El sosiego acantilado

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

LA NUEVA SOMBRA

La puerta bajo el porche estaba abierta, pero la casa se hallaba a oscuras. Los sonidos habituales del atardecer parecían haber desaparecido, sólo había un suave silencio, un silencio mortal. Entró, algo extrañado. Llamó, pero no hubo respuesta. Se detuvo en el estrecho pasadizo que recorría la casa y le pareció que la oscuridad lo envolvía: ni un destello de la luz del crepúsculo del mundo de fuera brillaba allí. De repente lo olió, o creyó olerlo, aunque le pareció que iba de dentro hacia fuera: sintió el antiguo Mal y lo reconoció como lo que era.

La nueva sombra, de J.R.R. Tolkien; en Historia de la Tierra Media. Los Pueblos de la Tierra Media; Minotauro, 2002; pg. 475.

Así termina uno de los tres esbozos del único relato que Tolkien trató de escribir situando la acción en un tiempo posterior (algo más de un siglo) al del final de El Señor de los Anillos. En sus propias palabras, escritas el 13 de mayo de 1964, se trataba de una historia siniestra y deprimente. Como que tratamos de Hombres, es inevitable que nos centremos en el rasgo más lamentable de su naturaleza: su rápida saciedad con el bien.

A pesar de que nunca escribió más de una docena de páginas, llama la atención que llegase a realizar hasta tres intentos. Este relato le acompañó durante casi veinte años (el último borrador es de 1968). Y según su biógrafo Humphrey Carpenter, meditar sobre el mismo llegaba a quitarle el sueño.

Para mí, son páginas fascinantes. Básicamente, se trata de la conversación entre un viejo soldado, capitán bajo las órdenes de Faramir, y un amigo de su hijo, de ocupación desconocida (aunque el viejo cree que se dedica a comerciar con madera). El relato destaca, no sólo por este fugaz apunte de economía real (son muy raros los personajes comerciantes en los relatos de Tolkien), sino también porque es el único caso que yo conozco en que dos habitantes de la Tierra Media tienen una discusión en la que se incluye un plano teológico (de la teología inventada por Tolkien, evidentemente).

El viejo soldado es un creyente, básicamente por haber conocido y luchado contra el mal de Mordor. El joven comerciante, sospechoso en el relato de formar parte de una conspiración contra el reinado del hijo de Aragorn, habla como un nihilista de Turguénev.

Pero la narración se detiene ante la presencia del Mal. Ante el reconocimiento de la presencia del Mal. El viejo soldado se sorprendía al principio del relato por su perseverancia: Profundas en verdad son las raíces del Mal -dijo Borlas-, y la savia negra fluye con fuerza en su interior. Ese árbol no morirá nunca. Por mucho que lo talen los hombres, volverá a brotar en cuanto se den la vuelta. Ni siquiera en la Fiesta de la Tala habría que colgar el hacha.

El viejo soldado parece uno de esos hombres honestamente buenos, convencidos de la pureza  de sus creencias, incapaces de concebir el mal en su propia alma salvo por culpable dejadez propia. Un hombre humildemente en gracia.

Nunca he dudado de la existencia de tales hombres. De hecho, creo haber conocido a algunos. Pocos, por supuesto. Extraordinarios.

Tengo la sensación de que Tolkien era un poco así. Aunque consciente también de las limitaciones de una excesiva inocencia: ¡Ay! -se queja el viejo del relato- todos cometemos errores. No me considero sabio, joven, excepto quizás en lo poco que se puede aprender con el paso de los años. Gracias a los cuales sé demasiado bien que quienes tienen buena intención pueden hacer más daño que los que dejan las cosas estar.

Reconocer el mal y callar. La frontera del misterio. Como los coches negros de lunas tintadas que recorren las calles de la Santa Teresa de Bolaño, a cuyos ocupantes nunca vemos.

El mal encarnado. El hombre malo. Ese misterio.

Tengo un recuerdo bastante claro del primer momento de mi vida en que fui conscientemente malo y disfruté con ello. Era niño y aún vivía en Ferrol. Creo que era Nochebuena. Íbamos a cenar en casa y después nos acercaríamos a casa de la abuela de mi amigo Richi, para juntarnos con toda su familia (nuestras madres eran muy amigas).

Mi madre había preparado gambas al ajillo, plato que me encantaba. No sé exactamente cómo se desarrolló la escena, pero recuerdo que le hice un feo a mi madre, precisamente por las gambas. Recuerdo ser plenamente consciente de que le estaba haciendo daño a mi madre adrede.

