sin delirio ni entusiasmo de ningún tipo, pediría que alguien me explicara en qué modo sería el mundo mejor con una Cataluña independiente de España.

Pero, como ya he dicho, la creencia mitológica en las virtudes del diálogo lleva ya un par de siglos coexistiendo, curiosamente, con el mayor grado de irracionalidad y salvajismo de la historia humana. Así que nada bueno espero del diálogo de estos actores.

Si Cataluña se independiza de España, no será un triunfo del diálogo y la democracia, sino del delirio sentimental provocado por una mitología que considera mejor a un ser humano que habla en catalán que al que lo hace en castellano. Y que, en su masiva pataleta de niño mimado, obliga a negociar la rendición de una organización política, para mí, claramente mejor y superior.

Pero, a estas alturas de la película, comprenderán ustedes mi total escepticismo con respecto al mito del progreso en la historia.

Nada más peligroso y cutre que una masa de seres humanos.

RECOMENDACIÓN LITERARIA A LOS NACIONALISTAS CATALANES

Perante Castelao e máis Rosalía fun erguer por primeira ves a miña mau cós dedos aferrollados; hoxe por primeira ves fun ergue-la miña vos pra canta-lo poema que Pondal deixáralle ós galegos pra maldeci-los coa imposibilidade de ficar quedos ó ollar coma escarallan a súa patria. Viva Galiza Ceibe [sic]

Escrito en mi diario de 1999, en la página correspondiente al 23 de julio; aunque muy probablemente escrito el día 24.

Tenía 21 años, era estudiante de Filosofía en la Universidad Complutense y acudía por primera vez a Santiago de Compostela para participar en los actos del 25 de Xullo, el Día de la Patria Gallega. Pocas semanas antes me había convertido oficialmente en militante del Bloque Nacionalista Galego.

Nada más fácil para mí, por lo tanto, que ejercer la comprensión imaginativa del nacionalista catalán medio. Sólo tengo que recordar.

Y recuerdo entrar en el Panteón de Galegos Ilustres con el corazón encogido. Algunos compañeros de Galiza Nova (las juventudes del BNG) llevaban flores para adornar las tumbas de Rosalía de Castro y Castelao. Y allí parados, creo que acompañados por el sonido de una gaita, levantamos el puño para cantar el himno gallego, que resonó en las secularizadas paredes de piedra de Santo Domingo de Bonaval. El efecto en mi alma fue apoteósico.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido…

Mi bucle melancólico duró unos cinco años. Para la posterior racionalización de mis sentimientos identitarios resultó crucial la aportación de Santiago Gerchunoff, que me dio a leer un día, en la librería Muga, un pequeño librito de un autor desconocido hasta entonces para mí: un tal Joseph Roth.

Santiago me lo recomendó advirtiéndome antes que igual el contenido me chirriaba, porque era un libro profundamente enfrentado a la idea de nacionalismo. De cualquier nacionalismo.

El libro era El busto del emperador, que se convirtió, junto al propio Roth, en uno de los pilares de mi actual forma de entender la vida. Así que esta entrada es también una forma de dar las gracias públicamente a Santiago, que sigue siendo la persona que más y mejores libros me ha recomendado en el tiempo que llevo dando tumbos por el mundo.

Santiago me había colocado en el alma una bomba de mecha larga, de una potencia parecida a la que tuvieron Houllebecq o Chesterton.

La lectura de Joseph Roth me abrió las puertas de la civilización austro-húngara, a la que tanto admiro y de la que tanto he aprendido. Y que ayudó a elevar mi bucle melancólico a escala metafísica.

Tiempo después, alguna noche encharcada en demasiadas cervezas, le he comentado con agorera tristeza a algún Errante Tabernero que quizá un día nos tocase ser los Joseph Roth de una España muerta y troceada.

Y cantar, a toro pasado, las bellezas ya invisibles de un pequeño universo diverso que se mantuvo plural y múltiple durante unos cuantos siglos, en los cuales los hechos diferenciales se conformaban con ser meros accidentes de todo hijo de Dios.

En los que toda conversación, no por casualidad, fuera en la lengua que fuese, era interrumpida a las doce del mediodía por el sonido de una campana.

CATALUÑA, ESA DIOSA MENOR

Sostengo a Ana Ofelia en brazos, tratando de que eructe, mientras sigo las novedades en Cataluña a través de radio y televisión.

