El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

EL GRUPO PRISA ES CÁNCER

Hablaba ayer del buen periodismo ya casi desaparecido y hoy toca hablar del “periodismo” realmente existente.

Veo en la edición digital de El País este artículo; el título me resulta tan ridículo que me veo obligado a leer el resto del panfleto.

Juntar en un texto el nombre de Yiannopoulos con los epítetos homófobo y racista tiene el recorrido siguiente, que yo les voy a contar, por si no lo saben: Milo Yiannopoulos está casado con un hombre de raza negra.

Porque Milo Yiannopoulos es homosexual, a pesar de considerarse también católico. Es uno de los personajes más contradictorios e interesantes de los que han tomado parte en las guerras culturales del occidente anglosajón.

Desde mi punto de vista, Yiannopoulos es una persona extraordinariamente inteligente y, al mismo tiempo, posee un ego que roza el desorden psicopático; pero reducir a individuo tan peculiar y poliédrico a la vulgar categoría de ultraderechista (palabra que, a este paso, va a servir para definirnos a todos y, por lo tanto, para no definir nada) es para que el juntaletras que ha escrito este bodrio sea condenado al infierno de la estupidez eterna.

Si quieren conocer un poco mejor al señor Yiannopoulos, les recomiendo esta entrevista mantenida hace no mucho con Jordan Peterson. Seguro que les servirá para hacerse una idea más cercana a la verdad de quién es Milo Yiannopoulos. Porque el artículo de El País sólo sirve para vivir en una realidad muy simple y muy falsa.

RUGBY Y LITERATURA

Alguien de exquisito gusto me envía este maravilloso artículo periodístico. Ese periodismo deportivo (periodismo, en general) que resulta ya tan escaso y que parece borrar la frontera entre el mero periodismo y la alta literatura.

Espero que también vosotros disfrutéis de esta pequeña obra maestra de Nacho Hernández, al que prestaremos especial atención en El Sosiego Acantilado a partir de ahora.

NIEVA EN LOTHLÓRIEN

El temporal ha llegado a Lothlórien. Quién sabe si mañana podremos cruzar el Manzanal, cuya autopista lucía hoy blanca como un glaciar.

La mínima posibilidad de no poder pasar  en casa el fin de semana me agrieta el alma.

El temporal ha llegado a Lothlórien, trayendo noticias de las oposiciones, que seguramente no acabarán antes de abril. Contaba con poder leer algo distinto a una ley procesal en febrero. La noticia me congela más que el viento helado.

Pienso en mis libros, mis diarios, que al no caber en nuestro pequeño piso, llevan casi un año exiliados en ciertos trasteros de alquiler a las afueras de Madrid.

Hastiado de tener la existencia repartida en pedazos por el mundo.

Nacho, enfadado, me envía un artículo sobre el último Premio Cervantes. Tras leerlo, entiendo su enfado, pero a mí el día sólo me da para ver incrementado el nivel de melancolía. Otro premio político, coyuntural.

A la mierda los premios, la verdad.

Otro dialoguista. Me aburren los dialoguistas. Para mí, o son cobardes, o pretenden que los demás lo seamos. Sin que se note.

La única identidad que me interesa es la de la belleza que he de enseñar a mi hija.

Hoy, hace dieciséis años, mientras buscaba alguna película para alquilar en el videoclub del barrio, el móvil empezó a sonar. Era mi madre, tenía que volver a casa enseguida: mi abuela estaba muerta en la cama. Salí corriendo. Al llegar a casa, encontré la puerta abierta, el buen vecino del piso de abajo en el umbral con cara de circunstancias. Se escuchaba a mi madre en el salón, llorando sin límite, como nunca he visto llorar a nadie. Se pasó un día entero llorando de esa manera. Mi abuela yacía en la cama, inerte, el cuerpo contorsionado, la cara una mueca retorcida por la agonía final, espero que corta.

Hoy, hace seis años, murió mi querido tío Antonio. Mis queridos viejos. Mis formidables viejos. Qué cruel fue la vida con ellos y, sin embargo, si me acuerdo de ellos, los recuerdo riendo.