Y cuando vi que mi madre lloraba, me sentí turbado por mi propio poder. Era una turbación placentera. Me sentía poderoso por ser capaz de hacer llorar a mi madre. Y ese sentimiento me hacía sentir bien.

El mal encarnado. El niño malo. Ese misterio.

Desde muy temprano en mi vida he tenido claro que yo necesitaba practicar la bondad. No era algo que me saliese de forma natural, era algo que me suponía un esfuerzo consciente.

Cada vez que he bajado la guardia, durante mi vida, el sufrimiento se ha extendido a mi alrededor.

Creo que el Cristianismo está pensado para el común de los mortales que, como yo, tienen que combatir constantemente contra una multitud de demonios. Jesús pasa buena parte de los Evangelios combatiendo demonios, cosa a la que la Iglesia Católica de los últimos cincuenta años trató de prestar menor atención. No es extraño, se puede pensar, que la Iglesia esté ahora como está.

No hay que ocultar el mal. No hay que callar su descripción. No hay que eliminar a los monstruos de los cuentos infantiles. Hay que enseñar a los niños a luchar contra ellos. Hay que enseñar a los niños que los monstruos te pueden poseer y obligarte a hacer lo que ellos quieren. Que si uno no está en guardia día y noche, se puede convertir en orco.

En el documental Examen de conciencia podemos ver la entrevista realizada a un cura abusador de niños. Creo que es algo que toda persona debería ver. Desde luego, no es agradable. Es siniestro y deprimente. Como toda la situación actual en la Iglesia Católica. Como toda la situación actual en el mundo. Como toda la historia humana.

Toda persona debería ver la película Spotlight. Toda persona debería ver el documental The Keepers.

Todo joven cristiano debería ser consciente del poder del mal, de lo que el mal es capaz de hacer. Es la única manera de descubrirlo, de saber enfrentarlo. Aún sabiendo que, en muchísimas ocasiones, uno perderá. En su vida mortal. Como la hermana Cesnik.

Que el mal lo puede corromper todo, porque en todo corazón puede morar.

Y que el principal deber de un hombre es combatir contra los demonios de su propia alma.

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GRACIAS

¿Por qué sigo escribiendo aquí?

Es una buena pregunta para la que no tengo una respuesta clara.

La verdad es que este blog es lo más parecido que he sentido nunca a tener una vocación. Más necesidad que placer. Pero muchas veces, sí, placer. Aunque otras, quizá no pocas, dolor, rabia, confusión.

Alguna vez he pensado en dejarlo. Sí, claro. Ni una ni dos.

No busco interacción. No me gusta discutir. Con otros. Porque me paso el día discutiendo conmigo mismo. Con esa discusión basta.

Pero ocurren cosas bellas. Con este blog. Gente que lo sigue leyendo, a pesar del suicidio del superhéroe católico que lo habitaba al principio. Me gusta que me siga leyendo gente que sabe lo pequeño que soy.

Y el caso es que hoy me siento muy agradecido por esa fidelidad. Paseo por las calles de esta pequeña ciudad de provincias, descansando del estudio y del trabajo, a cientos de kilómetros de mi compañera, de mi hija y de mi madre, y lo hago feliz. Agradecido. Acompañado.

Y nada. Os quería agradecer, a esos pocos que me seguís acompañando, en este pasatiempo que, quizá, algún día, lea mi hija.

Y pensar eso es tan increíble. Nuevos agradecimientos me nacen en el alma. Y sentido de la responsabilidad.

Mira, hija, así fui aprendiendo a vivir. Tú también, haz lo que puedas.

Y a todos vosotros, gracias por estar ahí.

Que Deus vos teña no seu colo.

LA PUERTA DE LA CIUDAD

En la puerta de la ciudad se abandonaban cadáveres y bebés recién nacidos.

Trabajar en la sala de vistas de un juzgado es vivir atrapado en una eterna repetición de Rashomon.

Sin necesidad de mentir, cada testigo ofrece tal diversidad de matices que uno sólo puede concluir que hay pocas cosas en el mundo más complicadas que la verdad.

La historia de nuestra existencia individual determina tanto nuestras miradas y entendimientos que a veces resulta imposible creer que dos personas estén hablando del mismo hecho.

Nada más tortuoso que el corazón humano y no tiene arreglo: ¿quién puede penetrarlo?

Mientras tanto, a las puertas de la ciudad se siguen acumulando muertos y niños abandonados.

Y niños muertos. Y muertos aún ni siquiera niños. Y niños violados. E infancias destruidas. Y cadáveres de fes.