De las muchas imágenes que están produciendo estas primeras horas del día, sin duda la que más me ha llamado la atención es la de ese padre nacionalista que llevaba a su hijo en hombros en Sant Julià de Ramis y que era expulsado de la entrada del colegio electoral, con exquisito cuidado y profesionalidad, por los miembros de la Guardia Civil allí desplegados.

Tengo no poca experiencia en manifestaciones y cargas policiales, así que me resulta evidente que ese padre está arriesgando el bienestar de su hijo.

Lo cual me lleva a preguntarme por sus razones para arriesgar tal cosa.

Y también me hace preguntarme por las razones que a mí me llevarían a arriesgar la vida de Ana Ofelia. Me cuesta trabajo encontrar alguna. Más bien, se me ocurran muchas situaciones en las que mataría por defenderla.

Así que he de concluir que la independencia de Cataluña es más importante para ese padre que la vida de su hijo.

Ese hombre adora a una diosa llamada Cataluña; que le puede llegar a exigir la vida de su hijo, como cualquier Baal del antiguo Oriente Medio.

Nunca me ha caído bien el nacionalismo catalán, ni siquiera en mi época de militante nacionalista gallego. Por la simple razón de que siempre lo he considerado un nacionalismo de ricos. De hecho, uno de los fundamentos de mi postura política en aquella época se sostenía en el atraso económico gallego y en la consiguiente injusticia social que eso suponía para nuestro pequeño país, en comparación con el resto de España. Cosa que jamás ha ocurrido con Cataluña, como sabe cualquiera que haya leído dos libros de historia. Cataluña ha sido siempre una de las regiones más favorecidas de España, franquismo incluido.

En la España actual, además, cualquier gallego, vasco o catalán puede vivir sin problemas en sus lenguas particulares, sin ningún tipo de impedimento; al contrario, con amplio apoyo del dinero público.

Por lo tanto, ese padre arriesga la vida de su hijo para lograr un estado separado del resto de España, que permita que la riqueza material de Cataluña no sea redistribuida con otras zonas de España de menor bienestar económico.

Pero, sobre todo, lo hace para cumplir con el guión de la mitología nacionalista y obtener los réditos sentimentales y heroicos que el relato proporciona a las existencias de sus actores.

Desaparecidos otros dioses mayores, el sentido de las vidas de muchos occidentales ha descendido, desde la explosión romántica de la primera mitad del siglo XIX, hasta esas deidades menores, pero más visibles, llamadas naciones.

Las vacías vidas occidentales, ansiosas de algún tipo de espiritualidad o criterio último existencial, encuentran un modo de vida interesante en esta lucha por la independencia de sus oprimidas patrias.

Y ahí está ese padre, devoto máximo de su profanada diosa, arriesgando la vida de su hijo para mayor gloria de una Cataluña libre, rica, egoísta e insolidaria.

Así que mis oraciones hoy son para todos esos agentes de policía y Guardias Civiles que van a arriesgar sus propias vidas para impedir los caprichos de esa diosa menor.

LA SUPERIORIDAD ESPIRITUAL DE LA CIVILIZACIÓN CRISTIANA

Durante siglos, el poema central en la vida de todo bautizado fue el relato de la Pasión de su Dios. Un Dios de naturaleza humana que encarnaba la verdad de su mensaje, no con el sacrificio de la vida de otros -al modo mahometano-, sino con el sacrificio de la vida propia.

A través de su dolor, a través de su forma de dar sentido al dolor, Jesús de Nazaret regaló una potencia inigualable a los afanes de sus seguidores.

Presente su recuerdo constante en la existencia cotidiana, todo bautizado alcanzaba a ver la figura de su Dios sufriente tras el velo de los problemas de cada día. En la vejez de los padres, en la lejanía de los esposos, en la enfermedad de los hijos, siempre brillaba humilde la verdad profunda de un Dios que había sufrido como ellos.

Y una frase fue repetida en millones de ocasiones: “si Él soportó lo que soportó en este mundo, ¿no voy a ser yo capaz de soportar esta pequeña tribulación que me entorpece?”

Una y otra vez, millones de hombres y mujeres, durante siglos, fueron capaces de superar los afanes de su existencia apelando al ejemplar sacrificio supremo de su Dios.