España es un país cruel… 

Lo más coherente, entonces, señor Margarit, es que rechace el premio. Digo yo.

Pero no me haga mucho caso.

Es que hoy llegó el temporal a Lothlórien
y tengo el alma saturada de nieve.

EMPAPADO EN LEJÍA

El día que cumplí catorce años una banda estadounidense publicó su segundo disco. Nevermind, lo titularon.

El suicidio de Kurt Cobain ocurrió cuando yo encaraba la recta final de 3º de BUP, casi un año después de la muerte por sobredosis de mi padre. Su música no me había llamado especialmente la atención, entonces.

Fue el curso siguiente, en COU, cuando empecé a interesarme por Nirvana. Y el interés inicial fue literario, no musical. Leí o escuché en algún sitio que la música grunge venida de Seattle contenía letras existencialistas; y a mí el existencialismo me estaba resultando interesante desde la lectura del San Manuel Bueno, mártir, que era lectura obligatoria en la asignatura de Literatura. Así que le pedí a mi amigo Jesús que me pasase el Nevermind, a ver de qué iba aquéllo exactamente.

Y Jesús me pasó una cinta en la que estaban grabadas sólo las nueve primeras canciones del Nevermind. Hasta que me compré el CD años después con el disco completo, mi Nevermind siempre terminaba con el Lounge Act.

No puedo medir exactamente el impacto que produjo ese disco, toda la música de Nirvana, en aquel momento de mi vida. Es muy difícil encontrar las palabras para explicarlo.

Angustiado por la posibilidad cierta de que la existencia no tuviera ningún tipo de sentido, incapaz de ver más allá del absurdo evidente de todo, los versos de Cobain me permitían verbalizar mis pensamientos y sentimientos; y su música me permitía gritar. Y era tan necesario gritar… Era tan necesario sacar ese desquiciamiento de las entrañas y hacerlo de alguna forma estética, bella y apasionada, honesta y brutal.

Poder cantar esas canciones a voz en grito, poder exorcizar mis demonios en esas cotidianas catarsis ante el radiocasete, en la soledad de mi habitación, me proporcionaron una compañía que ningún ser humano a mi alrededor fue capaz de igualar.

Kurt Cobain, el joven genio suicida, fue uno de los músicos que me permitieron atravesar aquellos oscuros momentos de mi adolescencia en la compañía suficiente para poder alcanzar costas más seguras.

Me sigue emocionando cada vez que veo una actuación suya en YouTube, me sigue impactando su sucia pureza, su bello rostro de ángel caído, esa voz que parece salir de lo más profundo y verdadero del alma humana.

Esas palabras repletas de sentido en su aparente incoherencia. Esa agonía nacida de un enfrentamiento directo y descarnado con lo absurdo.

Versos que nunca han dejado de ser verdad, a través de todas mis metamorfosis. Que me recuerdan lo que está bien. Que me regalan vida, desde su origen suicida.

Ven como tú eres
lleno de barro
empapado en lejía…

LA SEMILLA DE MOSTAZA, JUAN CLÍMACO Y LAS CUATRO ESTACIONES

Aprovechando que la nena duerme, os escribo para deciros que la última entrada del proyecto-blog La Semilla de Mostaza me ha resultado interesante y, sobre todo, lúcida.

Así que, más allá de las precauciones mostradas, seguiré prestando especial atención al devenir de sus andanzas y aventuras. Quién sabe, quizá un Juan Rilo se encuentre entre ellos.

Por otro lado, también he de recomendaros el nuevo blog de un conocido mío, seminarista católico, que nos irá ofreciendo un relato con cada nueva estación del año. Por ahora, tenemos un Cuento de Verano y un Cuento de Otoño. Están muy bien escritos y creo que pueden ser de vuestro agrado.

Y ya que estamos hablando de las estaciones, he de referirme a mi último descubrimiento musical: la violinista moldava Alexandra Conunova, que me tiene sorbido el seso con esta maravillosa interpretación de la eterna obra de Vivaldi. Espero que os guste tanto como a mí.