Y Dios parece haber decicido hacer uso de los tribunales seculares para limpiar su casa, visto que sus sacerdotes han aprovechado la jerarquía institucional para institucionalizar el pecado.

Aprovechemos mientras se siga teniendo claro que está mal. Aunque no siempre ha sido así. Y quizás algunos (¿como se insinúa en Doubt?) ya prevén el retorno a un pasado mejor: aquellos maravillosos siglos griegos en los que bellos y poderosos ciudadanos protegían y educaban a hermosos adolescentes, ayudándoles a promocionarse en sociedad y preparándolos para grandes responsabilidades políticas y militares.

En realidad, es tan clásico lo que sucede en la Iglesia Católica actual…

Todos tienen su verdad, todos cuentan su verdad en el juzgado. Y quizá ninguno mienta. Quizá todos estén equivocados.

Dice el chiste: cuatro polacos, cinco opiniones.

Y en la puerta de la ciudad se amontonan los cadáveres de viejas verdades y se abandonan revoluciones recién nacidas.

Pero, ¿tan difícil es saber dónde está el bien? No creo.

El bien es un leñador, padre de seis hijos, que se lleva a casa un recién nacido abandonado, para criarlo como si fuera suyo.

A cambio de nada.

FURIA

Como un montaraz entre la niebla, el caballero se acerca desde el horizonte, desde la frontera del mundo.

Y en el mundo sólo están su caballo y él.

Pero cuando obliga a su montura a girar, cuando obliga a la cámara a moverse, como si estuviésemos asistiendo a la encarnación de un ideal estático en la sucia historia humana, vemos que el caballero sobre un hermoso caballo blanco es un oficial de la Alemania nazi.

Y le vemos cabalgar entre los restos ardientes de las máquinas de guerra modernas. Entre los despojos industriales de las ciencias físicas y químicas, entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

Y desde las sombras, un habitante de las máquinas, un hombre criado entre aceros y motores, se abalanza sobre el caballero y lo mata clavándole su cuchillo en el ojo.

Y este hombre moderno, hijo de su tiempo, se acerca al caballo blanco, y lo acaricia para tranquilizarlo. Hay profundo amor y profunda tristeza en sus caricias. Finalmente, el conductor de tanques empuja al caballo blanco para que se aleje del campo de batalla.

Resignado, lo ve marchar.

No intenta montarlo. No intenta ser lo que no puede ser. Sabe dónde está la verdad, sabe dónde está la belleza. Y sabe que no es tiempo para esa verdad, para esa belleza. Es tiempo de furia y tanques. De ruedas y gasolina. De morir y matar en el mundo de la razón mecánica, en el mundo de los románticos que justifican el infierno que crean porque pretenden ser caballeros magníficos sobre bellos caballos blancos.

Pero el auténtico amor al caballo blanco quizá sea, precisamente, dejarlo marchar. Resignarse a saber que su reino no es de este mundo.

Y no mezclarlo en nuestras luchas cotidianas. Entre los resultados del progreso tecnológico, entre los éxitos de la Era de la Razón.

LA FUERZA DE LOS PIES DE MAMÁ

No huir de la tribulación; abrazarla, como camino de perfección; superarla, fuente de auténtica felicidad.

A riesgo, por supuesto, de que la tribulación te lleve. De perder vida y razón en el intento.

La esencia de la verdadera aventura.

Ayer salió Mamá en la tele. Y Ana Ofelia gritaba emocionada al reconocer sus dibujos.

Dibujos robados al sueño, a la lejanía del compañero, a la exigente maternidad del hipercapitalismo contemporáneo.

Pero aquí sigue esta pequeña familia, haciendo camino con la fuerza de sus pies, a pesar de todos los pesares.

Con la ayuda de Dios.

 

http://alacarta.aragontelevision.es/programas/aragon-en-abierto/viernes-1-de-febrero-01022019-1800

(a partir de 1:18:00)

 

CALLE EL HOMBRE

“Más silencio. Silencio. Sobre todo, más silencio. El ruido es un invento moderno. Pero ni siquiera estoy de acuerdo: el ruido es la voz del pecado original. La modernidad, simplemente, le ha puesto altavoces.”

Escrito en mi diario el viernes 2 de noviembre de 2018.

PEQUEÑO POEMA TRASHUMANTE

Las epifanías de los héroes cotidianos
en este país escaso de niños y padres
en este bus
otra vez este bus.

Y esa niña que se marea
y ese desayuno que hace el camino inverso por la garganta.
No da tiempo a llegar a la bolsa del Alsa.