Pues no hay nada semejante a la fe del cristiano para soportar y dar sentido al dolor, que siempre nos acaba alcanzando en la vida.

El budista hace todo lo posible para estar por encima del dolor.

El musulmán lo acepta sumiso porque su dios lo quiere.

Sólo el cristiano se abraza a su dolor como la clave de bóveda de su existencia, como el momento cumbre de su vida. Hace de soportar el dolor propio una artesanía majestuosa; cauce para la limpieza de su alma corrompida y mil veces caída; patética y crucial antesala del Paraíso. El cristiano fiel espera deseoso el trance de la prueba para saber de qué está hecho realmente.

Una civilización forjada con esta clase de hombres y mujeres es indestructible.

A no ser que esa civilización deje de creer en ese Dios. Que es precisamente lo que lleva ocurriendo desde hace un tiempo.

Pero ese avance de la incredulidad no es gratis.

¿A quién puede extrañar que la depresión se extienda como una pandemia por Occidente, si cada vez está menos presente el cristianismo en su vida espiritual? En esta época en la que somos educados para vivir en un interminable parque de atracciones, ¿qué sentido puede tener soportar las penurias de la vida?

Mas, ¿qué vida hay que no tenga que soportar, al fin y al cabo, una buena cantidad de penurias?

Surgen psicólogos, motivadores, expertos en coaching y mil supersticiosas parafernalias más para intentar evitar el derrumbe generalizado. Parches inútiles.

Sin el impulso de su creencia cristiana, Occidente es una cáscara vacía, que no tardará en ser ocupada por algún otro contendiente espiritual de auténtica altura civilizatoria.

El Islam, por ejemplo.

Pero que no se entiendan estas palabras como una exhortación política, como un plan de regeneración concebido para poner en marcha no se sabe qué movimiento social. Son sólo las reflexiones de un cristiano débil, que sabe que no hay lucha más importante que la que uno porta dentro de su propia alma.

Que, como decía don Nicolás, no se puede demostrar, ni convencer, sino invitar. Y que no hay mejor invitación que el ejemplo inigualable.

EL DEMONIO DE LA MELANCOLÍA

Probablemente, toda melancolía tiene su origen primero en la pérdida de la forma de sentir el paso del tiempo en la infancia.

Esa irrecuperable profundidad y anchura de los minutos y las horas. El interminable espectáculo de los días. El pormenorizado detalle de los instantes.

Con qué amable diligencia accedía la luz de un determinado paisaje a su contemplación extática.

La misteriosa y embriagadora animación de todo lo que existe -el niño siempre es politeísta, su mundo está repleto de dioses-. Esa plena sensación de vivir agradablemente sumergido en el mundo, ligado por mera intuición a sus más inasibles y fascinantes secretos.

Permanecen en nuestra memoria, como si hubiesen sido largas reflexiones de sobremesa adulta, momentos que seguramente no llegaron a suponer más que fugaces interrupciones de lo cotidiano.

Creo que era Hegel el que veía en el relato de la expulsión del Paraíso, en el libro del Génesis, la descripción mítica del surgimiento de la autoconciencia adulta en toda vida humana. El paso del niño al hombre. El paso quizá, más ancestral aún, del animal al hombre.

En determinado momento, tras una acción que apenas era otra cosa que un juego más, la mirada cambia. Y el niño se descubre desnudo. Su mirada ha cambiado, sin querer. Una maldición parece haber caído sobre el mundo alrededor y donde antes veía dioses, ahora empieza a ver demonios.

El niño se descubre desnudo y en su debilidad recién descubierta, en su repentino hallarse a la intemperie, en la frialdad de un mundo antes cálido, el tiempo se presenta ante él no como una circularidad lúdica, sino como una amenaza constante de quiebra definitiva.

Toda acción va ya preñada con la posibilidad de una nueva caída, de un nuevo error. Durante el resto de nuestra existencia, el retorno a ese jardín infantil queda vedado por la presencia de dos ángeles armados con espadas llameantes.

Nada vivo puede regresar.

Probablemente, toda melancolía tiene su origen en la pérdida de la eternidad que gozamos siendo niños.

Pero nuestra principal tarea como hombres quizá sea vivir con dignidad ese exilio, que es la misma esencia de nuestra condición humana.