LA VIDA RURAL

…del Mundo sólo se sale muerto…

 

Cuando le di la vuelta a su DNI, vi que era de Madrid.

Traté de adivinar su historia: harto de la artificial y angustiosa existencia en la cosmópolis, había decidido volver a empezar huyendo al campo, tratando de proporcionar a su pequeña familia una vida rural, lo más alejada posible de las locuras del mundo contemporáneo.

Se había comprado una casa en una pequeña aldea berciana y ahora trataba de disfrutar de su huida del mundo, criando a su hija en un entorno más sano.

Pero aquel día le había tocado ir al juzgado, junto a su mujer, para testificar contra su vecino; el cual se dedicaba a maltratar a los animales de su propia granja. Tras recriminárselo en cierta ocasión, la convivencia se había transformado en un pequeño infierno.

Unos días antes de ir a testificar, se había declarado un incendio en la parte posterior de su idílica casa de campo. Tenían la firme sospecha de que el culpable había sido su vecino. La mujer reconoció que pasaba miedo, por ella y por los suyos.

La mejor manera de perder cualquier tipo de idealismo con respecto a la vida en el campo es, seguramente, trabajar en los juzgados de una zona rural. Aunque, probablemente, trabajar en unos juzgados es la mejor manera de perder cualquier tipo de idealismo con respecto al ser humano, en general.

Pero uno acaba llegando a la conclusión de que pensar que pueda existir algún tipo de barrera natural a la maldad humana entre hortalizas y árboles frutales es un pensamiento más bien infantil.

De hecho, el primer relato de nuestra tradición cristiana nos lo avisa desde el principio: la mismísima Caída que condenó al género humano sucedió nada más y nada menos que en el Jardín del Edén. No podía haber nada más rural y menos moderno.

Pero el caso es que, ahí donde se halle un ser humano, es siempre posible encontrar el mal.

Conflictos sobre lindes, sobre herencias de fincas, que si tu hijo con la moto me asusta a las ovejas, que si aquel señor enfadado con el vecino le ha matado al perro de un escopetazo, que si mi tatarabuelo ya pasaba desde antes de la guerra por ese camino que has cerrado…

La vida rural.

Hace unos días, se declaró un incendio en una casa de un pueblo situado en el Valle del Silencio. Por la falta de cobertura telefónica, los bomberos tardaron media hora más de lo necesario en acudir; consiguieron llegar justo cuando el fuego se extendía a una segunda casa.

En el Valle del Silencio falla la cobertura y es difícil contarle al mundo, a través de un blog, lo fácil que resulta estar cerca de Dios cuando uno se aleja del ruido del mundo moderno.

Pero lo que no deberían olvidar aquellos a los que les resulta tan difícil ser buenos cristianos en las ciudades es que, quizá, cuando desaparezca de sus vidas el ruido de la urbe postmoderna, lo que quede no sea el dulce diálogo directo con Dios. Quizá lo que quede ni siquiera sea el silencio.

Quizá lo único que quede es el constante y desquiciado grito de todos los demonios que todo ser humano, por el mero hecho de serlo, lleva dentro.

Sean cautos y tengan presente esta posibilidad. Porque del Mundo sólo se sale muerto.

EL CAMINO DEL HÉROE

Es de noche. El coche está parado, en medio de un aparcamiento casi vacío. Muy cerca de donde vivo ahora con Bea y mi hija.

-Es que yo deseo ser un héroe -le confieso a mi amigo, sentado a mi izquierda.

Él lo sabe. Y por eso me advierte del peligro de convertirme en carne de cañón de otros. De los dirigentes del partido político en el que militaba por aquel entonces, por ejemplo.

Creo que fue poco después de que me detuvieran en una manifestación. Quizá aún tuviera el ojo morado, tras recibir un porrazo por gritar, ya detenido, ¡Viva la lucha de la clase obrera!.

Me vienen a la cabeza estos recuerdos, mientras pienso en el artículo escrito por Leyre Iglesias. Que nos confirma, una vez más, que la violencia en Occidente no es causa directa de la exclusión social y la pobreza. Que puede surgir perfectamente en el seno de familias acomodadas. Que para comprender ciertos fenómenos es necesario atender a ciertos aspectos más profundos del alma humana.

En las escenas de combate nocturno que Cataluña nos está ofreciendo estos días yo contemplo una religiosidad desatada y desquiciada: cientos de jóvenes tratando de realizar sacrificios a sus dioses personales. Arriesgando la propia vida, la integridad de sus cuerpos, para cumplir con el sagrado éxtasis de ofrendarse a sí mismos a aquello que consideran más importante que sus propias existencias individuales. Éxtasis real como la adrenalina que se desata en tu cuerpo cuando esquivas el golpe de un policía, cuando soportas sin gemir sus intentos de producirte dolor. El éxtasis de desobedecer sus órdenes a pesar de las amenazas físicas ciertas.

Es el camino del héroe, arquetipo sobre el que tanto escribieron Jünger y Mishima. Que hace tan fácil entender que los hijos de padres perfectamente integrados en el sistema sean tan fácilmente atraídos por las promesas de épica y combate.

El acto estético definitivo: la entrega gratuita de la propia existencia a aquello que es principio y fin de nuestro mundo.

He ahí la estructura formal básica: vale lo mismo para el mártir cristiano y para el nacionalista catalán (o español o gallego o argentino o…).

Las diferencias, por lo tanto, estriban en los dioses adorados. Estamos, como siempre, ante una teomaquia. Un combate entre divinidades (las ideologías son meras creencias incapaces de aceptar su núcleo religioso).

Como los miembros de cualquier tribu prehistórica, que limitan el concepto de ser humano a los componentes de la propia tribu, los nacionalistas articulan la narrativa de sus existencias alrededor de los conceptos que estructuran su mundo; y su mundo, en este caso, se llama Cataluña. Más allá, sólo mora el caos.

Desde el punto de vista de un cristiano, en el que el mundo a tener en cuenta es el cosmos en su totalidad, la adoración de dios tan pequeño y limitado no puede ser considerada otra cosa que pura, simple e infantil idolatría.

Como ya comenté en una entrada anterior, llevo un tiempo reflexionando sobre el cambio que supone en la existencia humana el hecho de ser padre. El arquetipo del héroe parece tener una profunda conexión con la soltería y el celibato: entregado hasta la muerte a las exigencias de sus dioses, el héroe no puede estar limitado por otro tipo de responsabilidades o ataduras terrenas. Su vida ha de poder ser ofrendada en cualquier momento.

¿Por eso son solteros los nueve miembros de la Fellowship de Tolkien?

¿Por eso la princesa sólo se puede alcanzar tras matar al dragón?

La vida del héroe y la vida del padre parecen estar separadas por un abismo ontológico, aunque aparentemente se puedan presentar entremezcladas en la existencia de todo ser humano. Pero si el padre se ve obligado a marchar como soldado para defender a su patria, automáticamente ha de abandonar el hogar: son, pues, exigencias contradictorias, que sólo pueden ser resueltas en un plano metafísico, sacramental; en definitiva, misterioso.

Contradicciones capaces de agrietar incluso la unidad de Dios dentro de la teología católica, alejándola del monoteísmo reduccionista de judíos y musulmanes, haciendo necesaria la conceptualización de una diferencia entre dos planos: el del Padre y el del Hijo. El dador de vida y el que la entrega. Sellando ese abismo con un tercer elemento, misterioso, que mantiene la unidad divina a pesar de todo: el Espíritu Santo.

Siempre me ha dado mucho que pensar el final de El Señor de los Anillos. ¿Por qué se marcha Frodo, exactamente? ¿Por qué, como le dice Sam, no se queda a disfrutar de lo que su sacrificio ha logrado salvar?

Frodo parece sentir su existencia tras la derrota de Sauron como una anomalía. Se da una incomodidad metafísica en él, como si percibiese injusto e impío que él pudiese disfrutar de aquello que su entrega ha salvado: el héroe máximo no puede sobrevivir al sacrificio que ha reinstaurado el orden del universo. El auténtico héroe sabe que esas son las verdaderas reglas del juego humano.

Es como si Frodo se preguntase: ¿por qué pasa de mí este cáliz?

Es tras la derrota del dragón que la princesa puede ser desposada por el héroe. Que entonces deja de ser héroe, para ser rey. Patriarca.

Es tras la caída de Mordor que Aragorn se convierte en padre.

Como Sam.

Pero no es ése el camino del héroe máximo.

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Paseamos por el barrio. Yo voy delante, empujando el carro de la nena. Detrás de mí, Bea lleva de la mano a nuestra hija.

Pasamos al lado del aparcamiento, donde cada domingo hay mercado.

Mientras la nena se queda alucinada al descubrir un caracol, yo fijo la mirada en el centro de la explanada casi vacía, y recuerdo a aquel joven que yo era, confesándole a su amigo que deseaba ser un héroe.

UNA VIDA ESCONDIDA

Terrence Malick estrena nueva película.

Mientras el ejército sirio y el ejército turco están a punto de encontrarse en Manbij.

Mientras los idólatras catalanes realizan sus ritos tribales ofreciendo como víctima sacrificial el más elemental sentido común.

Mientras los intelectuales cristianos se quejan de que el mundo se ha vuelto muy malo y resulta muy complicado ser bueno.

Mientras ocurre todo eso, me entero de que Malick estrena nueva película.

Sobre el beato católico Franz Jägerstätter.

Y tras ver el avance -con el mero avance-, todo, extrañamente, se queda en silencio.

Mientras lloro estas lágrimas, que son efecto de la más profunda pena y de la devoción más simple y fácil, todo el ruido del mundo se aquieta. Y calla.

Porque la verdad es una brisa tenue. Y belleza inmediata.

En una vida escondida.

Una vida sencilla, callada, discreta…

LA NARANJA

¿Qué es la amistad?

Es éste uno de los conceptos que, según va transcurriendo la vida, más perplejidades me produce. Lo cual va acompañado por un creciente vacío alrededor, que no me provoca pena, exactamente, sino más bien extrañeza; precisamente por el hecho de no vivir esa ausencia de amistades con especial melancolía.

El año pasado, se hizo viral un tweet que a mí me parece uno de los chistes más serios de los que jamás haya tenido noticia; decía así: nadie habla del milagro de Jesús de llegar a la treintena teniendo doce amigos.

Parte de la gracia, creo, estriba en la verdad profunda que subyace a la broma: las amistades son fenómenos extraordinarios en la vida de una persona. Y son pocas las que aguantan el paso de los años. El problema no creo que sea sólo que los tiempos actuales hacen muy difíciles los encuentros en las grandes metrópolis contemporáneas, por citar uno de los tópicos del conservadurismo romántico.

Realmente creo que la amistad es un hecho raro. Difícil.

Que obligue a una especial atención por parte de uno, explica ya, en primer lugar, lo complicado que resulta mantener varias relaciones de este tipo, a la vez, durante un amplio período de tiempo. Pues uno no puede estar en varios sitios a la vez. A no ser que uno mantenga el mismo grupo de amigos durante buena parte de su vida, sin moverse demasiado lejos del lugar en el que se ha criado (eso que los vascos llaman la cuadrilla; o lo que se ve en la película Días de fútbol).

He de decir que hasta yo mantengo este tipo de relaciones con antiguos amigos de la infancia, de las que aún disfruto de vez en cuando y con los que sigo en contacto de forma más o menos regular, ayudado por las denostadas nuevas tecnologías (si no, ¿de qué?).

Pero creo que este tipo de relación, por muy bella y agradable que llegue a ser, no llena el sentido de lo que yo creo entender por amistad: esa especie de unión de almas que te hace desear compartir horas eternas de conversación con el otro, que te hace sentir una confianza plena en el otro. Que te hace creer que nunca serías capaz de traicionarle.