¿Y qué es una madre?

Esa mujer que cruza el pasillo del autobús pidiendo que le abran la puerta del baño
las manos juntas para improvisar un cáliz
en el que a punto está de rebosar el mareado vómito de su niña.

En este país escaso de padres
que es lo mismo que decir:
escaso de Hombres y Mujeres
esas manos juntas
sucias
malolientes
son bella plegaria
cuenco de vómitos que beber hasta las heces
para fortalecer el amor a las obras de Dios.

Que el Señor les regale una alegre Navidad.

LO MÁS IMPORTANTE Y BONITO DEL MUNDO

“Señor… Mire vea: lo más importante y bonito del mundo es esto: que las personas no son siempre iguales, todavía no fueron terminadas, y siempre van cambiando. Afinan o desafinan. Verdad mayor. Es lo que la vida me enseñó. Eso me alegra un montón. Y, otra cosa: el diablo está a las brutas, pero Dios es traicionero. ¡Ah, una belleza de traicionero, si da gusto! ¡Su fuerza, cuando quiere -¡joven!- me da pavor! Dios viene viniendo: y nadie lo ve. Lo hace en la ley del mansito -y así es el milagro. Dios ataca bonito, divirtiéndose, se economiza.”

Gran Sertón: Veredas, de Joao Guimaraes Rosa; Adriana Hidalgo editora, 2009; pgs. 36-37.

ESA CLASE DE HOMBRES

Desde los jardines del campus llegaba el eco de otra concentración en apoyo de los ejércitos de la Unión.

-Lo mejor es dejar que los personajes describan su propio carácter a través de la narración de sus acciones. No presenten a un personaje diciendo que es un hipócrita; simplemente, muestren a ese personaje actuando de una manera contraria a lo que dice. Fabio Carlsen comienza el segundo capítulo de las Crónicas de un misterio encarnado con la siguiente frase: era de esa clase de hombres que, al salir del baño de un bar, siempre lo dejaban más limpio de lo que lo encontraban -Ramos-Hollande lanzó una mirada al conjunto de su clase-. ¿Qué les da a entender esta frase? ¿Qué piensan ustedes de un hombre que es definido de esta manera?

Ramos-Hollande vio muchas sonrisas entre sus alumnos y algún que otro rostro pensativo; uno de ellos, el de Patricia, que asistía de oyente por primera vez a una de sus clases. Unas sillas más allá de donde estaba ella sentada, un joven de aspecto tímido levantó la mano de forma casi imperceptible. Cuando estaba a punto de devolverla a su estado de reposo inicial, Ramos-Hollande le señaló, obligándole a ponerse de pie.

-Todo dependerá… -balbuceó el joven-… del contenido de la siguiente frase que nos presente el autor.

La cara de Ramos-Hollande mostró sorpresa. Hizo un gesto con la mano, pidiendo al alumno que desarrollara su respuesta.

-Quiero decir… -prosiguió el joven, de forma atropellada-… necesitamos más datos para saber si estamos ante un simple maniático de la limpieza, impulsado por un desequilibrio mental; o ante una personalidad generosa, que se preocupa por los demás.

-¿Y no podrían darse ambas cosas en un mismo personaje? -preguntó otra alumna, sentada casi al final del aula.

-No, claro que no -replicó el joven-. No se puede estar centrado en uno mismo y en los demás al mismo tiempo.

Ramos-Hollande sonrió y bajó la cabeza, divertido.

-Ciertamente, el señor Torres tiene razón -explicó el escritor-, quizá sea necesario un nuevo matiz para concretar más al personaje. Pero yo quería hacer hincapié, con esta definición, en el hecho de que el escritor nos presenta a un hombre que se plantea la mejora del mundo en las acciones más cotidianamente oscuras. Este hombre no está pensando en grandes movimientos políticos y culturales, no está pensando en guerras o revoluciones -la mirada de Ramos-Hollande se volvió desafiante-. No, en lo que está pensando es en el asco que le da encontrar sucios los baños de los bares a los que va. Y para evitar esa desagradable sensación a cualquier persona que ocupe su lugar ante la misma taza de váter, este hombre se esmera en que no se note su paso por ella. O, si se nota, que sea para bien. Porque a todos nos gusta entrar en los servicios de un bar o de una cafetería, y encontrarlos limpios, ¿no?

Unas pocas cabezas se movieron afirmativamente entre el público.

-Es una acción muy pequeña y fácil de realizar, que cambia el mundo -continuó el profesor-. Vivimos tiempos en los que pronto podréis comprobar cómo la mayoría de los que aspiran a ser grandes transformadores del mundo, aquellos que dicen querer cambiarlo de verdad, a lo grande, desprecian estas pequeñas acciones; y se excusan en sus grandes ideales para dejar las tazas de váter mucho más sucias de lo que las encontraron.

Unos pocos alumnos rieron. Patricia sonreía, hasta que se dio cuenta de la extraña seriedad que reflejaban los rostros de la mayoría de los presentes.

El alumno tímido se volvió a levantar, con gesto de ligero enfado.

-¿Nos está queriendo decir que hasta un maniático de la limpieza es mejor persona que alguien que aspira a transformar la sociedad? -dijo el joven, visiblemente excitado.

Ramos-Hollande tensó los músculos de su cara.

-Yo sólo hablo de literatura, señor Torres -dijo el escritor, con tono seco-. Sólo les explico cómo presentar a un personaje humilde -hizo una pausa antes de continuar-. Y no se equivoque, señor Torres; no existe esa distancia sideral que usted parece encontrar entre las necesidades del individuo y las necesidades del grupo. Ambas cosas no son excluyentes. No es necesario negarse a uno mismo para satisfacer al grupo, ni negar al grupo para afirmarse a uno mismo. La mejor forma de encontrar el modo adecuado de amar a los otros es amarse adecuadamente a uno mismo.

-¿Y a dios por encima de todas las cosas? -preguntó el señor Torres, transformando de repente la timidez en sarcasmo.

Ramos-Hollande, con gesto serio, dio por terminada la clase.

Patricia permaneció sentada, mirando con preocupación al joven señor Torres, que se dirigía en ese momento hacia la salida del aula.

NIHILISMO Y CACAO

“-¿Qué es Bazárov? -sonrió Arcadi-. ¿Desea, tío, que le diga qué es exactamente Bazárov?

-Hazme ese favor, querido sobrino.

-Pues es un nihilista.

-¿Cómo? -preguntó Nicolái Petróvich, mientras que su hermano se quedaba inmóvil dejando suspendido en el aire el cuchillo con un trozo de mantequilla pendiendo sobre su filo.

-Es un nihilista -repitió Arcadi.

-Nihilista -pronunció Nicolái Petróvich-. ¿Término, que según tengo entendido, procede del latín nihil, nada; palabra que se refiere a la persona que… no reconoce nada?

-Dirás, la persona que no respeta nada -continuó Pável Petróvich y se dispuso nuevamente a untar el pan de mantequilla.

-El que siempre tiene un punto de vista crítico para todo -señaló Arcadi.

-¿Y no es lo mismo? -preguntó Pável Petróvich.

-No, no es lo mismo. Un nihilista es la persona que no se inclina ante ningún tipo de autoridad, el que no acepta ningún principio de fe, por mucho respeto que éste le infunda.

-¿Y eso está bien? -le interrumpió Pável Petróvich.

-No, no está bien.

-Depende de quién se trate, tío. Para unos, está bien, y para otros, no.

-Vaya. Veo que eso no es para nosotros. Somos gente del siglo pasado, que suponemos que sin principios -Pável Petróvich pronunciaba esa palabra con suavidad, al estilo francés, mientras que Arcadi, por el contrario, pronunciaba principio apoyándose más en la primera sílaba-, sí, sin principios, no se puede ni respirar ni dar un paso. Vous avez changé tout cela [han cambiado ustedes todo], que Dios os conceda salud y todos los honores, que a nosotros ya sólo nos queda admiraros. ¿No es cierto… caballeros?

-Nihilistas -pronunció Arcadi con claridad y precisión.

-Sí. Antes había hegelianos, y ahora, nihilistas. Habría que ver cómo vivirían ustedes en el vacío, en un espacio ausente de aire. Y ahora hermano, Nicolái Petróvich, haz el favor de llamar para que nos sirvan, que ha llegado la hora de tomarme el cacao.”

Padres e hijos, de Iván Turguénev; Cátedra, 2017; pgs. 96-97.

“Estudiante nihilista”, de Ilya Repin (1883)

A Día de Hoy

Señores, si quisiéredes mio serviçio prender/ querríavos de grado servir de mio mester

Calle del Orco

Blog de Literatura. Grandes encuentros

Al Servicio de su Majestad

Vivir con lucidez una vida sencilla, callada, discreta, entre libros inteligentes, amando a unos pocos seres

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apología de mí mismo

El Rancho de San Ysidro

Peripecias de un aprendiz de campesino