El sosiego acantilado

non mea voluntas

SERVIR Y PROTEGER

Lo veo pasar, de la mano de la compañera que se encarga de tramitar los asuntos de violencia doméstica, mientras meto en cajas los expedientes que hoy toca archivar.

El chaval tiene seis años. Otra compañera me ha hablado de él, mientras tomábamos el café de media mañana. Se ha pasado una hora haciéndole compañía. Estaba muy emocionada, porque el niño la ha dibujado. Me cuenta que es un pedazo de pan.

Esta compañera estaba de guardia cuando han traído el niño al juzgado. Antiguas cicatrices adornan la piel de su cara. Me dijo algo del padre; algo de su cinturón.

Mientras esperamos la llegada de los Servicios Sociales, mis compañeras entretienen al chaval, que parece bastante contento de encontrarse en su compañía. De no encontrarse en otras compañías.

El trato cara a cara encarna lo mejor de este trabajo, aquello que da sentido al frío leviatán burocrático del que formamos parte. Nos recuerda, al mirar a los ojos del que necesita justicia, que somos felices cuando podemos llevar a cabo la esencia de nuestro oficio de funcionarios: servir y proteger a los más débiles.

LEYENDAS DE LA VORÁGINE

Comían sentados sobre viejos troncos de árboles derrotados. A pocos metros, comenzaba la escalera natural que descendía por toda la fachada del acantilado hasta las dunas.

La mujer comía muy despacio, prestando más atención a lo que le daba vueltas en la cabeza que al arroz de su táper. El hombre lo hacía con ligereza, como preocupado por no perder demasiado tiempo en el asunto; su mirada volvía una y otra vez a la línea de bosque que estaban a punto de dejar atrás.

-No creo que creas realmente en tu dios -dijo ella, dejando la cuchara llena de arroz en el plato.

El hombre siguió masticando, con la mirada fija en los árboles.

-No harías lo que haces, si aún creyeses en él… -insistió ella, con tono socarrón.

El hombre bajó la mirada hasta el arroz y llenó otra cuchara.

-Además, a tu dios no creo que le guste tu pasión por las armas; no es coherente.

El hombre dirigió una rápida mirada hacia el lugar en que ella estaba sentada. Sus mandíbulas se detuvieron. Ella hizo un gesto de satisfacción, al ver la tensión en la cara del hombre; pero cambió la expresión al ver que el hombre hacía un rápido movimiento con la mano hacia su pistola.

Antes de que ella pudiese empezar a gritar, la cabeza de la serpiente explotó llenando su arroz de restos sanguinolentos.

Mientras ella respiraba apuradamente con los ojos muy abiertos, el hombre se levantó y vació el táper de ella. Le dio el suyo, en el que aún quedaba algo de arroz, y se acercó hasta el borde del acantilado para tirar el táper húmedo de veneno.

La mujer intentó comer algo más, mientras miraba el cuerpo descabezado de la serpiente a escasos centímetros de su pie derecho.

ÉXODO

El acantilado se alza sobre un océano de arena. Bajo la sombra del último árbol, el hombre observa de izquierda a derecha el blanco infinito puesto a hervir por un sol omnisciente.

La mujer aún duerme, tumbada a escasos metros sobre un lecho de musgo. El hombre puede oír su respiración, agitada. Sueña. Otra vez.

Se acerca al borde del acantilado y apunta con el rifle. Pero no dispara. Sólo usa la mira para buscar algo en las paredes de roca: alguna forma de bajar a las dunas. Algún camino hacia el desierto.

Su vista queda fija en un punto. Baja el rifle. Vuelve a subirlo, vuelve a mirar. Ese punto.

Se acerca de nuevo a los árboles. Deja el rifle apoyado entre dos piedras y se sienta en el suelo. Saca algo de la mochila y come. La mira. Escucha su respiración, como si pudiese adivinar en ella el argumento de sus pesadillas.