El recuerdo melancólico de lo perdido siempre hará del mundo presente un lugar peor. Es por ello que la melancolía necesita ser domesticada, como cualquier otro demonio.

En los últimos años de su larga vida, mi bisabuela era incapaz de recordar lo que había hecho cinco minutos antes, pero podía hablar durante horas sobre sus recuerdos de infancia.

Si insistimos demasiado en querer vivir como niños, la existencia adulta se volverá insoportable. En la superación de sus durezas, en resistir sus fríos, en aguantar de pie sus golpes, es donde el hombre puede hallar satisfacción y alegría de vivir. ¿No son esas las historias que nos gusta leer y escuchar? ¿No son esos los ejemplos que nos gustaría imitar?

Volver al Paraíso ya no está en mis manos. Sólo asumirme como desterrado y dar amor a mis compañeros de viaje, tan desamparados como yo.

Seguir aprendiendo a mirar con indiferencia el revoloteo de la melancolía, cuando la jornada ya claudica en sus horas más agotadas.

FANTASÍA DE UNA FEMINISTA COHERENTE

Entraron en el recinto cuando el imán contaba, por enésima vez, la anécdota en que Mahoma le explicaba a aquella mujer vestida de manera inapropiada cómo debía hacerlo:

-…y el Profeta le dijo: ¡Oh, Asma!, una vez la mujer alcanza la edad de la menstruación ninguna parte de su cuerpo ha de ser vista salvo esto… Y el Profeta le señaló la cara y las manos…

Sus manos se deslizaron bajo las cazadoras. Dos se quedaron en las primeras esquinas, mientras el resto seguía caminando con calma hacia el estrado. Los hombres observaban sin entender aquella irrupción. El imán, concentrado, siguió perorando sin darse cuenta de lo que sucedía.

-…porque Dios ha querido proteger a las buenas musulmanas de las debilidades del hombre y es por ello que les concede la posibilidad de taparse y evitar así las intemperancias masculinas…

La figura que dirigía la marcha se descubrió la cabeza, dejando caer una bella melena rubia hasta la altura de las caderas. Con la otra mano apuntaba hacia la cabeza del imán. Los gritos brotaron de la concurrencia. Mientras tanto, las otras figuras descubrían también sus cabezas y apuntaban con sus armas a la multitud histérica.

La mujer rubia subió al estrado y se quedó mirando directamente a los ojos al imán, a pocos centímetros de su cara. Un hombre intentó levantarse, gritando, para protegerlo; pero una de las mujeres se acercó rápidamente y le disparó en la rodilla. El hombre cayó de nuevo al suelo, gimiendo y agarrándose la herida con las dos manos, mientras el resto de hombres se apretujaba aterrado contra las paredes, vigilados por las otras mujeres.

El imán observaba catatónico los gestos de dolor del hombre baleado, sin percatarse de que la mujer rubia se estaba desnudando de cintura para arriba. Al quedar sus pechos al aire, el imán se tapó los ojos con las manos. Nuevos gritos e insultos arreciaban desde los montones de hombres.

La mujer rubia apoyó el cañón de la pistola en la frente del imán.

-Abre los ojos -dijo.

El imán seguía con las manos en la cara. Otro hombre intentó acercarse. En esta ocasión, la bala le atravesó el cráneo y se incrustó en la pared. El suelo empezó a encharcarse de sangre, en la que intentaban no mancharse los más cercanos, ahora sí definitivamente silenciosos.

-Abre los ojos -insistió la mujer rubia.

Como el imán no obedecía, la mujer le golpeó con la culata en un lateral de la cabeza. El hombre dobló una rodilla.

-Abre los ojos.

El imán apartó temeroso las manos, pero seguía sin dirigir la mirada hacia la mujer. Así que ésta decidió agacharse para hablar de nuevo con él cara a cara.

-No necesito que tu dios me proteja -dijo ella-. Si tu ojo te hace pecar, arráncatelo. Y si no eres capaz de arrancártelo, yo te ayudo.

La mujer se irguió y disparó dos veces al imán, una en cada ojo.

Después se dirigió al centro de la estancia. Desde allí miró a su alrededor con parsimonia.

-No os daremos paz hasta que acabe el mundo. Vosotros o nosotras. Y hoy ganamos nosotras.

Levantó su arma y comenzó a disparar a discreción, como el resto de sus compañeras.

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

plan zeta

apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester