El sosiego acantilado

NON MEA VOLUNTAS

PORQUE UN NIÑO QUE NO ES MÍO

“Ayer, domingo, África parecía África. No siempre ocurre. Más bien, ocurre muy pocas veces. El consabido azul y un sol sin misterio: África parecía África, y yo paseaba por Cartago. Al fondo, el luminoso mar de las trirremes. ¡Y es tan fácil recordar a Dido en Cartago! ¡Pobre reina Dido! ¡Cómo destruye el amor, si es amor! De ella, me fue sencillo saltar a Lucrecio… ¡El consuntivo, el inasible amor! Y de Lucrecio, a unos versos de Rilke y a una frase de Levinas (La caricia es solicitar lo que sin cesar se escapa de su forma hacia un porvenir…). ¡Las hambrientas caricias! Y así sucesivamente. En fin, caóticas e inútiles divagaciones de un paseante ensimismado. Algo vale que, en Cartago, también resulta fácil recordar a san Agustín. Los santos son realistas y prácticos, y se sirven del camino recto. Y san Agustín vino a sacarme de todos esos pensamientos que no conducían a nada. Lo hizo con una sola palabra: retractaciones. ¿Por qué no hablar de los errores que has profesado y de las cosas que has defendido y no merecía la pena defender? No me refiero a los errores juveniles, sino a esos otros en los que se insiste cuando ya no hay disculpa. Porque eso, honrar la verdad, siempre será útil.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 142-143.

BLANCA, FRÍA, INERTE

“Murió abuela Pacucha. Una llamada en el móvil: mi madre. Corriendo, desde el videoclub. La puerta de casa abierta. Mi madre llorando, sola, como una loca. Fui hasta el cuarto de la abuela. Sí: aquella cara blanca, fría, inerte. Estaba muerta, sin duda. Y el día se repitió igual que el año pasado. Ir a buscar a la doctora, esperar por ella para que firme los certificados de defunción, quedar a la espera de la familia… El Puerto de Santa María en movimiento desde el principio. El tío cogiendo un vuelo. Voy a buscarlo, con Fran, al aeropuerto. Vecinos, amigos, compañeros de partido… yendo y viniendo, entrando y saliendo, hablando y callando… móviles y fijos que no dejan de sonar una y otra vez… intentaremos seguir su ejemplo de entrega y esfuerzo para con los suyos. Estás en nuestro corazón, abuela Pacucha.”

Escrito en mi diario el 14 de noviembre de 2003 (traducido del gallego original).

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SON PERSONAS Y NO PERSONAJES

“Hoy he vuelto a ver The long gray line (1955), estrenada en español bajo el título de Cuna de héroes (¡qué triste destino para una metáfora tan evocadora!). Me ha ocurrido lo que siempre me ocurre cuando veo una película de John Ford, que no quería que terminase. Justo lo contrario de lo que me pasa cuando veo cualquier otra película, incluso si, por azar, me gusta. No quería que terminase: quería permanecer más y más tiempo frente a esa larga línea gris del deber, el honor y la abnegación; quería seguir viendo a esos hombres y mujeres que, como todos los de Ford, son personas y no personajes; que hablan, ríen y lloran frente a una cámara que los respeta situándose a cierta distancia y a la altura de sus ojos; quería seguir viendo uno de esos raros milagros que nos ha ofrecido el arte del siglo veinte y justo de la mano de alguien que nunca consideró que lo que hacía fuese arte.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 108-109.

VUESTRO EN CUERPO Y ALMA

He llegado al punto en el que paso largos períodos de tiempo mirando fijamente tu retrato y los retratos de los demás miembros del Politburó en los periódicos con una sola idea en la cabeza: amigos míos, por favor, mirad en el fondo de mi alma, ¿será posible que no veáis que ya no soy vuestro enemigo, que soy vuestro en cuerpo y alma, que lo he entendido todo y que estoy dispuesto a hacer cualquier cosa por merecer vuestro perdón y vuestra compasión?

Carta escrita por Grigori Zinóviev a Stalin el 14 de abril de 1936, durante los interrogatorios que concluyeron con su condena a muerte por terrorismo; citado en La casa eterna. Saga de la Revolución rusa, de Yuri Slezkine; Acantilado, 2021; pg. 1065.

Stalin, Rýkov, Zinóviev y Bujarin (20 de septiembre de 1924); los tres últimos fueron ejecutados durante las purgas de los años 30.

PERDIDO ANDO, SEÑORA, ENTRE LA GENTE

Mesanza, al presentar el siguiente soneto del poeta-guerrero Francisco de Figueroa, comenta: …Jorge Manrique dice estar “sin Dios, porqu’en vos adoro”, que es otra forma, sincera también y dramática, de declarar que, tratándose de amor, el alma se enfrenta a un peligro mortal.

Perdido ando, señora, entre la gente
sin vos, sin mí, sin ser, sin Dios, sin vida;
sin vos, porque no sois de mí servida,
sin mí, porque no estoy con vos presente;

sin ser, porque de vos estando ausente,
no hay cosa que del ser no me despida,
sin Dios, porque mi alma a Dios olvida
por contemplar en vos continuamente;

sin vida, porque ya que haya vivido,
cien mil veces mejor morir me fuera
que no un dolor tan grave y tan extraño.

¡Que preso yo por vos, por vos herido,
y muerto yo por vos desta manera,
estéis tan descuidada de mi daño!