Se despierta, sobresaltada. Se miran. Ella trata de sonreír.

-Estaba soñando… -balbucea-. Menos mal que me he despertado…

El hombre empieza a recoger el pequeño campamento.

-¿Nos vamos ya? -pregunta ella.

El hombre asiente con la cabeza.

-¿Al desierto? -vuelve a preguntar, con un mínimo gesto de alegría.

El hombre vuelve a asentir, sin mirarla, mientras se pone su mochila.

-¿Estás seguro? -insiste, poniéndose delante de él y mirando a unos ojos que miran más allá del abismo.

Como única respuesta, coge la mochila de ella y comienza a andar. Hacia ese punto.

Ella le ve andar unos metros y después se echa a correr tras él. A saltitos, casi contenta.

Salen de la sombra de los árboles, para dejarse iluminar por un sol moribundo. El aire ha dejado de arder, ya no duele respirarlo. Los tonos rosáceos del cielo que anochece declaran una tregua para el mundo.

El rostro del hombre parece relajarse un poco, como si ya hubiese aceptado que la única manera de cruzar este desierto es caminar entre tinieblas.

HASTA AQUÍ

Últimamente, me he descubierto repitiendo varias veces la misma frase: ¿no hay problemas más graves de los que ocuparse?

Me pasó al leer la noticia sobre un aspirante a gobernar España que pedía la supresión de la retransmisión dominical de la Santa Misa. Y me ha pasado al enterarme de que la Fiscalía se dedica a investigar los chistes sin gracia de una estudiante de 21 años.

Evidentemente, hay problemas mucho más graves de los que ocuparse. Pero me temo que todo el mundo tiene bastante claro, más de lo que se atrevería a admitir en público, que esos problemas hace tiempo que han quedado fuera del alcance de cualquier acción política humana.

Así que los jóvenes rebeldes españoles se dedican a hacer chistes sobre personas muertas hace 40 años, la Fiscalía española se dedica a perseguir a tales peligrosísimos individuos y los grandes revolucionarios españoles se dedican a la crítica televisiva.

Todo para aparentar que se está haciendo algo. Que se pueden poner vallas en el avance del huracán en el que el planeta vive.

En una conocida entrevista realizada por la revista Der Spiegel a Martin Heidegger, en septiembre de 1966, el periodista le preguntó al filósofo si los individuos podían aún influir con sus acciones en la maraña de necesidades inevitables en la que todos estamos atrapados actualmente. En su respuesta, Heidegger incluyó esta famosa frase: sólo un dios puede aún salvarnos.

Yo creo que Heidegger tenía razón, aunque él no estaría de acuerdo con el contenido que yo le daría a su dios.

Mi buen amigo, el sacerdote católico Gabriel, tiene una forma muy gráfica y bella de expresar el adecuado ámbito de las acciones humanas: extiende su brazo derecho en toda su longitud y dice, moviendo la punta de los dedos: hasta aquí.

Ocúpate de tu gente más cercana. Que tampoco puede ser mucha, si es que le quieres prestar la debida atención.

Y, sobre todo, peléate contigo mismo.

He ahí lo que un hombre puede hacer.

Para todo lo demás, que Dios nos ayude.

…de hecho, que nos ayude sobre todo en nuestros pequeños afanes de cada día.

MUERTE DIGNA

“De pronto, a una orden del rey, Crinblanca se lanzó hacia adelante. Detrás de él el estandarte flameaba al viento: un caballo blanco en un campo verde: pero Théoden ya se alejaba. En pos del rey galopaban los Jinetes de la escolta, pero ninguno lograba darle alcance. Con ellos galopaba Éomer, y la crin blanca de la cimera del yelmo le flotaba al viento, y la vanguardia del primer éored rugía como un oleaje embravecido al estrellarse contra las rocas de la orilla, pero nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Orome el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. Pues llegaba la mañana, la mañana y un viento del mar; y ya se disipaban las tinieblas; y los hombres de Mordor gemían, y conocían el pánico, y huían y morían, y los cascos de la ira pasaban sobre ellos. Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la Ciudad.