Mi compañera, hablando de esto, me dijo que tengo un concepto adolescente de la amistad. Y creo que hay algo de razón en ello. Cuando yo pienso en un grupo de amigos, creo que, sin darme cuenta, casi siempre estoy pensando en la Fellowship del Señor de los Anillos. Y un fellow no es exactamente un amigo; es, más bien, un camarada. Alguien con el que compartes algo más grande que ambos: compartes una misión. Compartes un sentido último que te obliga a correr riesgos, a salir a la aventura en su compañía.

Cuando Bea me dijo que mi concepto de amistad era adolescente, empecé a reflexionar; y dándole vueltas al asunto, me di cuenta de que los cuatro miembros de la Fellowship de Las Casas son solteros sin hijos. Y después me di cuenta de que los nueve personajes de la Fellowship de Tolkien son solteros sin hijos.

Y esto me dio aún más que pensar.

Una amistad auténtica es realmente absorbente; pero no tanto por ella misma, creo, sino por el contexto que necesita para que surja. Sí, me vuelvo a referir a esa misión u objetivo común que ha de dar sentido a las acciones de los amigos y que les hacen ser algo más que sus meras individualidades sumadas.

Cuando volví de lavar platos durante una semana en la residencia militar de Marsella, encontré a mis camaradas en Aubagne con la moral bastante baja. Los rostros mostraban cansancio, se había perdido el entusiasmo de los primeros días. Casi todos habíamos cogido un buen resfriado, que, en algunos casos, como el de un colombiano, le habían hecho llegar a tiritar de fiebre en su litera; pero ninguno había pedido ver a un médico o ni siquiera una pastilla, porque no queríamos mostrar la más mínima debilidad ante nuestros examinadores. Así que aguantamos nuestros malestares como pudimos.

Mientras charlábamos esperando a que nos comunicaran si continuábamos como aspirantes a Legionarios o nos enviaban para casa, un compañero extrajo de un bolsillo lo que había sacado de la cocina.

Una naranja.

Yo tengo cierto trauma infantil con la fruta y no he comido apenas en lo que llevo de vida. De hecho, nunca había comido un gajo de naranja. Hasta ese día.

Mi compañero empezó a pelar la naranja. Nos ofreció. La mayoría quisimos (nadie quería despreciar ese regalo de vitamina C). Éramos muchos. Iba a tocar a gajo por cabeza.

Y a gajo por cabeza fue la cosa. Un gajo para el rumano que hablaba un español perfecto porque había trabajado varios años en nuestro país. Otro gajo para el brasileño que se había criado en España. Varios más para los muchos colombianos que allí había.

Un gajo para mí. El único que he comido nunca.

Cada vez que intento darle vueltas al concepto de amistad, la imagen de aquella naranja compartida en silencio invade mi cabeza. El contexto nos había unido. El objetivo de ser Legionarios nos conglomeraba.

Cada vez que intento pensar el concepto de amistad, recuerdo las miradas que varios de ellos, elegidos para continuar el adiestramiento, nos dirigían a los que nos quedábamos de pie en el patio, rechazados por la Comisión. Eran miradas de auténtica tristeza.

Eran miradas bellas, que recuerdo con profundo cariño.

De la mayoría de ellos, no he sabido nada más. Por Facebook descubrí que el brasileño había conseguido ser paracaidista. Me alegré mucho.

Sin embargo, soy consciente de que otro tipo de relación sería difícil, lejos de la disciplina marcial de Aubagne. Lejos de la camaradería legionaria.

Pero no puedo evitar, cada vez que pienso en qué diablos es la amistad, recordar esa naranja compartida con mis camaradas.

En aquella lejana vida, de soltero sin hijos.

Y es que las aventuras son absorbentes. No se puede tener más de una a la vez.

MIS VERDADES CABEN

Mis verdades caben en el regazo en el que adormecía a mi hija.
En el camino por el que yerro.
En el agua que nunca me limpia del todo.
En el vino que bebo.
En el dolor que no olvido.
En el surco que dejo.
En la eternidad que busco.
En el amor que encuentro.

Quod Vidimus

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The Wanderer

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En Compostela

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De libros, padres e hijos

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