La calle de la Reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pgs. 70-71.

PETISUÍS AFILADOS

La nena dijo que la carita del petisuís era de un pato, no de un dinosaurio, y un castillo en el aire se derrumbó sobre mis pulmones.

El amor es un dios terrible: hasta el más inofensivo de los objetos puede acabar cortando como puñal.

Al paso de tu hermoso caminar, se ha poblado el mundo de minas que en cualquier momento puedo pisar, y que explotarán allí donde mi garganta trafica con sangre.

Pero el amor es un dios terrible: queriendo ser amador, te puede rebajar a mero amante.

Así que soportaré todas las aristas con las que afilaste mi mundo, pues prefiero cicatrices honestas a amores ocultos.

MÁQUINAS Y NARANJOS

Pienso en el tipo de historias que me atraen últimamente. Pequeñas historias de amor y bondad.

Pequeñas, por colaterales. Relatos secundarios de tragedias épicas. Como las vidas de los guerreros que lucharon en Troya, caudal incesante del teatro griego.

Tragedias épicas que podríamos resumir con exquisita precisión: la Historia humana.

En esos cuentos que me importan, las personas perseveran sitiadas por la muerte, la desconfianza y las múltiples lejanías que la vida nos acumula. El menú típico de toda existencia humana, en cualquier tiempo y lugar.

A veces, la virtud que embellece un relato es tan efímera, que su representación es en sí misma una declaración de intenciones. Una declaración del inmenso dolor y miseria de toda vida humana: y de su perenne posibilidad de redención. Es en la artesanía adecuada de esos componentes oscuros donde el ser humano ofrece atisbos de luz para su prójimo.

El prójimo. Que puede ser cualquier otro ser humano. Varios continentes más allá. Varios milenios más tarde.

En la extraña deriva del mundo, me hablas de casas donde refugiarnos. De que las máquinas nos escuchan mientras estamos entre naranjos. Y entonces recuerdo que nosotros formamos parte de la extraña deriva del mundo, que somos pequeños cuentos colaterales de una gran tragedia épica, llamada Historia humana.

Pero en tus palabras, en tus ojos y en tus brazos, al menos por unos breves instantes -la fina eternidad del mortal-, me siento redimido y a salvo.

Como en una de esas historias que tanto me atraen últimamente…

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SUELO DE OTOÑO

El verano se malgastó en una vida anterior. Ni siquiera es su principal deseo.

Es como el suelo de otoño, que ansía el verdor de las altas copas, y sólo recibe agotadas hojas amarillas.

Aún así, implora el paso de un viento fuerte, que vacíe las ramas, y le alcance una última tibieza de hojarasca.

“Árboles de otoño”, de Egon Schiele (1911)

¿DE QUÉ ESTÁ HECHA LA POESÍA?

“¿De qué está hecha la poesía que se puede leer? De obsesiones, sin duda. Y de pasión. Si no se cree con obstinada pasión en algo muy concreto o si no duele no creer en nada, no hay poesía. Si sólo se cree en vaguedades, como la belleza ideal, la Humanidad (con mayúscula y sin rostro) o la bondad de la naturaleza, no hay poesía. Menos aún, si se manejan con maniqueísmo esas abstracciones. ¿De qué está hecha? De inconsecuencia, sin duda. De fe y de pasión traicionadas. De conciencia de la propia traición. No vale estar satisfechos. Creer y estar satisfechos de creer: eso no sirve, porque ahí no hay obstinación ni pasión, sino un estado amorfo del alma, sin historia, sin sangre, sin sacrificio. Y lo que menos sirve es que la Poesía (así, abstracta y también con mayúscula) obsesione más que cualquier otra cosa. La obstinada pasión por la Poesía está detrás de toda la poesía que no se puede leer.”

La calle de la reina Ester, de Julio Martínez Mesanza; Rialp, 2017; pg. 21.

“Testing the Water”, de Kim Kogan (2009)

IRRADIAR BELLEZA

“Su mirada fue atraída por el lomo brillante de un escarabajo, que había estado inmóvil en el alféizar y ahora avanzaba decidido a entrar en la habitación. Dos franjas rojizas recorrían a lo largo su concha ovalada verde y oro. Movía sus antenas con cautela al avanzar, y todo su aspecto recordaba a Kiyoaki las minúsculas maravillas de un joyero. En medio del remolino destructor del tiempo, qué absurdo era que tan insignificante animalillo tuviera que resistir por sí mismo en su inseguro mundo. Mientras lo observaba iba gradualmente quedando fascinado. Poco a poco el escarabajo se acercaba más a él. Su cuerpo resplandecía como si quisiera dar la impertinente lección de que cuando se atraviesa un mundo, cualquiera que fuese, lo único importante es irradiar belleza. Supongamos que él estaba calculando en semejantes términos su propia armadura protectora frente al mundo. Estéticamente, ¿era tan bello como aquel escarabajo? ¿Y lo bastante fuerte para confiar en una defensa tan buena como el caparazón del escarabajo?

En aquel momento, casi se sintió persuadido de que todo lo que le rodeaba (los árboles, sus hojas, el cielo azul, las nubes, los tejados) estaba allí simplemente para servir al escarabajo, que en sí mismo era el eje y núcleo central del Universo.”

Nieve de primavera, de Yukio Mishima; Alianza, 2017; pgs. 219-220.

“Mañana en el monte Tsurugi”, de Hiroshi Yoshida (1926)

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