[…]

¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído
y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante
llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama!

El Señor de los Anillos. El Retorno del Rey, de J.R.R. Tolkien; Minotauro, 2001; pgs. 137, 145.

NO ES ÉSA MI DOCTRINA

“En la inmensa mayoría de las cuestiones cuyo discernimiento nos importa, no obtenemos más que verosimilitudes, aproximaciones. Desesperar de tal circunstancia, es desesperar de ser hombre, siendo aquélla una de las leyes más inflexibles de nuestra naturaleza. ¿Se sigue de ello que el hombre no debe actuar en ningún caso, porque nunca puede estar seguro de nada? Ciertamente, no es ésa mi doctrina.”

Carta de Alexis de Tocqueville a Charles Stöffels, escrita en Filadelfia, el 22 de octubre de 1831; en Tocqueville. Lettres choisies. Souvenirs, Gallimard, 2003; pg. 240 (traducción propia).

Retrato de su mujer, hecho por Jeremy Lipking (2016)

LA INTUICIÓN DE LA EXPERIENCIA

Noticia del Hollywood Citizen-News, 24 de febrero de 1955: ‘Raymond Chandler, conocido autor de novelas policiacas, fue dado de alta hoy de la guardia psiquiátrica del hospital condal de San Diego, donde fue internado tras un aparente intento de suicidio. La policía informó que Chandler había estado bebiendo sin cesar desde la muerte de su esposa en diciembre.’

Carta a Roger Machell
5 de marzo de 1955

Todo está bien en mí, o tan bien como podría desearse. Sinceramente, no podría decirle si realmente me proponía hacerlo o si mi inconsciente puso en escena un dramón barato. El primer disparo salió sin que me propusiera disparar. Nunca había usado la pistola, y el gatillo era tan liviano que apenas lo toqué para poner la mano en posición cuando se disparó, y la bala rebotó en las paredes de azulejos de la ducha y salió por el techo. Igualmente podría haber rebotado en dirección a mi estómago. La carga me pareció muy débil. Esto se confirmó cuando el segundo disparo (el que debía hacer el trabajo) no salió. Los cartuchos tenían cinco años y supongo que en este clima la carga se había descompuesto. En ese punto perdí el conocimiento… No sé si será o no un defecto emocional, pero no tengo absolutamente ningún sentimiento de culpa ni siento la menor vergüenza por encontrarme con gente en La Jolla que sabe qué sucedió. Lo emitieron por radio aquí. Recibí cartas de todas partes, algunas amables y simpáticas, otras severas, algunas tontas más allá de lo creíble. Recibí cartas de policías, activos y retirados, de dos funcionarios de Inteligencia, uno en Tokio y uno en March Field, Riverside, y una carta de un detective privado en actividad en San Francisco. Todas estas cartas decían dos cosas: 1) que deberían haberme escrito mucho tiempo antes porque yo no sabía cuánto habían significado mis libros para ellos, y 2) cómo es posible que un escritor que nunca fue policía haya llegado a conocerlos de modo tan preciso y retratarlos con tanta exactitud. Un hombre que había servido veintitrés años en la policía de Los Ángeles decía que podía nombrar a prácticamente cada policía que yo he descrito en mis libros. Parecía pensar que yo los había conocido realmente. Esta clase de cosas me hizo dudar un poco porque siempre había creído que si un policía o detective de la vida real leía una novela policiaca, no podía sino reírse con desdén. ¿Quién fue (Stevenson posiblemente) el que dijo que la experiencia es en gran medida cuestión de intuición?”

El simple arte de escribir. Cartas y ensayos escogidos, de Raymond Chandler; Emecé, 2004; pgs. 252-253.

ALL THE LONELY PEOPLE

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra. Media hora para cruzar dos calles. Toda la mañana para ir hasta el súper y volver a casa. Su vejez es demasiado lenta para el mundo que ha crecido alrededor.

Y la misma inquietud de todos los días en la cabeza: ¿quién les ayudará a subir la compra hasta su piso sin ascensor?

¿Cómo ha ocurrido, esa soledad? ¿Se lo preguntarán ellas? ¿O ya han dejado de preguntárselo?

Hijos demasiado ocupados con la vida moderna para hacerse cargo.

O amores que nunca llegaron a cuajar. Abandonos, quizá.

O la decisión de afrontar una vida solitaria cuando aún no se sabe lo que es la vejez.

Ahí vienen, empujando sus carros de la compra: miles de Sísifos arrugados, a punto de ser aplastados por la piedra que les castiga.

A muchas aún me las encontraba en las misas vespertinas de las diversas parroquias de Cuatro Caminos. Aguantaban su soledad porque, en realidad, no estaban solas.

Pero los nuevos solitarios se dejarán atropellar por sus carros de la compra.

DÍA DE CAMPO

Varios zapateros se perseguían sobre la superficie del río. El día no había conocido nubes. Un tapiz azul se percibía tras las ramas de los árboles. Una niña y un niño conversaban sentados junto al agua.

-Si respiro muy lentito, puedo llegar a controlar los latidos de mi corazón. A veces, he conseguido que se detenga durante varios segundos.

El niño la miró con fascinación asustada.

-¿Por qué te gusta que tu corazón deje de latir? -preguntó.

La niña desvió la mirada hacia el lugar donde jugaban los zapateros.

-Porque cuando se acelera, siempre acaba doliendo mucho… -musitó.

El niño se quedó por unos momentos con la mirada clavada en el suelo. El sol poniente esparcía reflejos dorados sobre al agua casi inerte.

-Pero eso es como morirse… -dijo el niño en un susurro.

La niña volvió a mirarle. Una lágrima dorada se deslizaba lentamente por la mejilla del niño, que seguía con la mirada perdida en la tierra húmeda.

La niña le agarró la mano. También ella lloraba silenciosa.

El sol acabó de esconderse tras la bella pared rocosa de la otra orilla, esculpida con paciencia por el río durante eones.

El día de campo había terminado. Pero el niño no quería volver a casa.

SI TE DEPRIMES, NO CONDUZCAS

Aprovecho los tiempos muertos en el archivo para hacer tests del examen teórico del carné de conducir.

Justo enfrente se sienta mi compañero, que trastea en su ordenador, del que sale música de Radio 3.

El día anterior le había comentado que me llamaba la atención la gran cantidad de preguntas que hacían los tests sobre la depresión. Supongo que las estadísticas que maneja la DGT muestran que cada vez tiene más influencia en los accidentes de tráfico; por eso salen tantas preguntas al respecto, le dije. De hecho, muchas de las preguntas parecen destinadas a que el futuro conductor sepa qué precauciones debe tomar si acaba sufriendo esa enfermedad.

Mientras hacía uno de los tests, volvió a salir otra pregunta sobre el tema. Me llamó la atención el enunciado y se lo leí a mi compañero:

La depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…

Mi compañero no dijo nada.

-La pregunta que a uno le suscita inmediatamente tal aseveración es: ¿por qué la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas…? -comenté.

Mi compañero siguió sin decir nada.

Pero la pregunta permanece, molesta, como un borrón gris en el arco iris de plástico de la Modernidad triunfante: ¿por qué en este primer mundo que nos hemos fabricado a imagen y semejanza de nuestros más insospechados deseos, la depresión es una enfermedad que cada vez sufren más personas?

¿Por qué?

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Peripecias de un aprendiz de campesino

El perfil menos humano

“En aquella idea vaciaba, como en un molde, todo lo bueno que ella podía pensar y sentir; en aquella idea estampaba con sencilla fórmula el perfil más hermoso y quizá menos humano de su carácter”

La saga de Dashiell

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A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester